Los ex que no se van
Los primeros amores son intensos, pasionales e incluso fogosos. Quizás por eso resulta muy difícil olvidarlos y pueden incluso consolidar ex parejas muy difíciles de superar. O peor aún, pueden generar fantasmas en relaciones futuras. De ese modo se tornan en cosas incómodas como los jarrones chinos que son imposibles de ubicar en nuestras casas. Irónicamente, algo similar sucede con nuestros ex presidentes: Cristina Kirchner y Mauricio Macri, que siguen siendo figuras cruciales, aunque incómodas, para sus respectivos espacios políticos.
Cristina, apuntando a la presidencia del Partido Justicialista, y Macri, al frente de Propuesta Republicana, encarnan esa figura del ex que nunca se va del todo. Se mantienen en la escena política como aquellos recuerdos de relaciones pasadas que no logramos dejar atrás, influyendo, condicionando y marcando el ritmo de sus espacios. Estos ex mandatarios, como jarrones chinos, son demasiado valiosos para retirarlos, pero también ocupan un espacio que impide la renovación de sus espacios. Mientras que ella opaca a cualquier dirigente del peronismo -hoy absolutamente horizontalizado y sin rumbo más que con el reflejo de solo oponerse a Milei- él logra que su partido sea cada vez más marca personal obturando las autonomías de figuras como Rodríguez Larreta, Bullrich, Vidal e incluso gobernadores.
Ella, por un lado, no sólo sigue siendo la accionista mayoritaria del peronismo, ha sido la presidenta más votada de la historia. Logró atraer una generación a su espacio y a los desencantados progresistas de los ´90. Su postulación a la presidencia del PJ es el recordatorio de su capital político imprescindible. Tan es así que cuando intenta retirarse es llamada a gritos para que vuelva. El desastre del gobierno de Alberto es tan rotundo que los intentos de renovación dentro del Frente de Todos son minúsculos frente al innegable peso de su figura. Su retorno a un rol más activo en el partido continuará limitando la capacidad de otras figuras peronistas de consolidarse como líderes naturales. Aun cuando su fuerte no sea elegir pareja (Cobos, Boudou, Massa, Scioli, Aníbal, Fernández).
Macri, por su parte, porta un mérito indiscutible en el panorama político argentino. Ha sido el único dirigente capaz de fundar un partido político fuera del bipartidismo histórico del peronismo y radicalismo que logró superar el fenómeno del nuevo partido urbano de cuatro elecciones, al que sucumbieron experiencias como el Frepaso, la Coalición Cívica o Proyecto Sur. Lo que empezó como un movimiento vecinal en la Ciudad de Buenos Aires, se nacionalizó, gobernó el país, sobrevivió la derrota electoral y finalmente se institucionalizó. Chapó. Pudo articular de manera competitiva y nacional al por entonces polo republicano para hacer de una alternativa al peronismo realizable. Esa capacidad de trascender lo coyuntural y posicionar al PRO como un actor político relevante en el largo plazo es un logro más que notable.
A la luz de sus papiros, resulta evidente por qué siguen siendo emblemas tan trascendentes en sus tribus. No obstante, el dilema argentino parece no ser sólo político, sino generacional. Mientras otros países institucionalizan el retiro de los ex presidentes —sea a través de bancas vitalicias en el Senado, roles simbólicos, o fundaciones—, en Argentina no logramos superar los mandatos. La figura de los ex presidentes aquí no se apaga; al contrario, se fortalece, bloqueando la aparición de nuevos liderazgos. Este fenómeno impide que nuevas generaciones de dirigentes emerjan y establezcan una agenda renovada.
El historiador Ignacio A. López siempre destaca un fenómeno de la década de los años ´30 hasta particularmente los años 42 y 43. Durante aquel periodo fallecen los grandes dirigentes que habían dictado el ritmo de las décadas anteriores; como Alvear, Ortiz, Justo, de la Torre e Yrigoyen, produciéndose así un severo vacío de poder. Cristina y Macri, que son quienes condujeron las últimas décadas, encuentras dificultades, sino reticencias, de retirarse del epicentro de la escena política. Siendo estos contemporáneos ¿será posible que suceda algo similar en un futuro? La naturaleza política, por supuesto, nunca es retirarse. Vale solo ver las pretensiones de Trump (2024) y Sarkozy (2016) de retornar o Lula efectivamente haciéndolo. ¿Pero qué efectos tendrá esto sobre el paso siguiente?
Así como el politólogo Juan Rodil utilizó la analogía del Guasón de Heath Ledger diciéndole a Batman: "Creo que tú y yo estamos destinados a hacer esto por siempre" para describir la casi necesidad mutua entre los dos mandatarios, pareciera que el auge de nuevos líderes nacionales de sus espacios de uno está intrínsecamente ligado al ocaso del otro. Rodil, sin embargo, destaca la abrupta irrupción de Milei como el hijo no deseado de Cristina y el deseado de Macri. Los reta a ambos por igual. Se nutre de sus electorados y los desafía de la misma manera. A uno con convertirlo en la UCéDé de su menemismo y al otro con socavar su base de representatividad.
Vemos que en Argentina se aferran a la centralidad política, impidiendo que los nuevos líderes asuman roles de verdadera relevancia. No es solo una cuestión de jarrones chinos en departamentos pequeños; es un desafío generacional. La política argentina parece incapaz de abrir el espacio necesario para que emerjan nuevos liderazgos sin el constante tutelaje de sus antecesores.
Nuestra cultura de pareja (¿política?) no logra identificar a sus mandatarios como historias transitorias o inquilinos en la Casa Rosada sino que anhela convertirse en amores perpetuos. De no modificar el ámbito político seguiremos condicionados a esos primeros amores que no logramos olvidar, difíciles de superar pero siempre presentes, que condicionan nuestro futuro hasta un nuevo 1942.