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09-11-2015
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(Columna de Carlos Freytes)

El mapa por departamentos muestra a un país predominantemente amarillo en las provincias metropolitanas y azul en las restantes.

Si algo confirman las elecciones del domingo es que lo propio de la democracia consiste en la institucionalización de la incertidumbre respecto a los resultados del proceso político. Mientras las especulaciones previas con base en las encuestas estaban centradas en si habría o no balotaje, la muy buena elección de Mauricio Macri desarticuló esas ideas y planteó un nuevo escenario de cara a las elecciones de noviembre. Algunas de las consecuencias del resultado electoral son todavía inciertas y, otras, son realidades que configuran un nuevo escenario político. Veamos unas y otras.

El primer dato que surge de las elecciones del domingo es la distribución territorial del voto de las dos fuerzas más votadas. El mapa por departamentos muestra un país predominantemente amarillo en las provincias metropolitanas y azul en las restantes. Además de la ciudad que gobierna, Cambiemos se impuso en el interior de la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y sur de Entre Ríos. En el resto de las provincias, excepto Mendoza y San Luis, triunfó el FpV. Como decíamos en una columna anterior, ese resultado refleja donde se ubica cada región en la puja distributiva por la apropiación de la renta agropecuaria que caracterizó la estrategiade Gobierno del kirchnerismo. El resultado del domingo implica también un principio de desarticulación de la coalición electoral kirchnerista, basada en el predominio en las provincias periféricas y la provincia de Buenos Aires. En su momento más exitoso, el FpV mantuvo esa coalición en base a políticas de redistribución directa hacia las provincias y una política macroeconómica expansiva que sirvió para lograr una adhesión suficiente de los sectores medios de las provincias metropolitanas. Frente al agotamiento creciente de las políticas expansivas por la restricción externa, el FpV terminó recostado en lo que constituye el core de su base electoral, esto es, en las provincias periféricas y los sectores populares urbanos. La pérdida de votos en las provincias agropecuarias, que son a la vez las más pobladas, así consecuencias importantes en una elección de distrito único como es la presidencial.

Sobre estos factores estructurales se sobreimprimió la dinámica estrictamente política de la elección. Junto a la ruptura de Sergio Massa y la conformación de una coalición competitiva entre la UCR y el PRO detrás de la candidatura de Macri, las chances de Daniel Scioli se vieron afectadas por el clásico problema de sucesión cuando el PJ gobierna. De la misma manera que Carlos Menem debilitó la candidatura de Eduardo Duhalde, las decisiones de Cristina de Kirchner debilitaron la candidatura de Scioli. Es posible que un antecedente importante de la performance deslucida del gobernador en su provincia sea el torniquete fiscal que la Presidenta aplicó desde 2012 sobre quien era percibido entonces como un competidor interno. Cristina se allanó finalmente a la candidatura de Scioli, pero no sin antes imponerle un candidato a vicepresidente que, en un contexto de cansancio social con el Gobierno y expectativas mayoritarias de cambio, limitó su margen de maniobra. A lo cual se sumó la decisión de habilitar a Aníbal Fernández para competir por la gobernación. Basta hacer el ejercicio contrafáctico de preguntarse qué hubiera ocurrido en la elección del domingo si Julián Domínguez o Florencio Randazzo hubieran sido el candidato del FpV. Con la ventaja del juicio retrospectivo, es posible que el corte de boleta masivo en favor de María Eugenia Vidal no hubiera ocurrido.

El dato más saliente de la elección del domingo es la pérdida de la gobernación de la provincia de Buenos Aires por parte del FpV. El triunfo de Vidal cambia no sólo los cálculos previos sino también las realidades políticas, en un sentido que es desfavorable para Daniel Scioli. El triunfo de Cambiemos a nivel provincial y municipal desorganiza las estructuras territoriales existentes y, por lo tanto, su capacidad de contribuir en la segunda vuelta, y reordena las expectativas de los actores locales respecto a quién ejercerá el poder a partir de diciembre. También le otorga a Cambiemos una moneda de cambio con la cual negociar con el massismo de cara a la segunda vuelta. Tiene, por último, consecuencias para la consolidación del PRO como partido y para la gobernabilidad en una posible administración de Macri. Como ha argumentado Gerardo Scherlis, en un contexto de debilitamiento de las identidades políticas, la supervivencia y reproducción de los partidos depende decisivamente del control de recursos estatales. El PRO, que se proyectó a la política nacional en base a hacer pie en la administración de la ciudad de Buenos Aires, pasará a partir de diciembre a gobernar la provincia donde vive el 37% del electorado nacional y, en alianza con la UCR, alrededor de 70 de las 135 intendencias. El triunfo en la provincia de Buenos Aires le da así al PRO la posibilidad de quebrar el destino efímero de los terceros partidos y avanzar hacia la consolidación de la fuerza partidaria de centroderecha que Torcuato Di Tella y Néstor Kirchner anticipaban.

Las dos preguntas que se abren hacia delante se refieren a los resultados del balotaje y las condiciones de gobernabilidad después de diciembre. Una de las claves para responder a la primera es qué pasará con los votantes de Massa, más allá de los gestos del candidato de mayor afinidad con Macri. Como ha sido dicho, todo depende de si el clivaje que finalmente se impone es continuidad versus cambio o peronismo versus no peronismo. Si en los votantes de Massa predomina la identidad peronista o son sociológicamente más afines a los votantes del FpV, Scioli podría todavía obtener los votos que necesita para ganar. Si en esos votantes predomina, en cambio, el rechazo al kircherismo, y son sociológicamente más afines a los votantes de Cambiemos, entonces Macri podría convertir el impacto del domingo en un triunfo en segunda vuelta. Más allá del impulso que el resultado general dio al candidato de Cambiemos, hay que resistir la tentación de adjudicar automáticamente una u otra preferencia a estos votantes. Como señaló Marcelo Leiras, los incentivos para hacer un voto útil por Macri eran muy altos el domingo y, sin embargo, este segmento del electorado optó por una tercera opción. No obstante, es indudable que Scioli enfrenta mayores desafíos para captar votantes más allá del core kirchnerista y las provincias periféricas.

La segunda pregunta hacia delante se refiere a la gobernabilidad. Una de las paradojas del sistema de doble vuelta es que la elección de noviembre se hará con la integración del Congreso definida. El dato es que el FPV-PJ conserva la mayoría en el Senado y una pluralidad de bancas en Diputados (117 de 257). Esto es así porque mientras en las elecciones presidenciales se impone el peso de las provincias metropolitanas, en las elecciones legislativas la sobrerrepresentación de las provincias chicas favorece la coalición periférica del FPV-PJ. Por razones obvias, esta conformación no plantea mayores incógnitas en el caso de Scioli. Un eventual triunfo de Macri supondrá, en cambio, una situación de Gobierno dividido y mayores costos de coordinación. La conformación actual del Congreso en el caso de un eventual gobierno de Cambiemos implicará así la institucionalización del clivaje entre provincias metropolitanas y periféricas como organizador de las relaciones entre Gobierno y oposición.

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