Como suele suceder con las muertes, me resultó inevitable pensar en el papa Francisco, una persona que no me había interesado mucho mientras estaba viva. Para quienes no somos católicos pero seguimos las noticias políticas y sociales, las figuras de los papas se nos imponen de manera inevitable. No nos queda muy claro qué es lo que hacen, ni hasta qué punto su poder es simbólico o real, pero somos conscientes de su gravitación en la escena política y no pueden ser pasados por alto, sobre todo habiendo sido un papa argentino. Y para quienes seguimos la política desde hace muchos años casi obsesivamente, se nos hace muy difícil no pensarla en general bajo el magma que nos impregnó a los argentinos el peronismo, con toda su heterogeneidad y complejidad, más allá de que haya un gran parroquialismo en esa actitud.
Entre todos los textos que reflexionaron sobre el legado del papa Francisco, el que me pareció más ilustrativo fue uno titulado "Los tres rasgos que marcaron el pontificado de un Papa que no se entiende sin el peronismo", escrito por Loris Zanatta para La Nación. Allí, el historiador italiano, especialista en el vínculo entre la Iglesia católica y el peronismo en la Argentina, comenta que lo que hizo el papa Francisco no fue más que trasladar la lógica peronista de una escala local a otra global. Si bien Zanatta plantea esto como una característica peyorativa, para mí fue muy ilustrativo.
Según mi experiencia, los mejores intérpretes del peronismo son aquellos que no simpatizan ni un poco con el gran movimiento nacional: Halperin Donghi, Sebreli, Fernández Díaz, entre otros. Aunque Bergoglio nunca se proclamó públicamente como peronista una vez que fue papa —al negar la pregunta que le hizo Jorge Fontevecchia en una entrevista para Perfil a raíz de los diez años de su pontificado—, naturalmente tenía un pasado, una afinidad y una sintonía con los elementos que componen el universo peronista. Retomo entonces a Zanatta e identifico en las identidades políticas de Bergoglio y Perón estos aspectos:
- Ascenso escalonado hacia la cumbre del poder.
- Pragmatismo a la hora de aprovechar el sentido de oportunidad histórica para sumar voluntades.
- Liderazgo verticalista y carismático.
- Capacidad para estructurar un discurso político en base al antagonismo entre "pueblo" y "élites".
Así como Perón pasó de ser un vulgar militar que daba clases y ocupaba cargos menores en la administración pública a convertirse en secretario de Trabajo, ministro de Guerra, vicepresidente y Presidente, Bergoglio pasó de ser cura a obispo, cardenal y Papa. Se puede decir que, además de la rosca y la voluntad de poder, para terminar de consolidarse como presidente y como papa, ambos supieron hacer una lectura de su época y cambiaron muchas de las posturas que habían sostenido en el pasado.
En 1945 y en 2013, la búsqueda por imponer una política novedosa hizo que tanto Perón como Bergoglio esbozaran ideas más radicalizadas de las que habían tenido anteriormente. Actitudes que podrían ser consideradas de izquierda, pero sin que ello implicara romper con la estructura que los sustentaba. De hecho, los grandes enemigos de Perón y Bergoglio fueron los mismos militares y cardenales conservadores que les habían dado la posibilidad de gobernar. El argumento que utilizaron fue que ellos podían ofrecer una red de contención, al sostener que era necesario realizar algunas concesiones para que los obreros argentinos no se hicieran comunistas o para que los católicos del mundo no se volvieran evangelistas. Eso fue lo que Perón expresó ante el empresariado en su famoso discurso en la Bolsa de Comercio, realizado al poco tiempo de asumir como presidente, y lo que expuso Bergoglio ante sus compañeros cardenales en el cónclave que lo eligió como sumo pontífice.

Los liderazgos de Perón y Bergoglio se basaron en buscar conectar con las bases, las cuales se expresaban en grandes apariciones públicas y elocuentes discursos. Pero también sabían que no era conveniente que otro líder les hiciera sombra.
Por eso, Perón desactivó rápidamente a Cipriano Reyes, el líder sindical de Berisso que movilizó a los trabajadores hacia la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, y por eso Bergoglio se llevó tan mal con Néstor Kirchner, y se lo hizo saber cuando en 2006 le pidió al obispo de Misiones que usara su influencia para frenar la reelección indefinida del gobernador K Carlos Rovira (quien, en adelante, tuvo que resignarse a poner un lugarteniente y ejercer el poder en las sombras).
Aunque, como buenos políticos pragmáticos, cuando Perón quiso volver al poder buscó el abrazo de su ex adversario, el radical Ricardo Balbín, y cuando se enteró de quién había sido elegido como nuevo papa, Cristina Fernández de Kirchner dejó sus recelos de lado y viajó al Vaticano para sacarse una foto sonriente con Francisco.

En ambos casos, no importaba tanto el contenido del discurso: importaba sumar voluntades, votos, feligreses y acumular poder. Por eso Perón primero fomentó los golpes de Estado y luego las elecciones limpias; primero ayudó a derrocar a Yrigoyen y después lo reivindicó; primero se enfrentó a los Estados Unidos y luego recompuso relaciones; primero instauró la educación religiosa en las escuelas y luego fomentó la quema de iglesias cuando lo derrocaron; primero incentivó la lucha armada y luego la mandó a perseguir.
Lo que valía era la idea de poder formar un "pueblo" que se definiera a través del antagonismo con un "otro", más allá de que la idea de "pueblo" pudiera cambiar con el tiempo. Así fue como Perón ganó las elecciones y pudo volver al poder luego del exilio y la proscripción.
En el extraordinario documental Amén: Francisco responde, dirigido por el periodista español Jordi Évole, el papa Francisco habla con jóvenes sobre aborto, pederastia, género, feminismo, migraciones, evangelismo, pornografía, masturbación, prostitución, teléfonos celulares, internet y redes sociales. Una serie de temas que serían aparentemente urticantes para la Iglesia, pero que se vuelven muy atractivos para que el líder contenga a los oprimidos de distintas periferias del mundo y los defienda ante el conservador, el insensible, el egoísta, el avaro. Porque, como decía Perón, "peronistas somos todos" y, como decía Bergoglio, "toda persona es hijo de Dios".