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Welp: “La pandemia deja en evidencia que todavía hay una cultura institucional muy autoritaria”

Yanina-Welp
23-12-2020
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Entrevista a Yanina Welp

Luego de un 2019 testigo de importantes protestas callejeras en varios países de nuestra región, y de un año marcado por la pandemia y las medidas de aislamiento en muchos de ellos, la salud de la democracia y la posibilidad de estar ingresando en un nuevo ciclo de inestabilidad encendieron algunas alarmas. Para analizar la situación política en América Latina, el estadista dialogó con Yanina Welp, investigadora del Albert Hirschman Centre on Democracy, coordinadora editorial de Agenda Pública, e integrante de la Red de Politólogas.

América Latina había finalizado el año 2019 con importantes turbulencias políticas en algunos países como Ecuador, Chile, Colombia, Perú y Paraguay. Las medidas de aislamiento en algunos de ellos parecieran haber contenido durante unos meses las protestas. Sin embargo, el contexto no ha mejorado. ¿Estamos a las puertas de un nuevo ciclo de protestas e inestabilidad?

Para explorar la respuesta tenemos que plantearnos por qué ocurren las protestas y qué novedades había en aquellas de 2019. En cuanto a lo primero, es muy clásico. Las protestas lo que hacen es canalizar el descontento. Sabemos, por muchos años de sociología política y análisis de movimientos sociales, que las protestas no están directamente asociadas con situaciones de extrema pobreza, vulnerabilidad y privación, sino con lo que enciende la mecha. Los países más pobres no son necesariamente aquellos donde hay más movilización. Hay movilización cuando se reúnen determinadas condiciones que generan o impulsan esa salida a la calle, que puede darse en forma de estallido, protesta y vuelta a casa; o en forma de activación y consolidación de movimientos sociales o de otras organizaciones intermediarias que funcionan articulando la protesta. Esto nos lleva a la segunda cuestión, que es la de las novedades. Yo creo que hay algunas novedades que tienen que ver con la velocidad de las protestas, que parecerían ser también cada vez más frecuentes. Existe de alguna manera un efecto contagio que tiene que ver con muchos factores.

¿Con cuales, por ejemplo?

Primero, el rol de los medios de comunicación; ahora la información no solo corre mucho más rápido sino también con mayor intensidad. Esto de que haya canales de noticias 24 horas genera una necesidad de alimentar las noticias que hace que determinadas cuestiones ocupen los medios durante días, generando una sensación muy fuerte que podría impulsar ese efecto contagio. Luego hay otra cuestión importante que es la facilidad para organizar las protestas o compartir la furia por redes sociales; eso facilita y acelera las formas de organización. El rol de los jóvenes también es destacable. Por un lado, podría decirse que tienen más energía, tiempo y fuerza; por otro, creo que ahí hay un elemento importante que se ha descuidado un poco que es que los jóvenes latinoamericanos que hoy tienen veinte años, no tienen el recuerdo de la dictadura o de la infancia de la transición y entonces su relación con valores y principios democráticos se da de otra manera. Ilka Treminio, por ejemplo, ha estudiado mucho sobre cómo en Costa Rica sorprendentemente las opciones de extrema derecha están siendo apoyadas por jóvenes. No de forma masiva, pero ahí donde esperábamos que se cumplieran las teorías de que los jóvenes más educados iban a ser más propensos a adoptar valores progresistas y demás, no lo estamos viendo automáticamente.

Entonces yendo a la pregunta ¿estamos a las puertas de un nuevo ciclo de protestas e inestabilidad? Yo diría que es bastante probable, porque lo que la pandemia nos deja es una crisis económica potenciada, incrementada, muy profunda, con niveles de insatisfacción enormes asociados también a los cada vez más denunciados casos de corrupción. También hay que contemplar diferencias profundas. Vemos que en Chile el escenario es uno de apertura a un proceso constituyente largamente solicitado por algunos actores, donde en el plebiscito triunfa lo que las nuevas fuerzas políticas y sociales estaban pidiendo y no la élite política; mientras que en otro caso como el de Perú vemos un ciclo que se ha cronificado un poco de inestabilidad política en disputas entre el Legislativo y el Ejecutivo, que más bien erosiona sin parar esta crisis de ingobernabilidad.

¿Cuáles fueron las consecuencias políticas más importantes que dejó la pandemia (y las medidas para contenerla) en la región en términos de democracia?

Hay muchas aristas ahí. Quizás V-dem, con el indicador un tanto apresurado que sacó de retroceso de la democracia en tiempos de pandemia, enfatizó muchísimo en ciertos factores institucionales como, por ejemplo, si estaban o no funcionando los Parlamentos, si las medidas las tomaba el Ejecutivo sin control?En los primeros meses había una discusión muy fuerte sobre el retroceso de la democracia. A mi entender, sin que vaya para nada a defender que la democracia está súper fuerte, creo que esto no ha sido tan evidente. El caso de Argentina es bastante emblemático. Los problemas que arrastra hoy la democracia argentina son más o menos los mismos que viene arrastrando hace tiempo.

Entonces ¿cuáles son las consecuencias políticas más importantes? Yo creo que deja en evidencia que todavía hay una cultura institucional muy autoritaria. El rol de la policía y los militares protegiendo estados de alarma en la región ha sido de débil a nefasto. Sobresale ahí el caso de Panamá, que ha puesto todo el énfasis en detener gente en vez de promover medidas que sirvan para algo conteniendo un virus. En cuanto a los Congresos y lo que mencionamos al principio, yo creo que más bien se han seguido las tendencias que estaban antes. Creo que se mantiene el nivel de incertidumbre en relación a la cuestión de que la democracia con altos niveles de desigualdad y con enormes bastiones de pobreza no se puede sostener bien. Si a eso añadimos otros elementos como los discursos populistas, la extrema derecha, y demás, se genera un contexto de incertidumbre y caldo de cultivo para soluciones peores. Pero, como digo, la pandemia lo que ha hecho de alguna manera fue incrementar esto por cuanto produce en la economía. Maduro era autoritario desde antes, Ortega venía en camino firme hacia la dictadura desde antes. Entonces puede haber potenciado algunas cosas, pero no hay grandes novedades.

Mientras que las protestas siguen siendo un instrumento utilizado recurrentemente por la ciudadanía, uno puede encontrar una alta participación en, por ejemplo, las elecciones de Bolivia y el plebiscito de Chile. ¿Seguimos en la región apostando a las urnas como el camino más efectivo? ¿Es un indicador que nos permite ser optimistas?

Yo soy optimista casi como un defecto. Entonces sí, creo que hay cierto optimismo, pero hay que matizarlo porque tenemos otros indicadores que invitan a ser pesimistas. Algo que se indica tanto en Latinobarómetro como en Lapop es un declive en el apoyo a la democracia como mejor sistema de gobierno. Yo creo que tiene que ver con las disfuncionalidades de estos sistemas políticos que tenemos. Hay una cuestión sobre a qué responde una persona cuando contesta en una encuesta sobre su satisfacción con la democracia: ¿su satisfacción actual con el gobierno y la gestión; o su satisfacción abstracta y teórica con un modelo? También eso está discutido dentro de la ciencia política y habría que tenerlo un poco más en cuenta.

Tomando los ejemplos, Chile y Bolivia son dos casos distintos. Bolivia tiene un patrón de participación muy alto, altísimo. Siempre está muy por encima del 80%. En cambio, Chile no es el caso. En el plebiscito en Chile se esperaba que participara más gente, y eso decepcionó un poco y abrió bastante debate. Participó más que en las presidenciales, pero solo un poco más. También hay que decir que las dinámicas de participación en un plebiscito suelen ser distintas que en una elección convencional y que la pandemia podría haber afectado. Pero también las experiencias recientes de elecciones en América Latina y en otros lugares muestran que estas están muy condicionadas por factores políticos y no por el miedo a la pandemia. Si en Francia baja la participación en las municipales tiene que ver con el miedo al contagio, pero también cruzado con la sensación de que esa elección no sirve para mucho; mientras que en otro caso como el de Polonia tiempo después, se ve que la abstención por grupos de edad varía y que la gente mayor es la que menos va a votar, pero en general la participación sube porque había mucho en juego en esa elección. Entonces eso también hay que tenerlo en cuenta. Yo creo que en América Latina se da esa pauta, cuando la gente siente que en una elección se está jugando algo, va y vota. Cuando le parece que es más de lo mismo, deja de votar. Ahí es donde vuelve a intervenir esta cuestión crítica que ponen los discursos incendiarios, como el de Bukele en El Salvador que activan la participación porque generan esperanza e ilusión en gente que estaba abandonada por el Estado por décadas, pero luego tiene también consecuencias potencialmente erosionan la institucionalidad democrática.

Por último, ¿cuál es tu lectura de lo sucedido en las “elecciones” de Venezuela con una abstención electoral de cerca del 70, si nos guiamos por cifras oficiales?

La participación electoral en Venezuela ha sido tremendamente oscilante a partir de los años ´90. Iba hasta entonces muy a la baja y a partir de la irrupción de Chávez en el escenario, empieza a ser muy oscilante. Entonces se ven, por ejemplo, casos en que hay mucha campaña y gran nivel de tensión y disputa como en el 2006 con una participación de 76%, o en el 2002 con el 81%. Pero no es esta la primera elección con una participación tan baja. En 2005, fue todavía más baja (23,88%), con unas condiciones parecidas en un punto, con la oposición no presentándose; y diferentes en otro, y es que en 2005 estaba todavía en disputa qué iba a ser de ese país. Ahora es un país claramente autoritario. La participación acá es como un síntoma, yo creo que lo absolutamente problemático además de toda la situación económica, la hiperinflación, la elevada corrupción, etc. es que el Tribunal Supremo está cooptado, los tribunales electores están cooptados. Es una dictadura, y la salida es tremendamente difícil. Esta elección es una especie de parodia. Alguna gente habla de que recuperan así la Asamblea legislativa pero lo cierto es que, aunque la recuperen, en realidad no recuperan nada. Esta elección cambia poco, es un giro más en la misma deriva autoritaria.

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