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Trump en su laberinto

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14-06-2016
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(Columna de Santiago A. Rodríguez)

El magnate sorprendió a todos quedándose con una candidatura a la que nadie apostaba. ¿Seguirá sorprendiendo?

Creacionismo en las escuelas y una fuerte posición antiabortista. No es una descripción del Gobierno provincial de Juan Manuel Urtubey sino de los principales puntos que Donald Trump tuvo que modificar de su plataforma para hacerse de la primaria republicana. Porque, si bien invocar paredes en la frontera sirvió para llamar la atención del electorado, fue ese giro hacia el espacio ocupado por lo más rancio del Tea Party, allí donde pululan los Ted Cruz y en alguna medida las Sarah Palin, lo que provocó la estocada final para desarticular la resistencia a la hora de ganar la candidatura del otrora partido de Lincoln y Teddy Roosevelt. Ahora Trump enfrenta el desafío de posicionarse frente a la elección general. Parcialmente, debe desandar parte de ese camino para no perder margen de maniobra frente a los electores en su conjunto y, al mismo tiempo, no perder los apoyos que ha sabido recolectar del GOP, que rápidamente se ha ido alineando detrásde él, primero más por la necesidad de mantener el control del Congreso y después por los auspiciosos números que ciertas encuestas han proyectado.

Pero el tiempo apremia, la primaria demócrata está dando sus últimos pasos y la candidatura de Hillary Rodham Clinton es un hecho. Sumado a esta definición, las posibilidades del ingreso de Barack Obama en la campaña para acercar a Hillary a los votantes de Sanders, inyectando esa cuota de esperanza y empatía que la ex secretaria de Estado no ha podido traer al tablero de operaciones, está a la orden del día. Solo un triunfo resonante del senador por Vermont en California podría aguar esto, pero las encuestas muestran una leve ventaja para Clinton. Lo apremiante para Trump es que su ventana de tiempo para organizarse y salir a predicar en soledad en los Estados clave y fidelizar voto antes que la maquinaria demócrata entre en acción se está acabando.

También el periodismo ha decidido finalmente sacarse los guantes y ha comenzado a objetar al candidato con mayor rigurosidad, desnudando la poca preparación que “Don, el constructor dorado” tiene sobre múltiples temas, en particular relaciones exteriores; algo que nos recuerda a la desarticulación que sufrió Sarah Palin en 2008. Recientemente se le preguntó su opinión sobre el venidero referéndum por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y al escuchar hablar de “Brexit”, desconocía el término. Esto, sumado a sus comentarios que caminan por la cornisa del racismo y la xenofobia, muchas veces cayendo en ellos, han resultado en una pérdida de una ventaja significativa para asesorarse y prepararse en un tiempo relativamente muerto en la campaña en lo que enfrentamiento entre partidos se refiere. Incluso los medios se encuentran sorprendidos por la rienda suelta que le ha dado el partido republicano como organización con la potencialidad de dañar su imagen en su conjunto.

Sin embargo, sus posibilidades resisten frente a su ausencia de filtro y expertise política, y aún no parecen haberse reducido las chances de Trump para llegar a la Casa Blanca. La imagen negativa de los candidatos a ambos lados de la grieta tiene números similares y desde hace mucho tiempo que los dos grandes partidos no se hallaban tan alejados ideológicamente. Por esa ancha avenida del medio ha aparecido un tercer elemento que en esta historia que podría salir en su ayuda; y por tercer elemento me refiero al único otro partido con presencia en los cincuenta estados de la unión americana.

Si en la elección que “perdiera” Al Gore en noviembre del 2000 las culpas intentaron lavarse apuntando a Ralph Nader, o en 1992 todos los dedos apuntaron a Ross Perot por el triunfo de Bill Clinton, hoy los índices se afilan en forma preventiva hacia el Partido Libertario. Con una fórmula conformada por ex republicanos, los ex gobernadores Gary Johnson (ex gobernador de Nuevo México) y Bill Weld (ex gobernador de Massachusetts), el objetivo parecería romper con la monotonía electoral y dar voz a quienes no está ni con el establishment ni con alguien que quiere emular al emperador Adriano y su muro para mantener a los pictos a raya. Todo esto sería pour la gallery y descartable, en 2012 el partido con Johnson como candidato obtuvo alrededor del 1% de los votos, si no fuera que ha irrumpido en las encuestas con números que fluctúan entre 5% y 10%. La clave es a quien pertenecían estos votos con anterioridad, y con un slogan que reza “fiscalmente conservadores e individualmente libres de elegir” no queda del todo claro si serán los republicanos más progresistas o los jóvenes sanderistas los que se sentirán atraídos. Aquí es cuando el mencionado ingreso de Obama y la reconversión de Trump en un candidato más amplio se tornan clave.

La Historia, tan manipulable ella, está llena de escenarios de los que rescatar similitudes con el presente. Por ejemplo, los whigs llevaron en 1848 a Zachary Taylor, un “WINO” (whig in name only), a la presidencia y cuatro años más tarde ya no existían como partido o, por otro lado, el constante recuerdo que desde la elección de Buchanan en 1856 no ha habido un demócrata que suceda a otro, estando este vivo. Aquellos eran años de fuertes divisiones en lo social, cuando el ingreso de nuevos estados tras la guerra con México alteró el delicado y superficial balance entre estados que auspiciaban la esclavitud y los que no. Hoy, nuevamente, irresueltos problemas sociales dominan la escena electoral por sobre la economía. Con ellos como protagonistas, el hilo que une a Trump con el triunfo se hace más delgado, pero no se corta. El billonario de Manhattan ya sorprendió a todos quedándose con una candidatura a la que nadie apostaba hace un año y, cuando son pocos los puntos que le resta sumar o a Clinton restar con una baja en la participación de las bases demócratas en noviembre, no sería prudente dar por descartadas sus chances.

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