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Un año de cacerolazos: algunas conclusiones

03-05-2013
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(Columna de María Esperanza Casullo)

Es un dato positivo que la centroderecha busque desarrollar un propio partido de masas con capacidad para ganar elecciones.

El 31 de mayo del 2012 fue el primer cacerolazo del actual ciclo (es decir, no de la “crisis del campo”). No fue mucha gente pero, sin embargo, el poder de convocatoria de sus organizadores crecería hasta iniciar una serie que incluyó uno en septiembre, el del 8 de noviembre del mismo año y el reciente del 18 de abril. Las conclusiones que siguen son extraídas del curso de movilización de este año. Las mismas son, por supuesto, tentativas, ya que seguramente habrá más cacerolazos de aquí en adelante.

1. Los cacerolazos se han transformado en el principal hecho político de los últimos doce meses, y han demostrado su capacidad de marcar agenda y de dinamizar el campo político. Frente a ellos, el Gobierno ha elegido una estrategia de “dejar hacer” , resumido en la frase con la que Cristina Fernández de Kirchner comentó uno de los cacerolazos del año pasado: “Yo no puedo representar a todo el mundo” . Por su parte, los dirigentes opositores han oscilado entre apostar a la movilización espontánea e intentar conducir a lo que muchos llaman una “masa disponible” . Pero, hoy por hoy, sin la energía proveniente de los cacerolazos es impensable la oposición al kirchnerismo.

2. Los cacerolazos expresan una insatisfacción con el Gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que es, al mismo tiempo, profundo, potente e indefinido. En los cacerolazos se superponen demandas de mayor seguridad, de defensa “de la Justicia” , de liberar la compra de dólares y contrarias a la corrupción. Sin embargo, esta multiplicidad de demandas no opera en contra de la convocatoria o la potencia de la marcha. Antes bien, seguramente es uno de los factores de su éxito, mientras que otras marchas convocadas alrededor de una única consigna (por ejemplo, la marcha convocada para el aniversario del choque de trenes en Once) no han alcanzado ese impacto. Por supuesto, esto no es una novedad para aquellos mínimamente familiarizados con los fundamentos teóricos de la movilización populista: la multiplicidad y equivalencia de las demandas permite que en movilizaciones como ésta todos se sientan partícipes y todos se sientan representados, más allá de que no exista un programa ni una plataforma clara. Por eso, las críticas a las movilizaciones que dicen “no están de acuerdo entre ellos” ignoran el punto: justamente de ese “no estar de acuerdo” depende su potencia.

3. Sin embargo, la indefinición y vaguedad de los cacerolazos en la Argentina también nacen del hecho de que hay algo que, llamativamente, no se dice o no puede decirse. Una encuesta reciente de la consultora CEIS a participantes de los cacerolazos menciona como los motivos más citados para movilizarse la corrupción, la inseguridad, la falta de Justicia y la inflación. Llama la atención la ausencia de un reclamo explícito que tenga que ver con las restricciones a la compra de dólares, dado que el perfil socioeconómico y educativo de la población movilizada corresponde claramente al público más afectado por las mismas: 45% de los asistentes tienen estudios universitarios, son residentes en la CABA y tienen entre 30 y 54 años. La razón de este “no dicho” es algo que requeriría más investigación, ya que la misma ausencia es significativa.

4. Se ha producido un proceso de aprendizaje político en los sectores que se movilizan. Los primeros cacerolazos dejaron, junto a su innegable éxito, varias imágenes caracterizadas por un discurso excesivamente divisivo y hasta violento, que incluía inclusive carteles que apelaban a la muerte de la Presidenta. En el último cacerolazo, sin embargo, se notaba que se había hecho un esfuerzo para moderar el discurso y para mostrar una imagen más amigable. También se nota que en muchos de los participantes y apologistas de las marchas existe un nuevo convencimiento de que el movimiento debe articularse con algún tipo de liderazgo e institucionalización partidaria más pronto que tarde.

5. Por sí solos, y si no ocurre una crisis económica grave, es difícil pensar que los cacerolazos fuercen un cambio de gobierno. Asimismo, la dirigencia opositora no ha demostrado hasta el momento estar en posición de cosechar decididamente los frutos de la movilización. Aunque el PRO ha mostrado algunas indicaciones de querer hacerlo, no se vislumbra hasta ahora el equivalente a Henrique Capriles, es decir, alguien que vaya más allá de la denuncia en general de los males del kirchnerismo a proponer un programa de gobierno.

6. La centroderecha es hoy la izquierda democrática de los '90. Es decir, la centroderecha en Sudamérica se encuentra en una posición extrañamente simétrica con lo que era la posición de los movimientos de izquierda de hace 15 o 20 años: en la oposición, sin partidos políticos fuertes que representen a esos sectores, enfrentada a una ideología que goza de apoyo en las urnas y la que no podrán desplazar por métodos no democráticos. Entonces, en la Argentina (como en Venezuela) hemos visto a intelectuales liberales o de centroderecha enamorarse de las posibilidades renovadoras de la política de la movilización espontánea; defender el derecho de las marchas de ocupar el espacio público aunque aquello moleste a algunos transeúntes y discutir los tradeoff inherentes en la relación entre movilización y representación, espontaneidad y liderazgo, es decir, debatir qué tipo de estrategia democrática es más adecuada a sus fines. Esto es un dato muy positivo en un país en donde la centroderecha nunca quiso (y tampoco necesitó) desarrollar un partido de masas propio con capacidad de ganar elecciones.

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