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Tormenta en Trípoli

07-03-2011
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(Artículo de Mario Serrafero, politólogo e investigador del Conicet, sobre la situación de Libia, publicada en la edición nº26)

Sería ingenuo imaginar el pronto establecimiento de democracias al estilo occidental en los países cuyas estructuras hoy tiemblan.

Las brisas de El Cairo llegaron a Trípoli, como tormenta. Muammar al-Gadafi había asumido el poder tras el golpe de Estado perpetrado el 1° de septiembre de 1969, contra el monarca Idris Senussi, en el trono desde que el país obtuvo su independencia, en 1951. Esta antigua colonia italiana fue gobernada prácticamente por dos hombres durante 60 años. Gadafi es el prototipo de líder excéntrico alrededor del cual se fue creando una imagen de revolucionario para unos y de déspota terrorista para otros.

Lo cierto es que 42 años en el poder no resisten demasiado análisis. El particularismo

cultural que solía suavizar la mirada crítica sobre regímenes personales autoritarios

orientales parece no tener más cabida. Libia es la muestra extrema y más grosera de

lo que más suavemente se vio en Egipto. Bajo el ropaje de una “revolución” se construyó un régimen centralizado en la persona de Gadafi, se adoptó el “socialismo” como bandera y se construyó un montaje institucional que dio silueta a la Gran República Libia Popular y Socialista. El “Estado de masas”, como otras similares denominaciones en otras regiones, declama un poder y una “participación popular”

que por cierto sólo existen en la propaganda del régimen.

También esta parafernalia discursiva ha sido útil para la adhesión ingenua

de los defensores apasionados de todo golpe o experimento político que se autodenomine “revolucionario”. El los años '70, Gadafi podía ser visto como un líder de izquierda que liberaba a su pueblo y representaba el panarabismo de

origen nasserista. En la década siguiente el propio presidente de EE.UU., el conservador Ronald Reagan, bombardeando el palacio del “líder de la revolución” no hacía más que darle letra al relato oficial de victimización por parte del imperialismo occidental.

A fines de los ochenta la acusación de terrorista se vinculaba directamente con el atentado aéreo en la localidad de Lockerbie, en Escocia. En el nuevo siglo el líder libio fue mejor tratado por Occidente, al abandonar el plan nuclear y dar señales

contrarias a su pasado terrorista. En 2008 se abrió una embajada en EE.UU., sin mencionar que recién durante las revueltas las naciones europeas decidieron no venderle más armas al coronel. Pero mientras esta supuesta y tardía “reconversión” sucedía, el país continuaba bajo la férrea mano de Gadafi y sus familiares,

se auguraba la sucesión en uno de sus hijos y el país petrolero continuaba construyendo más pobreza.

El caso de Libia, como tantos otros, muestra la incoherencia de un mundo donde la “amistad” depende del lugar que un país ocupe en el entramado del juego de poder internacional, en un momento determinado. En términos de academia, pura política internacional, sin el análisis complementario de una política comparada que advierta el básico ADN que distingue entre regímenes democráticos y no democráticos.

Sartori ?y antes que él, Kurt Löwenstein- definía a la autocracia como el régimen

opuesto a la democracia, en el que la ley emanaba del autócrata. Y la ley de un autócrata no es otra cosa que la nuda fuerza con sus expresiones típicas de intimidación, violencia y muerte. ¿Cómo descubrir el velo de los regímenes que

siguen utilizando interna e internacionalmente el adjetivo de “revolucionario”? El papel de tornasol que descubre la fibra íntima y última de un régimen es la existencia y el respeto de los derechos humanos. Allí donde tales derechos se violen sistemáticamente no habrá democracia y menos aún revolución.

La violencia y la muerte parecen sellar el fin del régimen de Gadafi. Fue su hijo, Saif al- Islam, quien primero advirtió sobre una guerra civil. Pero, en realidad, fue la represión del autócrata, que ordenó disparar contra el pueblo en las calles. Ni el terror pudo imponer obediencia civil. Nuevamente la lucha contra la opresión estuvo en el centro de la revuelta con palabras y conceptos tan occidentales como libertad,

justicia y democracia. Palabras éstas que, según la cabeza del régimen, fueron vertidas por jóvenes conducidos bajo los efectos de las drogas y alucinógenos y el beneplácito del terrorista internacional más buscado del planeta.

En los setenta las transiciones se extendían por la Europa meridional con España, Portugal y Grecia. A finales de los setenta comenzaba una nueva transición de los países latinoamericanos que transformó el color político de toda la región. Terminando los ochenta la Europa del Este, luego de la caída del muro de Berlín y el progresivo desmantelamiento de la U.R.S.S., iniciaba su peregrinación hacia el cambio de régimen, con situaciones tan distintas y distantes como la “revolución de terciopelo” en la antigua Checoslovaquia y el sangriento final de la dictadura de Nicolae Ceausescu y su Securitate, en Rumania.

En la segunda década del nuevo milenio el mundo árabe ha iniciado un recorrido que mostrará también casos particulares y las diferentes fórmulas de transición tendrán vinculación directa con el tipo de estructura social, económica y política de cada país. Sería ingenuo imaginar el pronto establecimiento de democracias al estilo occidental en los países cuyas estructuras hoy tiemblan, pero sería funesto ser complaciente con fórmulas políticas basadas en la emergencia de líderes heroicos y refundantes de un nuevo orden de acuerdo al “particularismo” de la región.

Más allá de la necesidad de creación de un nuevo entramado institucional y de la construcción de fuerzas políticas y sociales para el futuro que se avecina, los problemas en torno a la pobreza y su morigeración serán cuestiones de difícil

resolución. La globalización ha generado en las últimas décadas discusiones y debates por doquier. Entre tanta tinta derramada se advirtieron, recurrentemente,

los efectos negativos en términos económicos, sociales y culturales de un proceso

que escapa a la voluntad de los gobiernos y de las corporaciones. Dentro de este proceso deben ser considerados los clásicos medios de comunicación e Internet ?y sus redes sociales? que más que haber sido los responsables de estas rebeliones fueron meros instrumentos de transmisión de la verdaderas causas del temblor:

el deseo de una vida más digna, de libertad y de derechos fundamentos de los individuos sometidos a dictaduras personales y regímenes autocráticos oxidados.

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