Panorama

Caso Adorni: cuando se rompe una narrativa política

Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, cualquier señal que parezca contradictoria con el discurso principal adquiere una potencia enorme.

La cascada de Adorni
La cascada de Adorni EE

Muchos análisis sobre la caída en la imagen del Gobierno durante los últimos meses parten de una premisa que probablemente sea cierta, pero insuficiente por sí sola: que el principal problema es la economía. 

La economía manda, es cierto. 

Pero la política rara vez es solamente economía. También es confianza, expectativas y sentido. Todo se relaciona. Y por eso creo que el caso Adorni no es un tema menor, independientemente de cuál sea la valoración que cada uno haga sobre los hechos concretos.



Un ejemplo de esto fue el escándalo de Olivos durante el gobierno de Alberto Fernández. Aquello fue infinitamente más grave en términos objetivos, ya que ocurrió mientras millones de argentinos atravesaban la tragedia y las consecuencias del Covid, tanto en términos sanitarios como económicos. Familias enteras habían resignado funerales, sufrido pérdidas y resignado encuentros con sus afectos. El sacrificio era enorme. Y entonces apareció una imagen que sugería que quienes le pedían ese esfuerzo a la sociedad no estaban viviendo bajo las mismas reglas.

El impacto político no provino únicamente del hecho en sí mismo. Provino de algo más profundo: la ruptura de una confianza. El gobierno había construido buena parte de su legitimidad alrededor de conceptos como “quedate en casa”, “el Estado te cuida” y “nadie se salva solo”. 

Cuando apareció el escándalo, una parte relevante de la sociedad sintió que existía una distancia entre lo que se decía y lo que se hacía. La consecuencia no fue solamente enojo. Fue algo más complejo: decepción. Y la decepción es uno de los sentimientos políticos más difíciles de revertir. Muchos votantes pueden tolerar errores e incluso resultados económicos negativos durante un tiempo. Lo que cuesta mucho más es reconstruir la confianza cuando se instala la sensación de haber sido engañado. Por eso el escándalo de Olivos tuvo consecuencias políticas y electorales que fueron mucho más allá de la noticia puntual.



Algo de esa lógica (salvando las enormes distancias) aparece hoy en el debate alrededor de Manuel Adorni. No porque ambos casos tengan la misma gravedad. No la tienen. Pero sí porque existe un elemento común: el impacto que ciertos episodios pueden tener sobre las palabras y las ideas que sostienen un proyecto político.

Javier Milei no llegó al poder solamente por una propuesta económica. Llegó al poder porque construyó una explicación moral de la realidad que millones de personas hicieron propia. Había una casta que vivía de privilegios mientras la gente común hacía el esfuerzo. El cuento era simple: en Argentina no hay plata por culpa de la política y había que terminar con eso. Esa fue la promesa. Y desde ahí muchos interpretaron el ajuste, los sacrificios y las dificultades del presente. 

Por eso creo que el problema no está tanto en los detalles del episodio como en lo que simboliza. 



Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, cualquier señal que parezca contradictoria con el discurso principal adquiere una potencia enorme. Y en todo este episodio fueron apareciendo frases, imágenes y anécdotas que probablemente sobrevivan mucho más que la discusión original: “deslomarse en Nueva York”, “apenas periodista”, Aruba, la cascada o el pendrive. 

La política funciona muchas veces de manera simbólica. No porque los hechos no importen, sino porque las personas suelen recordar aquello que resume una historia de manera simple y contundente.

Hay un caso bastante interesante de la política británica que ayuda a entender este fenómeno. En 2009 estalló en Reino Unido el escándalo de los gastos de los parlamentarios. No se trataba de una gran trama de corrupción multimillonaria. Lo que apareció fue una larga lista de gastos que los legisladores cargaban al Estado, en un contexto de esfuerzo de la sociedad: arreglos de viviendas, mantenimiento de propiedades y distintos beneficios que, en muchos casos, incluso podían estar formalmente permitidos. Sin embargo, hubo un detalle que terminó llevándose toda la atención. Se descubrió que un parlamentario había presentado gastos para que el Estado financiara una pequeña casita para patos en el estanque de su propiedad. La famosa duck house.



Lo interesante es que casi nadie recuerda hoy los detalles completos de aquel escándalo. Pocos recuerdan los expedientes o los montos. Lo que quedó fue la duck house. Porque resumía perfectamente algo que una parte importante de la sociedad ya sentía: que había dirigentes que vivían bajo reglas distintas a las del resto. En plena crisis económica, mientras la gente hacía esfuerzos, aparecía una imagen que representaba privilegio, desconexión y abuso. La casita para patos terminó siendo mucho más poderosa que miles de páginas de investigación.

Y ahí es donde creo que aparece una enseñanza interesante para entender el caso Adorni. Probablemente dentro de unos años muy poca gente recuerde exactamente cuál fue la discusión original. Lo que puede quedar son los símbolos. Porque los ciudadanos rara vez recuerdan expedientes o aclaraciones técnicas. Recuerdan historias, imágenes y frases. Y cuando esas frases empiezan a representar una contradicción entre lo que un gobierno dice y lo que una parte de la sociedad percibe, adquieren una fuerza enorme. Del mismo modo que la duck house terminó representando los privilegios de una parte de la política británica, algunas de las imágenes asociadas a este episodio pueden terminar funcionando como atajos mentales para una discusión mucho más grande: la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

La política argentina está llena de ejemplos similares. La foto de Olivos durante la pandemia fue poderosa. Las “14 toneladas de piedras” durante la reforma previsional de 2017 terminaron condensando el clima de conflicto político de aquella etapa. Los hechos importan, por supuesto. Pero muchas veces son las imágenes y los símbolos los que quedan grabados en la memoria colectiva. Y cuando una palabra o una idea central comienza a ser asociada con contradicciones, el daño suele ser mucho más profundo de lo que muestran las encuestas en el corto plazo.



Por eso también me resulta interesante pensar en otra palabra que atravesó la política argentina reciente: cambio. 

Durante años fue una narrativa extraordinariamente potente porque representaba algo concreto para millones de personas. Pero con el tiempo empezó a perder sentido. Desde 2021 en adelante pareció transformarse en una etiqueta donde entraba cualquiera, independientemente de lo que representara. Y cuando una palabra empieza a significar todo, termina significando nada. Eso fue erosionando parte de la identidad de Juntos por el Cambio. Lo menciono porque creo que tiene una enseñanza útil para el presente. Hoy la palabra “cambio” es una palabra gelatinosa y sin sabor. Incluso, probablemente le represente más a quienes quieren un cambio rotundo con respecto a Milei, que a quienes quieran un cambio administrado. Después de todo, la palabra cambio habla de disrupción, de transformación profunda. Una palabra no se puede manosear tanto. 

Esa enseñanza tiene que ver con la palabra casta. Las palabras son activos políticos extraordinariamente valiosos, pero también extremadamente frágiles. Hay que cuidarlas. Porque representan mucho más que una consigna de campaña. Representan una construcción colectiva de sentido. 



Y cuando las acciones empiezan a entrar en tensión con aquello que las palabras prometían representar, el significado comienza a erosionarse. Hasta que llega un momento en que dejan de ordenar la realidad y pierden capacidad de movilización. Ahí la discusión deja de ser sobre un episodio puntual y pasa a ser sobre credibilidad.

Ese es uno de los puntos más delicados para cualquier gobierno. La percepción sobre los problemas económicos puede mejorar. Las variables pueden corregirse. Pero cuando se rompe la confianza sobre la cual descansa una palabra, una idea o una promesa política, esa reconstrucción suele ser mucho más difícil. 

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