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La profundidad del balotaje en Colombia

Las elecciones colombianas nos presentan un fenómeno profundo: el pedido de cambio no es ideológico, sino actitudinal

Petro buscó votos en los que no fueron a votar en la primera vuelta, y en aquellos temerosos del “giro antisistema”.
Petro buscó votos en los que no fueron a votar en la primera vuelta, y en aquellos temerosos del “giro antisistema”.
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Colombia eligió presidente en una histórica segunda vuelta que, independientemente de su resultado, marcaba el fin de dos agendas bien arraigadas en su política. 

Por un lado, sepultaba la participación de los partidos tradicionales en la competencia presidencial; por otro, ponía fin al período del “uribismo”, es decir, los últimos veinte años, en los que el expresidente Alvaro Uribe Vélez fue la figura predominante de la política colombiana. 

Estos cambios suelen ser leídos de una forma bastante superficial, pero implican algo bastante más profundo que el carácter distintivo de los actores que participaron en la segunda vuelta.

En primer lugar, el dato que muchos colegas tomaron como base para el análisis es cierto. Ni Rodolfo Hernández ni Gustavo Petro, quienes fueron los dos contendientes en la segunda vuelta, representaban a la política tradicional, sino que encarnaban lo opuesto. 

El ingeniero Hernández, desde la antipolítica, tildando al sistema entero de corrupto, sin una base legislativa que lo acompañara, y sin trayectoria más que haber ejercido durante un breve período como alcalde de Bucaramanga (y varios años antes, como concejal en otro municipio colombiano), no logró presentar una agenda nítida, aunque sí fuertemente simbólica. 

Petro, exguerrillero y sempiterno candidato presidencial de la izquierda colombiana, representó una agenda vinculada a movimientos sociales y clases bajas marginadas. Estos dos perfiles, combinados con una profunda crítica a la democracia en el seno de la opinión pública, nos muestran que la demanda de cambios se cristalizó por medio de las urnas.

  • Ahora bien, ¿qué impulsó el triunfo de Petro y no el de Rodolfo Hernández? En primer lugar, la similitud de discurso -sacando de lado el componente “anticorrupción”- entre Hernández y la política tradicional. 
    El ingeniero salió a buscar votos en quienes votaron a “Fico” Gutiérrez, candidato de los partidos tradicionales, en la primera vuelta. 

Petro, en cambio, buscó -exitosamente- votos en aquellos que no fueron a votar en la primera vuelta, y en aquellos temerosos del “giro antisistema” de Hernández. Adicionalmente, también moderó su discurso, de forma tal de ser más “aceptable” para el votante centrista. Asimismo, también el importante vínculo con organizaciones sociales (cortesía, principalmente, de la hoy electa vicepresidenta Francia Márquez) le permitió no solo brindar coherencia al discurso antes mencionado, sino también aportar anclaje territorial a la campaña. Todo ello, sin perder el carácter crítico a la dirigencia política tradicional, a la que se culpa de todos los males.

  • Curiosamente, la agenda de campaña ya no gira en torno a la paz con la guerrilla -eje durante los veinte años de uribismo en la discusión política-, sino a cuestiones más cercanas a una discusión clásica entre izquierdas y derechas. Y es aquí donde Petro tendrá la agenda más difícil. 

La falta de mayorías en el Congreso, y bloques amplios y sólidos en manos de los partidos tradicionales, serán un obstáculo que el nuevo gobierno tendrá que resolver. Sin embargo, no dependerá solo de ellos. La agenda conservadora costó cara a las principales fuerzas políticas colombianas, y considerando el rechazo sistemático a la misma, la crítica a la política en su conjunto solo puede profundizarse. Petro tendrá al alcance de su mano el ejercicio de una presidencia delegativa, a menos que el Congreso tienda su mano también en un proceso negociador.

De forma similar a lo ocurrido en Francia también este fin de semana, las elecciones colombianas nos dejan una lección. Los oficialismos están en declive, y son responsabilizados por las ciudadanías ante la insatisfacción con los niveles de vida. Los discursos antipolítica sin propuestas concretas no parecieran estar teniendo respaldo popular suficiente como para ganar, pero sí lo suficientemente fuerte como para que su agenda siga activa. 

Las fuerzas de izquierda (más moderadas que antaño, pero más a la izquierda que la socialdemocracia) están en pleno auge, forzando a discutir la agenda social. Solamente mediante equilibrios entre todas estas posturas la gobernabilidad se mantendrá. 

Este equilibrio es, en realidad, un pedido a la dirigencia política. Las agendas de gobierno ya no pueden ser de partidos, sino que tienen que ser basadas en el consenso de las diferentes posturas, ya que nadie por si solo obtiene mayorías. Las elecciones colombianas nos presentan, así, un fenómeno más profundo: el pedido de cambio no es ideológico, sino actitudinal.

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