Ambiente

La retirada verde

La degradación de la política ambiental nacional abre una discusión más profunda sobre federalismo, capacidades estatales y desarrollo en la Argentina.

La Argentina no necesita una agenda ambiental decorativa.
La Argentina no necesita una agenda ambiental decorativa. IA

El pasado 5 de junio fue el Día Mundial del Ambiente, una fecha que siempre es buena excusa para volver a discutir sobre las políticas públicas ambientales, que suelen quedar atrapadas entre consignas generales, buenas intenciones y diagnósticos fragmentados. En la Argentina actual, esa conversación exige mayor precisión política. La cuestión ambiental ya no puede ser tratada como una causa ornamental, reservada para efemérides, campañas de concientización o discursos institucionales. Es una dimensión central del desarrollo, de la organización federal y de la capacidad estatal.

Los datos que se desprenden de un informe del Instituto Moisés Lebensohn, permiten observar con claridad el problema. Desde diciembre de 2023, la política ambiental nacional atravesó una pérdida significativa de jerarquía institucional. El área dejó de tener rango ministerial y quedó reducida a una subsecretaría, compartiendo estructura con Deportes y Turismo bajo la tutela de Daniel Scioli. Ese cambio administrativo expresa una decisión política. En el Estado, los organigramas distribuyen poder, definen prioridades y condicionan la capacidad de incidir sobre otras áreas de gobierno.

La desjerarquización institucional vino acompañada por un proceso de ajuste fiscal, prórroga presupuestaria y retracción de capacidades nacionales. Según el análisis presupuestario elaborado por la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), durante 2024 la prórroga del Presupuesto 2023, en un contexto de alta inflación, implicó una caída real del presupuesto nacional y recortes severos en partidas ambientales. De acuerdo con esa misma organización, en 2025 la tendencia se profundizó. Algunas políticas centrales, como el Fondo Nacional para la Conservación y Enriquecimiento de los Bosques Nativos, registraron reducciones reales especialmente graves. Para 2026, FARN proyecta la continuidad del deterioro.



El resultado es una política ambiental nacional con menor rango, menor presupuesto y menor capacidad de intervención. Esto afecta programas vinculados al manejo del fuego, la protección de bosques, la administración de parques nacionales, el control ambiental, las energías renovables, las áreas marinas protegidas y la adaptación frente a la crisis climática. En términos políticos, el mensaje es evidente. El Gobierno nacional reduce su papel en una agenda que exige mayor coordinación, mayor profesionalización y mayor previsibilidad.

Ese retiro genera un problema federal de primer orden. Las provincias tienen un rol central en la gestión de los recursos naturales. La Constitución reconoce el dominio originario provincial sobre esos recursos. La Nación conserva responsabilidades decisivas en materia de presupuestos mínimos, financiamiento, regulación, planificación estratégica, información, control y coordinación interjurisdiccional. Ahora, cuando el nivel nacional se repliega sin acuerdos, sin fondos y sin criterios comunes, la carga se desplaza hacia provincias con capacidades muy desiguales.

La reforma de la Ley de Glaciares funciona como un caso testigo de este cambio de enfoque. La norma original había establecido presupuestos mínimos nacionales para proteger glaciares y ambiente periglacial como reservas estratégicas de agua. La modificación impulsada por el gobierno de Javier Milei otorgó un rol más amplio a las provincias en la definición y evaluación de las áreas alcanzadas por la protección específica de la ley.



La objeción de organizaciones como la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas, Greenpeace y FARN apuntó precisamente a ese punto. El riesgo señalado fue que una política ambiental de alcance federal termine convertida en un mosaico de decisiones provinciales, con criterios desiguales y mayor margen para presiones productivas o fiscales. En bienes estratégicos vinculados al agua, debilitar el piso común de protección nacional implica aumentar la discrecionalidad y reducir previsibilidad institucional.

El federalismo ambiental argentino queda entonces sometido a una tensión estructural. Por un lado, las provincias deben asumir más responsabilidades de hecho. Por otro lado, esas nuevas cargas llegan sin recursos equivalentes. Esa combinación no fortalece la autonomía provincial. La deja expuesta. Cada jurisdicción responde con su propio presupuesto, su propia arquitectura institucional, sus propios equipos técnicos y su propia prioridad política. En un país tan desigual, ese esquema profundiza brechas.

Sin embargo, la retracción nacional que comenta el informe del Lebensohn no produjo una degradación masiva de las estructuras ambientales provinciales. De las 24 jurisdicciones analizadas, solo cuatro registraron retrocesos formales en el rango del área ambiental. Chaco, Tucumán, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Chubut. Tres avanzaron en jerarquización. Mendoza, La Pampa y Neuquén. Las diecisiete restantes conservaron el rango preexistente.



Ese dato permite evitar una lectura lineal. La señal nacional de desjerarquización no fue replicada automáticamente por las provincias. El mapa subnacional muestra una resistencia institucional relativa. Varias jurisdicciones conservaron sus estructuras y otras incluso las fortalecieron. En parte, esto puede explicarse por una razón práctica. Frente al retiro nacional, las provincias tienen incentivos para sostener el andamiaje que gestiona responsabilidades crecientes, aun cuando esas responsabilidades lleguen sin el financiamiento necesario.

Esa resistencia tiene límites. Mantener una estructura formal no garantiza capacidad estatal efectiva. Un ministerio, una secretaría o una subsecretaría pueden tener relevancia política muy distinta según su presupuesto, sus competencias, su inserción en el gabinete, la trayectoria de sus autoridades y su capacidad para coordinar con otras áreas. El rango institucional importa, aunque por sí solo no alcanza para medir la fortaleza real de una política pública.

También importa dónde está ubicada la agenda ambiental. En algunas provincias, el área conserva una identidad institucional específica. En otras, queda subordinada a carteras productivas, económicas, energéticas o de recursos naturales. Esa ubicación puede facilitar la articulación con sectores estratégicos, pero también puede reducir la autonomía técnica y política de la agenda ambiental cuando predominan prioridades de corto plazo.



Es por ello también que la discusión ambiental argentina necesita salir de dos trampas. La primera es el ambientalismo meramente declarativo, que acumula consignas y evita discutir capacidades concretas. La segunda es la mirada que presenta la protección ambiental como un obstáculo para el desarrollo. Ninguna de las dos sirve para gobernar. La Argentina necesita una política ambiental compatible con la producción, el empleo, la infraestructura y la innovación, con reglas, controles, planificación territorial y protección de bienes comunes.

El desarrollo exige Estado. También exige mercado, inversión privada, conocimiento técnico, federalismo inteligente y acuerdos de largo plazo. Cuando el Estado nacional se retira de funciones estratégicas, el resultado suele ser mayor desorden, mayor desigualdad territorial y menor capacidad de anticipación. En materia ambiental, esa renuncia puede salir muy cara.

Los incendios no esperan organigramas. La deforestación no se resuelve con discursos. La crisis climática no se administra con subejecución presupuestaria. La política ambiental requiere instituciones capaces de prevenir, regular, fiscalizar y coordinar. También requiere autoridades con respaldo político suficiente para intervenir cuando los costos de corto plazo chocan con decisiones de largo plazo.



La pregunta de fondo es qué lugar ocupa esta agenda en la arquitectura real del poder público. La Argentina puede discutir modelos productivos, estrategias energéticas, infraestructura, minería, agroindustria, ciudades y transporte. Esas discusiones necesitan una institucionalidad ambiental seria. Sin esa base, el debate queda reducido a consignas enfrentadas y decisiones fragmentadas.

La política ambiental argentina necesita recuperar jerarquía, presupuesto y coordinación federal. Lo necesita porque el ambiente es una condición material del desarrollo. Sin bosques protegidos, ciudades sostenibles, áreas naturales cuidadas, prevención de incendios, glaciares resguardados y planificación territorial, el desarrollo se vuelve más frágil, más desigual y más costoso.

La Argentina no necesita una agenda ambiental decorativa. Necesita una política pública robusta, con instituciones, recursos, información y conducción. Cuando se degrada la capacidad ambiental del Estado, se degrada también la capacidad del país para planificar su futuro.