Hace poco más de 200 años, el entonces estanciero Juan Manuel de Rosas escribía un texto cuya intención era poner orden dentro de la institución social sobre la que podía tener control en un contexto de caos que estaba fuera de su alcance.
Las Instrucciones no eran solo un manual. En tiempos de divisiones y caos, Rosas comprendió que la autoridad se construye allí donde se puede ejercer. Siglos después, la escena se invierte pero conserva un aspecto esencial.
Aunque ya no se trata de ordenar las estancias, el objetivo de la instrucción libertaria es el desorden del entorno inmediato, de la política en términos de Jacques Rancière, para acomodarlo al hábitat natural del orador. Atrás quedó esa etapa de octubre-noviembre del año pasado en la que se acabarían los insultos y se ensayaría el camino de la moderación.
Lo que sucedió en el Congreso la noche del domingo, ignorando preliminarmente el neuroticismo y los insultos, tuvo a un mandatario destacando por sus agravios a la oposición frente a la ovación y los gritos desenfrenados de una política que es más símbolo de época que el discurso del presidente.
La escena de la tercera apertura de sesiones ordinarias del presidente Javier Milei dejó un eco de repercusiones que muestran cómo la polarización ideológica e identitaria está pasando por uno de sus momentos más extremos de las últimas décadas.
Pero esto no es nuevo, el estilo confrontativo de Milei es parte de su marca personal. Lo nuevo es la sorpresa de parte del arco político y de la sociedad frente a una persona que, a su pesar, no se ha adaptado en lo más mínimo a los modales institucionales.
Es verdad que el kirchnerismo no se ha privado de insultar genéricamente a sus opositores desde el estrado del Congreso, pero la novedad es el diálogo constante, el tono de la discusión y lo vulgar de las palabras.
En un contexto de buenas noticias para el Gobierno, llamaría la atención que el principal mandatario se someta a mostrarse enervado y visiblemente afectado por cada comentario de la oposición y los medios. Es que la reacción presidencial no habla de la situación, sino de la estirpe y del ambiente en el que Milei se siente cómodo, y adonde satisfactoriamente logra llevar a la gran mayoría del arco político.
En el último informe de Management & Fit se ve un fenómeno que se viene consolidando. Aún con imagen negativa superior a la positiva, con una agenda de reformas impopular, mantiene una distancia considerable en cuanto al saldo de imagen con los referentes de la oposición. Este factor alienta al presidente y a su entorno a continuar con la estrategia del caos en la política, silenciando a los moderados, únicos que podrían representar un peligro para su reelección.
Rosas entendía que el poder requiere un medio ambiente adecuado para desplegarse. Si el exterior era caótico, él producía orden hacia adentro. Dos siglos después, Milei invierte la lógica. Su liderazgo no busca domesticar el desorden sino expandirlo, porque es ahí donde se siente cómodo.