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Una ideología para el progresismo

11-02-2012
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(Columna de opinión del politólogo Andrés Escudero)

Durante la dictadura del stalinista Mátyás Rákosi, la conducción del Partido Comunista húngaro había llegado a la conclusión ?aplicando el materialismo histórico? de que era necesario plantar naranjos a orillas del Lago Balatón. El ingeniero agrónomo al que se encomendó la misión se negó en un principio por considerar que el suelo era poco propicio para que crecieran los naranjos, pero fue obligado a proceder en ese sentido. Cuando los árboles murieron, el partido fusiló al ingeniero agrónomo por traidor a la patria.

La anécdota, narrada por Maurice Duverger en “Los Naranjos del Lago Balatón”, suele ser utilizada para graficar los efectos perniciosos de las ideologías. Según este argumento, las ideologías encasillan el pensamiento y son enemigas de la razón técnica.

A la descalificación de estas “cárceles del pensamiento” se le opone una reivindicación ideológica de raigambre posmoderna. Así, la razón técnica no sería más que el maquillaje ideológico de aquellos que detentan el poder económico, político y cultural. Como toda la realidad es una construcción social, la fabricación de conceptos científicos y técnicos ?consciente o inconscientemente? siempre responde a una ideología que nunca se explicita. Disciplinas como la estadística o la demografía se desarrollaron a la sombra del interés del Estado por controlar a la población. Ni que hablar de las recetas de los organismos multilaterales de crédito cuyos funcionarios ?valiéndose de trajes oscuros, gráficos y ecuaciones? impusieron al Tercer Mundo recetas de ajuste bajo la excusa de la conveniencia técnica. La tecno-ciencia sería una ideología al servicio del poder.

Todo programa político necesita de una orientación ideológica. Y toda ideología tiene por base una filosofía. Tanto la descalificación tecnocrática como la chirla “defensa” posmoderna son malos compañeros filosóficos para una ideología progresista.

El argumento de los naranjos arrastra un error filosófico de base: no entiende de “grados”. No es lo mismo ideología que ideologismo, del mismo modo que ciencia no es lo mismo que cientificismo. En Hungría (como en tantos otros países) el materialismo histórico fue una excusa para matar. Los autoritarismos matan porque desprecian la vida y no porque se basen en un sistema de ideas. Por su parte, la denuncia posmoderna desestima los aportes de la ciencia enterrando los exponenciales avances del saber en un pantano de supuesto ideologismo. El conocimiento científico debería ser un insumo fundamental de la política pública.

Una ideología es un conjunto de ideas y valores que ciertamente puede implicar prejuicios pero que no lleva irremediablemente a conductas criminales (ni muchísimo menos). Los Estados de Bienestar escandinavos ?por ejemplo? se construyeron durante varias décadas de predominio (incluso de hegemonía, como en Suecia) de gobiernos ideológicamente comprometidos con la socialdemocracia. Y no tuvieron ni genocidios ni terrorismo de Estado. Lejos de eso, construyeron los mayores niveles de igualdad social que se hayan registrado en la historia de la humanidad.

Además, las ideologías resultan necesarias por una razón que la psicología conoce desde hace mucho tiempo: la complejidad de la realidad que nos circunda es tan enorme que el cerebro humano, a pesar de su gran sofisticación biológica, no puede procesar esos estímulos al mismo tiempo sin colapsar y, por lo tanto, se vale de estereotipos. Funcionan como lentes para enfocar una realidad borrosa. Además de corregir la vista, esos preconceptos guían la conducta. Lo mismo ocurre en el plano político: participar y gestionar sin ideología se parece bastante a caminar a ciegas por un bazar.

En consecuencia, si la ideología es necesaria para operar sobre la realidad, más vale que tengamos una buena ideología. Desde mi punto de vista, esa ideología es el progresismo. ¿Qué sería ser progresista entonces? Apunto una serie de afirmaciones que pretenden funcionar como un aporte para la agenda ideológica del progresismo, especialmente en América Latina.

Un progresista (i) cree en la igualdad entre el hombre y la mujer; (ii) reivindica los derechos de los pueblos originarios; (iii) considera que los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles y que los responsables de actos de terrorismo de Estado deben ser juzgados a pesar de los indultos y las leyes de auto-amnistía; (iv) sostiene que la memoria histórica es socialmente importante y que ninguna generación debe crecer sin al menos saber que sus antepasados fueron torturados, asesinados y despojados de sus hijos a causa de sus ideas políticas.

Un progresista (v) cree que el monopolio de la palabra atenta contra la democracia y que es necesario democratizar el sistema de medios de comunicación combatiendo los oligopolios; (vi) sostiene que es necesario democratizar el acceso a la conducción de los sindicatos de trabajadores y reformar cualquier burocracia autoritaria; (vii) entiende que la educación y la salud son derechos inalienables que deben ser garantizados por el Estado y que, por lo tanto, deben ser paulatinamente desmercantilizados; (viii) piensa que los niños y los abuelos son los sectores más vulnerables de la sociedad y que, por ello, merecen ser los privilegiados de la política social asignándoles una buena porción del gasto público total.

Un progresista (ix) piensa que la sexualidad es una opción y que la legislación civil debe recoger esa premisa; (x) cree que el bienestar social se basa en el crecimiento económico con distribución del ingreso, y que éste último implica lisa y llanamente sacarle plata a los que tienen más para dársela a los que tienen menos, a través de cualquier vía legal, y que esa vía, cuanto más universal, más progresista; (xi) cree que la economía debe estar al servicio de la política y la política al servicio de la gente, y que por ello debe promoverse un amplio margen de intervención estatal en la economía para que la lógica del mercado no devore a las personas.

Un progresista (xii) piensa que el desarrollo económico debe ser compatible con la conservación del medio ambiente y la explotación responsable de los recursos naturales; (xiii) considera que debe fomentarse la participación popular, porque es bueno que se discuta de política en las casas, en los bares, en los recreos de las escuelas, en las universidades, en las fábricas y en las oficinas, y no le asusta la gente en la calle; (xiv) promueve una agricultura con agricultores, una política pública con respeto y promoción de la familia agropecuaria y de los pequeños y medianos productores; (xv) sostiene que el sistema bancario y financiero debe estar al servicio del financiamiento de proyectos de inversión productiva y del acceso a la vivienda de todos los sectores sociales.

Un progresista (xvi) piensa que hay que fomentar el desarrollo de pequeñas y medianas empresas para tener una sociedad más autónoma y heterogénea, y promueve el reemplazo inteligente y paulatino de los bienes importados por otros de producción local; (xvii) está dispuesto a dispensar desde el Estado un mejor trato a la burguesía industrial que a la burguesía financiera, en tanto aquella genera puestos de trabajo y tiene capacidad empresaria para emprender inversiones de gran envergadura imprescindibles para el desarrollo económico, y es por lo tanto socialmente más funcional a un proyecto de desarrollo inclusivo; y (xviii) defiende una integración regional con la mirada puesta en América Latina, sin tutelaje imperialista de de ningún tipo.

Donde hay una creencia, hay una política pública.

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