"Hoy estoy acá para decirles que Occidente está en peligro, está en peligro porque aquellos, que supuestamente deben defender los valores de Occidente, se encuentran cooptados por una visión del mundo que -inexorablemente- conduce al socialismo, en consecuencia, a la pobreza", dijo Javier Milei en Davos en febrero de 2024.
A pocos días de haber asumido la presidencia, en un ámbito que reúne a los principales decisores económicos y políticos a nivel mundial, el presidente libertario sorprendió con un mensaje en clave decadentista y de tono profético.

Es que, en la mirada de Milei, la política exterior es una empresa que trasciende en mucho la gestión ordinaria de los intereses internacionales de un país. Forma parte de una cruzada nacional y global por la causa de la libertad; una cruzada que responde a la antigua tesis de la decadencia de Occidente.
Occidente está en decadencia porque ha abandonado los valores que cimentaron su grandeza, que no son otros que los del liberalismo clásico: la protección de la vida, la libertad individual y la propiedad privada. El lugar cedido por los valores liberales ha sido ocupado por el socialismo: "[Occidente] está en peligro porque sus líderes hace tiempo se alejaron de las ideas de la libertad, ideas que hicieron de Occidente la hazaña civilizatoria más importante de la historia humana. Y en vez de defender las ideas que generaron la prosperidad de la que todos aquí gozan, escuchan cantos de sirena que conducen inexorablemente al socialismo y en consecuencia a la pobreza", afirmó Milei en mayo pasado, en un encuentro organizado por Vox.
Definido de una manera difusa, el socialismo al que alude Milei abarca una gama variada de males: el dirigismo económico, la redistribución de la riqueza (la justicia social es "una idea intrínsecamente injusta"), el aborto, el feminismo radical y la tesis del cambio climático de origen antrópico ("todas esas políticas que culpan al ser humano del cambio climático son falsas y lo único que buscan es recaudar fondos para financiar vagos socialistas que escriben papers de cuarta").
Se trata de la agenda del progresismo, que ha logrado imponerse en la batalla cultural: "Los neo-marxistas", dijo Milei en Davos, "han sabido cooptar el sentido común de Occidente. Lograron esto gracias a la apropiación de los medios de comunicación, de la cultura, de las universidades, y sí, también de los organismos internacionales". El resultado está a la vista: una sociedad en la cual el poder del Estado para dirigir la vida del individuo es cada vez mayor, y más opresivo.
La visión de Milei no es una expresión aislada, sino que forma parte de un movimiento de alcance global, la (no tan) nueva derecha populista internacional: un conjunto heterogéneo -especialmente en su posicionamiento respecto a los aspectos económicos de la globalización, con posturas tanto librecambistas como proteccionistas- de movimientos políticos, que sin embargo posee una coincidencia bastante sólida en torno al rechazo de los valores progresistas o "woke".
Dichos valores son promovidos por una elite globalista, que abarca representantes del poder político, económico y cultural, que utiliza instrumentos como los grandes medios de comunicación, las universidades y los organismos internacionales para imponer su agenda: Hillary Clinton, George Soros, el New York Times y la ONU, son algunas de las "bestias negras" del movimiento anti-progresista.
Si Occidente está en decadencia, contiene sin embargo las semillas de su propio renacimiento. Como si fuera un espejo de la elite globalista, un sector de la dirigencia política, económica y cultural, que se percibe como custodio de los valores fundamentales de la civilización occidental, se ha volcado a la acción política y al debate público para defenderlos: líderes políticos como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Santiago Abascal, Giorgia Meloni y Viktor Orban, empresarios provenientes de los sectores más dinámicos e innovadores del capitalismo global, como Elon Musk; comunicadores contraculturales como Tucker Carlson.
La política exterior como batalla cultural
Milei es parte de esa elite. El presidente se divisa a sí mismo como un profeta cuya misión es contribuir a la redención de una civilización que ha perdido el rumbo. Un líder que convoca a aquellos que quieren "dar la batalla cultural, frente a quienes quieren imponernos una visión del mundo que no solo es inmoral, sino que es contraria a los valores que hicieron grande Occidente" (Discurso en el encuentro "Europa Viva 24", 19/05/2024).
Esta misión no está desligada de su tarea como presidente, sino que es una parte principal de la misma. Argentina forma parte de ese Occidente en declive, aunque su descenso al socialismo comenzó antes, en la primera mitad del siglo XX: "Nuestra historia entera es un testimonio de lo que puede ocurrir cuando se abandona el modelo de la libertad y se lo reemplaza por experimentos colectivistas" (Conferencia en el Milken Institute, 06/05/2024).
Para reconquistar su pasado glorioso, el país necesita recuperar el modelo cultural expresado en la constitución liberal de 1853/1860. Esa tarea ya ha comenzado y constituye un ejemplo para otros países occidentales: "Mientras Occidente gira hacia el chamanismo económico, y hacia formatos insostenibles de heterodoxia que ponen en peligro el futuro de todos, la Argentina vuelve al sendero de la razón" (Conferencia en el Milken Institute, 06/05/2024).
La política exterior constituye uno de los campos privilegiados en la batalla por los valores de libertad. Ese combate se desenvuelve en diversos escenarios: foros globalistas como Davos y la Conferencia de Sun Valley; otros propios de la nueva derecha global, como la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) y el encuentro "Europa Viva 24" organizado por Vox.
Y por supuesto en los organismos multilaterales, como la OEA y la ONU, a los que el gobierno considera portavoces de posiciones progresistas, especialmente en materia de género y ambiente. El rechazo se concentra en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y en el Pacto para el Futuro, aprobado en septiembre de 2024: Argentina resistió toda alusión a la Agenda 2030 en la declaración final de la Asamblea General de la OEA, reunida en Paraguay en junio pasado; también se negó a firmar el Pacto para el Futuro, negociado en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas.
En esa ocasión Nahuel Sotelo, joven espada de la LLA, dejó en claro los fundamentos de la posición argentina en su cuenta de la red social X: "Argentina anuncia la disociación del Pacto del Futuro. En la nueva Argentina no hay lugar para agendas internacionales totalitarias".
Luego de la asunción del nuevo Canciller Gerardo Werthein, se sumaron a esos rechazos los solitarios votos en la Asamblea General contra resoluciones sobre derechos de los pueblos indígenas y eliminación de la violencia contra la mujer.

El discurso de Milei ante la Asamblea General de la ONU (24/09/2024) es la expresión más cabal de su comprensión de la política exterior como batalla cultural: "Quiero ser claro en la posición de la agenda argentina: la Agenda 2030, aunque bien intencionada en sus metas, no es otra cosa que un programa de gobierno supranacional, de corte socialista, que pretende resolver los problemas de la modernidad con soluciones que atentan contra la soberanía de los Estados Nación y violentan el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas.
Es una agenda, que pretende solucionar la pobreza, la desigualdad y la discriminación con legislación que lo único que hace es profundizarla". La ONU ha perdido el rumbo, pasando de pilar del mundo libre a promotora del socialismo.
A estos posicionamientos en los foros multilaterales se suma una serie de decisiones referidas a la designación y despido de funcionarios y a la organización interna de la Cancillería, que intentan alinear a la diplomacia profesional, a la que se percibe como portavoz de posturas progresistas y globalistas, con las posiciones del Ejecutivo.
Entre los funcionarios designados se cuentan Úrsula Basset, encargada de supervisar el contenido de las posiciones de la Cancillería en los foros multilaterales sobre género, ambiente y derechos humanos; y el mencionado Nahuel Sotelo, un dirigente del ala más conservadora de la LLA, convocado a liderar la nueva Secretaría de Culto y Civilización, cuya creación busca destacar el compromiso del gobierno con la defensa de los valores occidentales amenazados. Entre los desplazados por no adaptarse a línea del Ejecutivo se cuentan el embajador ante Naciones Unidas, Ricardo Lagorio y la ex Canciller Diana Mondino, acusada de respaldar al comunismo cubano.
En un gesto inusual, el 18 de octubre el propio presidente envió una nota al conjunto del cuerpo diplomático, instando a sus miembros a sumarse a la agenda del gobierno o renunciar: "quienes no se encuentren en condiciones de asumir los desafíos que depara el rumbo adoptado en defensa de las ideas de la libertad deberán dar un paso al costado". Días más tarde se anunció el inicio de "una auditoría del personal de carrera de la Cancillería, con el objetivo de identificar impulsores de agendas enemigas de la libertad".
Finalmente, la política exterior qua batalla cultural supone imitar a y aliarse con, las sociedades libres, tal como señaló Milei ante la Jefa del Comando Sur, Laura Richardson (05/04/2024): "Desde que asumimos con nosotros se inaugura una nueva época de las relaciones de Argentina con el mundo, una época asignada por alianzas estratégicas con aquellos países del mundo que defienden la causa de la Libertad".

La principal referencia, en ese sentido, es Estados Unidos: Argentina y Estados Unidos comparten "un ADN cultural común que fue plasmado por los padres fundadores de ambas naciones en nuestras primeras constituciones, una tradición que tiene en su base las ideas de la libertad, la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada." Seguir a Estados Unidos implica por tanto mucho más que responder a una lógica de intereses puntuales; forma parte de la reconstrucción de la sociedad argentina sobre bases liberales. Un alineamiento civilizacional.
Hasta aquí algunas notas sobre una manera de ver el mundo que resulta disruptiva de los lineamientos conocidos de la política exterior argentina en la era democrática.
Hay concesiones a la realidad, por supuesto, originadas en la necesidad económica, tal como denotan los gestos de Milei en la Cumbre del G-20 en Brasil: la reunión con el comunista Xi Jinping; el acuerdo con el gobierno de otro socialista, Lula Da Silva, para proveer de gas a Brasil; la firma (con reservas) del comunicado final contaminado de elementos progresistas. Pero, al menos por ahora, se trata de eso, concesiones en un marco de política exterior que privilegia un conjunto de convicciones ideológicas rígidas y tiende a desdeñar el peso de la geografía, la historia y la economía.
El riesgo, propio de toda política exterior sobreideologizada, es perjudicar el bienestar de las mayorías con el solo objeto de satisfacer la vanidad de un líder.