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El cambio es la Unidad Nacional: el desafío de una nueva generación política
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El cambio es la Unidad Nacional: el desafío de una nueva generación política

Es evidente que una nueva generación política tiene que asumir la tarea de construir una agenda de desarrollo para el Siglo XXI.

Manuel Socias 12 noviembre de 2023

"El 10 de diciembre se termina la grieta". Así, con claridad y contundencia, Sergio Massa aprovechó la campaña electoral para proponer cerrar un ciclo histórico y abrir una nueva etapa política a partir del cambio de gobierno. 

Enfrente, Milei propone exactamente lo contrario: profundizar el camino del antagonismo, identificando a los adversarios políticos como enemigos y sugiriendo lisa y llanamente su eliminación. Toda una novedad trágica a 40 años de recuperada la democracia en nuestro país. De ese calibre es la encrucijada que se nos presenta el próximo 19 de noviembre: unidad y democracia o más grieta y autoritarismo.  

En la convocatoria a la unidad nacional sobre la que insiste Massa, hay varias novedades. 

Porque además de la muy necesaria reivindicación de la institucionalidad democrática, ese planteo deja entrever también una profunda autocritica y el reconocimiento de que una sola fuerza política es incapaz de resolver en soledad la dimensión de los problemas que tenemos en nuestro país. La unidad es, en este sentido, una convocatoria a incorporar diversas miradas, identidades  y procedencias en la definición de una nueva agenda que de una vez por todas aproveche las oportunidades que nuestro país tiene en el actual contexto global. 

Argentina tiene todo lo que el mundo va a demandar en las próximas décadas: energía, minerales, alimentos, turismo de naturaleza y conocimiento, entre otros activos. Pero hace falta destrabar la política para que esas potencialidades se conviertan en realidad y en mejor calidad de vida para nuestra sociedad.  

De hecho, hace más de 10 años Argentina está atrapada en una dinámica política y social de antagonismos y bloqueos cruzados que impiden resolver los desafíos pendientes y encarar las enormes oportunidades que tenemos por delante. 

Sólo una profunda renovación en la dirigencia política y en sus prácticas, que desarmen la lógica en la que nos metió la grieta, van a permitir que caminemos hacia un sendero que haga convivir el pluralismo político y el desarrollo. 

Es evidente que una nueva generación política tiene que asumir la tarea de construir una agenda de desarrollo para el Siglo XXI que identifique y libere los cuellos de botella y promueva las reformas necesarias para poner a funcionar una nueva matriz de acumulación y generación de riqueza. Ninguno de nuestros problemas se puede solucionar si no garantizamos que la economía crezca de forma sostenida por varias décadas.  Y en esa materia, el fracaso argentino es imposible de negar y ocultar. 

A ese modelo de expansión continua de nuestras fronteras productivas se le debe acoplar una discusión igualmente crítica: cómo avanzamos hacia un nuevo tipo de Estado de Bienestar que asegure la dignidad y la igualdad de oportunidades, y que a su vez sea compatible y consistente con los profundos cambios estructurales del mundo contemporáneo. 

Contra la pretensión nostálgica de reeditar la época de oro del capitalismo de posguerra, una nueva generación política tiene que asumir el desafío pedagógico de explicar que no se pueden reproducir aquellas condiciones materiales y, por tanto, tampoco aquel Estado del Siglo XX.

La velocidad y la escala del cambio tecnológico y productivo presentan desafíos políticos de primer orden: cuál es y cómo organizamos una nueva sinergia entre Estado y mercado; cómo aseguramos la des-mercantilización de aquellas esferas de la vida social que hacen a la dignidad humana; cómo hacemos para financiar el acceso a la vivienda, a la educación y salud públicas, el derecho a la protección social, al cuidado, al ocio, a un ambiente sano, a la seguridad, etc. 

Es evidente que este tiempo requiere una enorme dosis de creatividad para imaginar una nueva institucionalidad pública. El Estado que tenemos hay que reformarlo. A la defensa del Estado presente, se lo debe sustanciar con el compromiso de un Estado eficiente, moderno, dinámico, inteligente y austero. 

Nuevas burocracias y nuevas capacidades estatales para generar y potenciar mercados, y una nueva fiscalidad que nos permitan la apropiación pública de los nuevos excedentes, condición indispensable para luego asegurar una redistribución equitativa de ese salto fenomenal de la productividad que se avecina con el desarrollo  vertiginoso de la innovación aplicado a los diversos sectores productivos. 

La definición de ese horizonte y la construcción de ese programa de desarrollo y bienestar son las tareas de una nueva generación política. Una camada de dirigentes que deberá asumir la necesidad de construir una épica del pragmatismo para anteponerla al confort inocuo de las peleas simbólicas. 

El desafío es tan mayúsculo como decisiva es la decisión que tomemos el próximo 19 de noviembre. 

Si elegimos el camino del antagonismo y el autoritarismo que propone Milei, además de violencia, más estancamiento y decadencia, habremos perdido la oportunidad de honrar el aniversario de nuestra democracia. Si, en cambio, en la encrucijada tomamos la opción de construir en unidad, convocando y celebrando la diversidad, se nos abre la posibilidad de garantizarle a nuestro pueblo el futuro que se merece. 

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