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El último peronista

11-03-2015
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(Columna de Ernesto Calvo)

Todos los caminos a la Presidencia están asfaltados de peronismo.

Primero fue un movimiento, después un partido y hoy es el universo. Luego de casi setenta años, el Peronismo ha llegado a su madurez filosófica y a su ocaso como organización. Sus principios fundadores son ahora un botín político, con variantes de izquierda, centro y derecha que son aceptables para la gran mayoría de los actores políticos. Variantes siempre las hubo, por supuesto, pero nunca fueron comulgadas por tantas y por tantos. Sus socios fundadores pueden criticar a los nuevos inmigrantes, a los conversos, a los advenedizos, a los oportunistas. Pero estos socios fundadores son tan sólo una constelación en el vasto universo peronista. El peronismo de sangre azul sigue siendo un grupo con derecho de piso pagado y certificado, pero sin beneficios adicionales ni reconocimiento público. Hay otras constelaciones en el horizonte, nuevos signos del zodíaco peronista, al que muy probablemente el futuro del partido les pertenezca.

Con la irrupción de Mauricio Macri, el último peronista, la palabra gorila ha quedado relegada a una fracción del electorado, a los nocandidatos y a Lilita. Quienes hemos circulado por la cocina de la política Argentina el tiempo suficiente, sabemos que son pocos los que no estuvieron noviando con el peronismo en un momento u otro de su historia. Mauricio Macri, con Carlos Reutemann como vice, es simplemente el último en una larga lista de pretendientes interesados en una noche de intimidad nacional y popular. No estuvo en el avión con el Pocho, pero es como si hubiera estado.

En realidad, para no ser descortés con las palabras de Mauricio Macri, el reconocimiento de las banderas sociales del peronismo fue prefaciado con un claro “yo no soy peronista”. El objetivo no era sumarse a este universo como miembro permanente sino quedar en la zona que los astrofísicos definen como Ricitos de Oro: ni demasiado caliente, ni demasiado frío; ni demasiado duro, ni demasiado blando; suficiente peronista para sumar votos del partido, suficientemente distante para no perder los votos propios.

Con sus declaraciones, Mauricio Macri se suma a un distinguido pero poco selecto grupo de políticos que reconoció los beneficios electorales del turismo peronista. Hace diez años, en la ciudad de Rosario, entreviste al ex intendente, entonces diputado nacional y presto a ser gobernador, Hermes Binner. Sentados en la antesala de su oficina, Binner me mostro la foto de su nieto, quien era sostenido en brazos por el entonces presidente Néstor Kirchner. Foto en mano, Binner me habló de los planes para la provincia, me habló de llevar a Santa Fe los éxitos de Rosario, de la importancia estratégica de la relación del socialismo con el FpV. Como Macri, Binner coqueteaba con el Peronismo para acceder a un crítico número de votos en el norte de la provincia y asegurarse la gobernación. Como Macri, Binner resaltaba los principios que lo unían a los votantes peronistas, un discurso necesario si quería arrancarle la gobernación al peronismo provincial liderado por el renegado Jorge Obeid.

Hasta hace unos pocos días, Macri y Binner representaban los dos únicos candidatos presidenciales, con una intención de voto no trivial, que a su vez no eran de extracción peronista o ex funcionarios del actual gobierno. A ellos se suma el ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner, Sergio Massa; el ex vicepresidente de Nestor Kirchner y actual gobernador, Daniel Scioli; el ex vicepresidente de Cristina Kirchner, Julio Cleto Cobos, y tres o cuatro funcionarios del Gobierno Nacional. En tan sólo una semana, la carrera presidencial vio el banderín de largada cuando se peronizo el primero, Macri, y desistió de la carrera presidencial el segundo, Binner.

En un universo peronista no se puede ser presidente sin capturar algunos votos peronistas. Lo supieron Frondizi y Lavagna, pasado y presente, la UCR y el Frepaso. Para un candidato con aspiraciones presidenciales, la falta de votos y militancia en la provincia de Buenos Aires y en el interior del país no deja muchas opciones. Luego del fracaso de la negociación con el massismo, Binner abandonó la carrera, con un guiño gentil a Margarita. Todos los caminos a la Presidencia están asfaltados de peronismo y, para Macri, nada mejor que tener a Carlos Reutemann de copiloto.