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Tres certezas y un interrogante

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01-07-2016
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(Columna de Tomás Múgica)

En los primeros meses del gobierno de Macri se modificó el relacionamiento externo de Argentina pero es equivocado sostener “que volvió al Mundo".

Tras seis meses en el poder, podemos trazar un primer balance de la política exterior de Macri. Más allá de las exageraciones discursivas del Gobierno y de algunos medios ?que insisten con la equivocada idea de que “Argentina volvió al mundo”, como si en algún momento hubiera estado aislada; en todo caso se puede discutir si el anterior patrón de relacionamiento externo era el adecuado ? lo cierto es que se observan cambios significativos, pero también continuidades importantes.

El momento puede resumirse en tres certezas: política exterior centrada en la agenda económica; diversificación de los vínculos económicos externos; y fortalecimiento de los lazos políticos con los países occidentales. Y también en un interrogante: cuál es el modelo de desarrollo al cual el Gobierno apuesta en el mediano y largo plazo. Lo que equivale a preguntar cuál será el lugar del Mercosur en la política internacional de nuestro país.

Empecemos por las certezas. En primer lugar, el gobierno lleva adelante una política exterior focalizada en la búsqueda de oportunidades económicas. Se privilegia la atracción de inversiones y la ampliación de vínculos comerciales por sobre otras consideraciones de orden político e ideológico (que no están ausentes). La preferencia por los aspectos económicos conlleva una considerable cuota de pragmatismo: si se trata de hacer buenos negocios, lo importante es encontrar socios atractivos, más allá de la ideología.

Segundo, ese pragmatismo explica la decisión de ir por todas las oportunidades disponibles, ampliando el abanico de vínculos económicos externos siempre que sea posible. En el marco del Mercosur, el gobierno considera prioritaria la pronta conclusión del acuerdo de libre comercio Mercosur-UE, tras el intercambio de ofertas en mayo pasado.

Al mismo tiempo, ha obtenido el rol de observador en la Alianza del Pacífico (AP). Respecto a esto último, en una reciente exposición ante la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados, la canciller Susana Malcorra fue clara: “El ecosistema económico del mundo va a pasar más por el Pacífico que por el Atlántico. Entonces, hacer un planteo dicotómico nos parece que es negarnos oportunidades”. La idea es acercarse a la AP desde el Mercosur, según repite Malcorra cada vez que puede. Faltan definiciones más precisas sobre la relación entre ambos bloques: ¿habrá un acuerdo entre bloques o cada miembro podrá negociar acuerdos comerciales por separado, en una especie de “Mercosur a varias velocidades”? En la misma dinámica de búsqueda de oportunidades económicas se ubica la relación con China, Rusia y otros países emergentes. La relación económica y política con China y Rusia creció significativamente durante los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK. Con Macri, todo indica que seguirán siendo importantes socios económicos, pero la relación tendrá un componente político menos significativo. En su encuentro con Xi Jingping en Washington en el mes de abril, Macri invitó a los capitales chinos a invertir en infraestructura y alimentos y demandó una relación comercial más equilibrada, sin referencias al multipolarismo, como solía hacer CFK. La relación con Rusia seguirá un camino parecido. La visita de Malcorra a Moscú en abril, dónde se buscó avanzar en el acuerdo para construir la represa de Chihuido, y la reciente comunicación telefónica entre Macri y Putin sirvió para confirmar que el gobierno busca una relación sólida con ese país en materia de comercio, inversiones y cooperación tecnológica (además de para charlar, dicen, sobre la candidatura de Malcorra a la ONU). Algo similar se puede esperar con Africa y el mundo árabe. Las misiones comerciales a Angola podrían repetirse.

Finalmente, el gobierno también busca atraer inversiones de las principales potencias occidentales: las visitas de Obama, del presidente francés Hollande, del Primer Ministro italiano Renzi y la próxima visita de Macri a Alemania, así como los encuentros con diversos líderes occidentales en foros multilaterales, se enmarcan en esta línea de trabajo. Se trata de dejar claro, a gobernantes y empresarios, que Argentina ha recuperado -según afirma el Gobierno- un buen clima de negocios.

Claro que con Occidente la relación no se limita a las cuestiones económicas. Esto nos lleva a la tercera certeza: durante sus primeros seis meses de gobierno, Macri ha realizado gestos ? incluyendo alguna sobreactuación innecesariapara mostrar su cercanía política con Occidente, buscando revertir lo que se percibía como una posición equívoca del anterior gobierno en ese sentido. Los Kirchner enfatizaron la autonomía frente a esos países, especialmente con respecto a Estados Unidos ?país con el cual la relación se tensó en los últimos años, sin dejar de mantener una agenda positiva en temas sensibles, como la no proliferación nuclear y el perfil del voto en Naciones Unidas. Macri, en cambio, ha dejado claro que quiere una relación de mayor cercanía con Estados Unidos en particular y con Occidente en general, y que si bien quiere hacer negocios con todo el mundo, una cosa es la economía y otra la política, en la cual el gobierno se muestra más selectivo. En verdad no nos habíamos alejado tanto, es decir Argentina no se había transformado en Corea del Norte, ni siquiera en Venezuela. Pero en cualquier caso la decisión de mostrar afinidad política ha quedado muy clara.

Por último, el interrogante. Un interrogante que en verdad excede la política exterior en sentido estricto y se extiende al terreno económico (entre otros): el de la estrategia de desarrollo, y la consiguiente estrategia de integración externa. Una posibilidad es avanzar en una senda “a la chilena”, orientando la economía hacia la producción y exportación de alimentos y energía -por mencionar dos sectores intensivos en recursos naturales- alcanzando la mayor cantidad posible de acuerdos de libre comercio para mejorar las posibilidades de colocación de esos productos. Otra posibilidad es seguir una estrategia centrada en el desarrollo de un entramado productivo más complejo -que no se agote en la explotación y elaboración de los recursos naturales, aunque saque de ellos el mayor provecho posible- sino que también apueste por un tejido industrial diversificado. Ello requiere proyectos de integración más densos -como el que se ha intentado en el Mercosur, con éxito dispar- que incluyan políticas de apoyo para algunos sectores y negociaciones conjuntas con terceros mercados. De la respuesta a esta pregunta, que por supuesto admite una variedad de matices que trascienden las posibilidades aquí señaladas de manera esquemática, depende en buena medida el lugar que ocupe el Mercosur en la política exterior argentina. Por ahora el Gobierno ? aunque Malcorra señale que la inserción internacional del país “parte del Mercosur”- no muestra signos de inclinarse de manera clara en una u otra dirección. Deberá hacerlo más temprano que tarde.

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