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Se enchufaron los votos

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07-07-2015
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(Columna de Juan Pablo Ruiz Nicolini)

En una edición anterior de el estadista escribíamos sobre el sistema de Boleta Unica Electrónica (BUE) que se utilizó en las elecciones generales de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Cómo resultó esta primera experiencia porteña?

En primer lugar, vale celebrar el relativo orden del proceso, particularmente porque la implementación no lo prometía. El debut tuvo que enfrentar numerosos cuestionamientos, entre los que destacan algunos de carácter procedimental (como el salteo a la Legislatura que debía dar su aval para el uso de un sistema de voto electrónico); otros que tenían que ver con debilidades en la seguridad informática (como la filtración de información a partir de la cual se podría haber manipulado los cómputos en el proceso de transmisión de datos), o déficits en la escritura del código del software que controla parte del proceso electoral (que supuestamente lo hace vulnerable a un “ataque” llamado multivoto que grabaría en el chip más votos de los que imprime ?salvable esto en el momento del recuento-).

A pesar de estas debilidades, la elección transcurrió con bastante normalidad: la participación electoral estuvo en los niveles habituales (cerca del 75% del padrón) ?la tecnología no “asustó” al electorado-; no hubo demoras excesivas para emitir los votos (favorecido en muchos casos porque el sistema permite imprimir el voto en cualquier máquina que esté desocupada), y el proceso de recuento de votos -uno de los puntos fuertes del nuevo sistema- se mostró eficiente.

Quizás fue en la carga y publicación de datos donde hubieron mayores inconvenientes. Esta fue rápida hasta un poco más del 90% de los datos, cuando se tildó el proceso. Si bien es el escrutinio definitivo el que reviste carácter legal, desprolijidades del estilo atentan contra la confianza en el sistema, como sucediera en Santa Fe.

A ello se le sumaron deficiencias en el diseño de la web donde se publicitaban los resultados (que ya había fallado en las PASO). Se cruzaron los datos fijos que debían tener cargados ex ante: el total de empadronados de las comunas se habían invertido, generando errores en los cálculos que el sistema hacía sobre totales de votos y de participación a medida que se cargaban los votos. Errores todos que no ayudan a la legitimidad de un sistema novedoso y ya cuestionado.

En la columna anterior habíamos puesto el foco sobre el potencial efecto que el diseño del método de votación podía tener sobre el comportamiento de los electores y, por ende, en los resultados.

Ernesto Calvo y Marcelo Leiras, en un análisis de 2011 sobre los sistemas de Córdoba, Salta y Santa Fe, se concentraron sobre tres elementos básicos: votos nulos, votos blancos y votos cruzados. ¿Qué nos dicen los resultados del domingo sobre estas variables?

Ver qué sucede con el voto nulo es relevante dado que el diseño del nuevo sistema lo dificulta. Mientras que con el sistema tradicional un voto se puede anular por diversas causas (boletas múltiples, ilegibles, elementos extraños, etcétera), este diseño contempla la anulación ante una boleta que no registra ningún voto? la opción blanco debe imprimirse- o que luego de emitir un voto el mismo sea adulterado de manera que no pueda reconocerse la opción elegida. Un detalle no menor fue la eliminación del “cuarto oscuro”: salvo lo que sucede en la pantalla, lo que hace el votante está a la vista de autoridades de mesa y fiscales. Vale preguntarse de qué modo esto podría afectar también el comportamiento electoral.

Si evaluamos su desempeño en el tramo superior (jefe de Gobierno) se verifica una pronunciada reducción desde las PASO a las generales (de poco más de 20.000 votos anulados se redujo a la cuarta parte, representando apenas 0,3% de los votos aproximadamente). Esto mismo es contrastable con las elecciones anteriores: en 2003 y en 2011 se anularon casi 15.000 votos (0,8%) y en 2007 unos 27.000 (1,5%).

El voto blanco, que en el nuevo dispositivo aparece como opción en todas las pantallas, tuvo un comportamiento inverso: pasó de 20.000 en las PASO a casi 34.000, aproximadamente. Si observamos las elecciones previas la tendencia es similar: mientras que en 2015 el voto blanco representó 1,8% de los votos emitidos, en 2011 fueron el 1,5% y cuatro años antes 1,6%.

Estos valores varían según la categoría: en el tramo de legisladores sucede algo similar, aunque un poco matizado donde la proporción de voto blanco aumenta, pero es el menor registro de las tres categorías (1,5%).

Julia Pomares señaló que en general la proporción de voto blanco aumenta cuando el elector tiene menos información sobre sus opciones: es lógico esperar entonces que suceda de manera decreciente de “Jefe de Gobierno” a “Junta Comunal”. En estas elecciones fue valido para estos dos extremos: el tercer cuerpo (el de comunas) tuvo en promedio casi 5% de voto blanco.

Una posible explicación de por qué la categoría legisladores tuvo un menor registro que en el tramo ejecutivo surge de una mayor oferta electoral: la ley de primarias establece un piso necesario para poder competir en las generales. Los comicios del mes de abril determinaron que la única categoría que tenía 6 listas era la intermedia mientras que 5 listas compitieron para la Jefatura de Gobierno y 4 o 5 listas para las juntas, dependiendo de las comunas.

Por último, ¿qué podemos decir sobre el voto cruzado? Nuestra hipótesis es que el diseño de la BUE, al habilitar la votación por categoría, debería favorecer una mayor fragmentación de votos. En criollo: cuántos de los votos que obtuvo la lista X para los cargos ejecutivos no se alcanzaron para la lista de legisladores.

Si ponemos la lupa sobre las tres primeras fuerzas podemos observar que este indicador tuvo variaciones de las PASO a las generales: ECO es claramente quién tuvo más corte entre las dos categorías: pasó de 3,16% en las primarias a 7,38% en las generales. El PRO, por su lado, pudo mantener niveles relativamente bajos de voto cruzado (disminuyó su registro en 0,49%) registrando en las primarias cerca de 2% promedio. A partir de estos datos, se podría arriesgar que la relativa fortaleza de cada etiqueta partidaria interviene en el efecto. Los resultados correspondientes al FpV debilitarían un poco ese argumento: el bajísimo corte de las elecciones primarias (0,4%) aumentó en estos comicios llegando a casi 5%.

Es necesario destacar que con esta información no se puede atribuir la variación al nuevo sistema de votación. La comparación de las generales con las PASO es limitada en gran medida porque se votan cosas distintas. Sus resultados, además, restringen el menú de opciones en la ronda siguiente: aquellos que habían votado sin “cortar” pero su opción quedó afuera en la selección de candidaturas, estuvieron obligados a hacer un voto distintos en las generales. Es plausible que una fracción de este grupo decidiera cruzar votos entre categorías.

En cualquier caso, aunque no podamos con estos datos determinar la causalidad (ni la posible magnitud) del impacto del nuevo sistema sobre el voto cruzado, esta primera aproximación acompaña el sentido de la hipótesis sobre el comportamiento de los electores.