¿Quién quiere devaluar las elecciones del 25-O?

La estrategia “Scioli al gobierno, Cristina al poder”, precisa un triunfo en primera vuelta, pero con un resultado ajustado que condicione al ganador.

Una de las pocas sorpresas de este último tramo de la campaña electoral es la inversión de roles entre el oficialismo y la oposición: a medida que el kirchnerismo saca ventaja, aumenta el tono de sus denuncias de desestabilización y la agresividad de sus referencias a la oposición; mientras la oposición, que debería descontar puntos con una estrategia más ofensiva para lograr el balotaje, busca “aquietar las aguas” y reclama “normalidad en los comicios” y “respeto por las reglas de juego”.

Desde la Presidenta para abajo, el discurso oficialista ha elegido suponer que lo que tienen enfrente es una conspiración antidemocrática que quiere minar el piso de la institucionalidad y deslegitimar la expresión de la voluntad popular en las urnas. A partir de esa premisa, se extraen las conclusiones del caso. Las denuncias de irregularidades en las PASO bonaerenses y en la elección de Tucumán, los pronunciamientos judiciales sobre la falta de transparencia electoral, las declaraciones de los candidatos, los comentarios de los analistas, los títulos de la portada de los diarios que tanto ocupan la atención presidencial, todo formaría parte de la misma operación desestabilizadora.

Parece un guión de la más pueril teoría conspirativa. Pero es real. La experimentada periodista y corresponsal internacional Stella Calloni lo resumió de este modo: “Las derechas de la región, que tienen la misión de la restauración conservadora y el retorno al neoliberalismo rampante de los ’90 como una forma de recolonización, fueron orientadas en todos nuestros países, para muevas estrategias de desestabilización. Entre ellas se prevé la creación de conflictos sociales, aprovechar dificultades de los gobiernos o protestas auténticas para agazaparse detrás y ayudar a agravar las situaciones hasta límites extremos y golpistas. Las denuncias de fraude en las elecciones de Tucumán, conforman una de las tantas variantes tácticas desestabilizadoras y están dirigidas a crear la ruptura del orden institucional, y preparar el verdadero gran fraude de una oposición que se ve perdida. Las desestabilizaciones que intentan abrir las puertas al golpismo sin máscaras se basan en la creación e instrumentación de situaciones de descontento social y en promover conflictos artificiales, con la consiguiente manipulación de los hechos que, como parte del plan, corresponde a la acción de los medios masivos que controla el poder hegemónico” (“El fraude, un argumento del golpe suave”, Tiempo Argentino, 21/9).

La Presidenta comparó el fallo de nulidad de la Justicia tucumana, luego revocado por la Corte Suprema provincial, con la impugnación de los comicios en la provincia de Buenos Aires en 1962, que antecedió al derrocamiento de Arturo Frondizi y, acompañada por otras voces del oficialismo, sugirió que se pretendía retroceder a los tiempos del “voto calificado”, el “fraude patriótico” y la “década infame”. Un analista sagaz e inteligente como Mario Wainfeld explicó que la oposición tiene dos planes para octubre; solo dos: ganar o deslegitimar los resultados, sin mediatintas ni matices (Plan B o Plan BA, Página 12, 13/9). No habría de tal modo, un escenario diáfano posible para este proceso electoral. Lo escribió así, semanas más tarde: “”Un escrutinio sereno y creíble redondearía el círculo. Todo requiere cooperación, compromiso y buena onda de autoridades y participantes. Suena difícil en el contexto”. Y remata su argumento: “La celeridad vendría bien y reforzaría la legitimidad pero no es el aspecto esencial. (…) El respeto a la voluntad ciudadana y la masividad prevalecen” (Un ataque de cordura, Página 12, 22/9).

En otras palabras, el respeto por las reglas de juego y los procedimientos vale para consagrar mayorías: es un medio antes que un fin. Competir sin abusar de la “posición dominante” por parte de quienes ostentan el poder político es un elemento importante y encomiable de la democracia, pero no sustancial. Es la misma línea de análisis que lleva a eludir la participación de Scioli en el debate presidencial, al que el oficialismo decidió bajarle el pulgar calificándolo de “show mediático” y una pérdida de tiempo, con más costos que beneficios. Que cada cual atienda su juego y nadie se dispare por encima de la media. Surge entonces la pregunta: ¿A quién favorece, al fin y al cabo, una contienda electoral devaluada en la que todos los competidores ven acotadas sus expectativas?

La respuesta está a la vista: a quienes entienden el próximo período presidencial como “una transición para la espera del regreso de Cristina” (Estela de Carlotto dixit, 22/9). Le preguntaron con guiño cómplice a Carlos Zannini, “¿quién va a tomar el lugar de Cristina?”. “Nadie puede tomar el lugar de Cristina –respondió el candidato vicepresidencial–. La interlocución que tiene Cristina con la sociedad no la puede tomar nadie, salvo que se la gane. Es evidente que ella es la centralidad en la política argentina de hoy, y ella ha comprendido que su mandato vence, pero va a seguir siendo Cristina. La gran injusticia con Daniel Scioli es compararlo con Cristina; ninguno es comparable con Cristina, comparémoslo a Daniel Scioli con Mauricio Macri y con Sergio Massa y con Margarita Stolbizer y con el chico este Del Caño, y entonces le vamos a dar a Scioli la posibilidad de que demuestre que es mejor que ellos; esa es la carrera que tiene él por delante, no es ganarle a Cristina” (Tiempo Argentino, 13/9). En síntesis: la estrategia “Scioli al gobierno, Cristina en el poder” apuesta a un triunfo en primera vuelta, pero con un resultado ajustado, que deje lo más amarrado posible al futuro presidente. Por lo que muestran las encuestas, no están lejos de lograrlo.

 

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