Panorama

Eventos, querido, eventos

Los tropiezos autoinfligidos amenazan con erosionar su base de apoyo, mientras la historia argentina recuerda que los ciclos políticos se acortan y la paciencia social no es infinita.

Javier Milei.
Javier Milei. EE
Juan Negri 1 abril de 2025

A Harold Macmillan, primer ministro británico de los años 60, le preguntaron alguna vez cuál era el principal desafío de cualquier gobierno. Su respuesta, seca e inglesa, fue tan certera como inolvidable: "Eventos, querido, eventos". La frase, convertida ya en un clásico de la política británica, sobrevuela con fuerza la coyuntura argentina. Porque si algo viene complicando al gobierno de Javier Milei no es (todavía) la oposición, ni tampoco una caída abrupta en su popularidad, sino una serie de eventos —autoinfligidos— que amenazan con erosionar la base de apoyo que lo sostiene.

El llamado "criptogate", con su mezcla de opacidad, dinero volátil y conexiones políticas, tal vez no tenga peso electoral directo —demasiado técnico, demasiado lejos de la experiencia cotidiana del votante promedio— pero ya produjo efectos visibles. No cayó bien ni siquiera entre los simpatizantes más leales del presidente, aunque aún lo respalden con la esperanza de que "esto salga bien". Peor aún fue la represión de la marcha de jubilados, que dejó imágenes difíciles de digerir para un gobierno que presume de estar enfrentando a la "casta", no a los más vulnerables.

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Milei, sin embargo, se muestra confiado. Tal vez demasiado. Gobierna como si tuviera años por delante, pero la política argentina no suele dar treguas tan largas. Los ciclos se acortan, y la historia reciente está plagada de mandatos que comenzaron con bríos transformadores y terminaron con urgencias defensivas. El riesgo es conocido: el desgaste no llega por un hecho aislado, sino por la acumulación de episodios que terminan cambiando la percepción social. Y las derrotas que hoy parecen menores terminan dando forma a la narrativa de un fracaso.

Por ahora, el gobierno logra sostener la agenda. Su táctica es clara: usar las victorias legislativas y la polarización con Axel Kicillof como distracción frente a los tropiezos. Pero sus batallas culturales —el negacionismo de derechos humanos, las críticas a la OMS, la lucha contra la "agenda woke"— tienen poco impacto en la mayoría social, y podrían ahuyentar a votantes moderados que, más que un gurú libertario, quieren ver resultados concretos.

En el plano económico, la situación es igualmente volátil. El mercado observa con expectativa —y algo de inquietud— el inminente acuerdo con el FMI, que podría modificar algunas de las variables que hoy sostienen la calma financiera, especialmente el tipo de cambio. La apreciación del tipo de cambio real, combinada con la apertura comercial y la desregulación de importaciones, empieza a tensionar la demanda de dólares. Y si la Argentina había logrado cierta credibilidad en los mercados, ahora enfrenta la amenaza de una volatilidad global que podría complicar el arribo de capitales y la consolidación del programa económico.



Además, los errores no solo desgastan al gobierno, sino que mantienen unida a la oposición. El peronismo, que parecía desorientado, ahora encuentra un punto de convergencia en la crítica al ajuste. Sin embargo, una de las fortalezas políticas de Milei es precisamente la debilidad de sus rivales: el peronismo no tiene hoy una figura convocante. En un momento de debilidad, aparece Sergio Massa, uno de los peores ministros de Economía de la democracia. Difícil dar vuelta el partido así. Y Axel Kicillof enfrenta un dilema existencial: si quiere ser presidente, debe confrontar con Cristina Fernández de Kirchner, porque la sociedad no está dispuesta a votar a otro Alberto. Esa tensión atraviesa su destino político.

Mientras tanto, dentro del propio oficialismo, hay quienes parecen jugar a que el gobierno tropiece. Victoria Villarruel, la vicepresidenta, se mueve con cálculo: se presenta como moderada, contenida, una reserva institucional para cuando la confianza en Milei se desgaste. Y el amateurismo que fue una bandera "anticasta" ya no entusiasma: las peleas internas del oficialismo (incluidos gritos en el recinto) no solo son malas para gobernar, sino que exponen la improvisación del espacio.

En este contexto, apostar a que al gobierno le vaya mal solo es racional si uno vive afuera. En la Argentina, el fracaso no se cobra en dólares, sino en estabilidad y bienestar. Sin embargo, hay quienes —desde la oposición más dura, que busca disputar la calle, hasta sectores del propio oficialismo— parecen más enfocados en posicionarse para un eventual colapso que en evitarlo.



En definitiva, Milei es su propio peor enemigo. Los pasos en falso lo dejan expuesto a un riesgo evidente: que los desafíos no resueltos —la gobernabilidad, el conflicto social, la inestabilidad legal— terminen poniendo en jaque la sostenibilidad de su proyecto. Por ahora, la sociedad lo acompaña con una mezcla de fe y paciencia. Pero los "eventos, querido, eventos" no avisan.