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Panorama

Una Argentina en mil pedazos

Verdugos y víctimas cambian de signo. En ese camino se augura volver al péndulo entre minorías intensas.

El presidente Javier Milei.
El presidente Javier Milei.
Lourdes Puente 29 marzo de 2024

Una de las notas características de este tiempo, es la diversidad. La globalización diversificó las sociedades generando una ola inmensa de cuestionamientos a todo lo establecido. Interpela el discurso homogéneo, los límites para definirnos socialmente, y nuestra forma de verlo todo desde una única manera. El impacto es brutal en la política, como actividad de quienes conducen comunidades. Es una de las causas de la caída y fragmentación de los partidos políticos, que intentan representar lo que se está dividiendo cada vez más. Y también de la crisis del Estado, como ordenador de sociedades tan diversas, a veces tan multiculturales, que hacen muy difícil la convivencia. 

En ese marco, la Argentina y su dificultad por encontrarle la vuelta al desarrollo: que la mayoría de sus habitantes se sientan no solo parte, sino comprometidos: paguen sus impuestos, crean en su moneda, vivan dignamente y sientan posibilidades futuras de desarrollar sus sueños. 

En este escenario, el tsunami Milei para el sistema político argentino, abrió un nuevo surco en la crisis e impotencia nacional: una dirigencia perpleja y descolocada que no termina de saber como reaccionar, y donde pararse, ante una sociedad que todavía la mira con sospecha. A pesar de que se agudiza el creciente deterioro en las condiciones de vida. Solo hay buenas noticias para el "mercado" o aquellos que viven y hacen dinero mirando la baja en calificación de riesgo país, o la caída lenta de la inflación, o el equilibrio fiscal. 

La mala noticia es que Argentina eso lo necesita (si la conduce a la estabilidad, lo que aún no se sabe), pero no solo eso. No nos alcanza. La sociedad mayoritariamente está sufriendo el continuo incremento en el costo de vida, la constante pérdida en el valor de sus salarios, el freno en la actividad económica, y un amenazante desempleo. Sin embargo, está tan defraudada con el sistema, siente tan pisoteada la esperanza, que todavía parece dispuesta a esperar. La necesidad de que "alguien" le encuentre la vuelta es más poderosa que una realidad que ya era mala. 

El Gobierno mantiene esa esperanza de dos maneras no tradicionales. Una narrativa extrema para evidenciar que está dispuesto de verdad a hacer lo que dijo que iba a hacer, y la exposición periódica de negociados que la "casta política" hacía. 

Pero casi no gestiona. Tiene solo en foco en el Ministerio que comando Caputo. No cree en el estado y no ve necesario ni siquiera llenar casilleros de la estructura. Corta sin miramientos recursos, descree en el efecto de lo que se gestionaba. La "motosierra" Milei se lleva puesto en muchos casos a los mejores profesionales del Estado. Algo que viene pasando en la alternancia. La excelente gestión de un funcionario en un organismo no alcanza, porque cuando viene el otro gobierno, puede echarse todo al río. Los buenos y los malos no tienen color político. En este oficialismo, se agudiza la no discriminación entre lo que estaba bien y/o mal gestionado.

Mientras tanto, hace tiempo volvimos al provincialismo extremo. Porque en medio del descalabro nacional, cada provincia fue intentando vivir con su propia realidad. Y aunque muy dependientes de los recursos nacionales, fueron distinguiéndose por sus propias gestiones. Y en cada provincia uno encuentra, sobre todo las de mayores recursos, "la república de....", más cercanas a la camiseta provincial que la camiseta nacional. 

Carlos Fara señala en su columna de Perfil: se están configurando dos países; el AMBA y el resto. Porque donde se siente más la motosierra y el discurso extremo es en lo nacional. Lo provincial se mediatiza, ya hace mucho tiempo. Y entonces sostener este cambio por ahora se hace un poco más fácil. 

La oposición está paralizada. Todavía no se ven dirigentes construyendo una alternativa que recoja la necesidad del cambio. Se distingue la resistencia (lo mejor era lo anterior) o los sectores dialoguistas. No se ve quien recoge el guante de que hay que construir algo distinto. Prima todavía la vieja política de la especulación. Escasea la autocrítica de la dirigencia. O algún registro de que hacen faltan no solo nuevos discursos y propuestas, sino nuevos dirigentes, para que la sociedad vuelva a confiar. 

La oposición dialoguista está complicada, porque el Gobierno necesita sostener su narrativa de que está dispuesto a todo, y la mínima sospecha de contubernio los ensucia. 

La policía de pensamiento y la superioridad moral de la etapa kirchnerista que tanto daño hizo a esta diversidad en la que fuimos creciendo como sociedad, insinúa ser reemplazada por otra policía de pensamiento y superioridad moral de esta minoría de signo contrario. Verdugos y víctimas cambian de signo. Difícil que Argentina toda encuentre en ello una salida, porque no se puede sostener la imposición. En ese camino se augura volver al péndulo entre minorías intensas. 

La militancia por el acuerdo no tiene prensa, porque significa estar dispuestos a ceder en el sentido cabal de la pregunta. Y que solo se explica y tiene sentido si nos sentimos parte de un todo en el que quienes están en la mesa se reconocen como necesarios y parte. Esto implica la renuncia a creer que el discurso propio es el único legítimo. 

El dolor que están sintiendo grandes sectores de la sociedad argentina no tiene hoy contención ni engaño, sobre todo si ya no creemos que se pueda hacer de otra manera. Ese es el desafío más importante que enfrentamos quienes tenemos vocación política. Encontrar la manera auténtica de proponer salidas confiables. Este manto de realidad nos interpela como sociedad, para ver si estamos dispuestos a seguir teniendo el mismo color de camiseta. Un Estado debilitado, la política en crisis, la dirigencia sin confianza, la ciudadanía debilitada, las provincias en la suya. O "sálvese quien pueda" o nos miramos y nos animamos. Porque sino, cada uno en la suya y un país que se sigue destrozando.

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