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Las encuestas dicen que hay poca confianza en los partidos políticos, pero a la hora de votar se observa una fuerte lealtad hacia una de las dos familias principales.

No hay Corea del Centro, hay Norte de Corea del Sur, y Sur de Corea del Norte.
No hay Corea del Centro, hay Norte de Corea del Sur, y Sur de Corea del Norte.
Luis Tonelli 17 marzo de 2023

Suceden cosas fantásticas en este bendito país. Por ejemplo, desde hace décadas las encuestas registran la caída vertical de la confianza en los partidos políticos. 

Sin embargo, cuando uno revisa los registros históricos de voto, como era entonces y siempre fue así, los votantes profesan una lealtad inconmovible,  que si no es hacia una de las dos familias genéricas tradicionales de la política argentina,  (llamemos peronismo y no peronismo) por lo menos es lealtad a su odio contra la otra familia genérica. 

Está de moda decir que uno es independiente, autónomo, que no cree en nada ni en nadie. Pero cuando uno analiza la serie histórica de voto, una pared que pocos saltan se erige entre los que, en general, no votarían nunca a un gorila, y los que, en general, nunca votarían a un peroncho.

O sea, son independientes para elegir, dentro del rebaño de su preferencia general, a quien que le puede ganar al candidato del otro rebaño.  

Algunos, cuando se enfrentan con la evidencia empírica, aceptan a regañadientes la cuestión, pero todos ahora sacan un as de la manga: Dragón Ball Z Milei. O sea, que si hubo continuidad hasta ahora, ha llegado a su fin. 

El surgimiento de un tercer candidato que amenaza con competir de igual a igual con los candidatos de los dos modos tradicionales es, según se escucha, inédito. Y un peligro real e inminente para la política tal cual como se venía dando en la Argentina. 

Solo soy politólogo y no adivino (y mi CBU da cuenta de ello, porque sino me hubiera dedicado a la game theory, pero en el Casino). El crecimiento de alguien como Milei es algo sorprendente. Pero no tanto por las cifras que alcanza, sino que Milei parece ese menú para chicos de los fast foods. Solo se lo pueden tragar gente infantil. O los que profesan la ideología del siglo XXI; la indignación. En ese sentido, Milei se parece más a la Cicciolina que a lo venerables von Hayek y von Mises: los buenos guarismos del "libertario" en Villa Soladati difícilmente se explique por la popularidad del teorema de Arrow en las barriadas.

Digamos que siempre hubo un porcentaje de ciudadanos que oscila entre un 15% y un 25 % que aborreciendo a los candidatos de fuerzas tradicionales, prefieren a un candidato que, al menos, no parezca que pertenece a ellos. O bien, aunque lo sea,  se ha convertido en un crítico de ellos. Aunque lo fundamental aquí es que parezca.

Sin ir más lejos, el actual ministro de Economía, Sergio Massa, construyó una propuesta tercerista, el Frente Renovador (la ancha avenida del medio), que tuvo su cuarto de hora en las elecciones presidenciales del 2015 ante la polarización digamos ideológica por llamarla de alguna manera,  entre el Frente para la Victoria liderado por Cristina Fernández, con la fórmula Scioli - Zaninni y Cambiemos, con la fórmula Macri - Michetti. 

Massa realizó una proeza que fue sacar más porcentaje de votos en la primera vuelta que en las PASO, haciendo que las teorías del voto estratégico o útil no funcionaran. Se supone que con la información perfecta que dan las PASO, en la primera vuelta perdería caudal electoral las terceras fuerzas. Máxime, con un diseño de balotaje a la criolla, casi diseñado para que no haya balotaje. Pero esto nos pasó, pero nos sirve de indicios para explicaciones alternativas.

Aquí permítanme ser el maestro ciruela que vocacionalmente tengo adentro, apelando a alguien que sabía mucho sobre cómo funcionan los sistemas de partidos: Giovanni Sartori. El politólogo italiano decía que dado que en los sistemas contemporáneos, la distribución de votos se encuentra en la zona moderada, la polarización ideológica no generaba polarización electoral. 

En la República de Weimar, la polarización entre los comunistas y los nazis, generó un centro partidario, impotente, que finalmente abdicó a favor de Hitler. Ese es el caso de manual, extremo, casi caricaturesco, sino fuera por el desastre humanitario que causó. Aquí, el enfrentamiento entre kirchneristas y antikirchneristas produjo un centro, que de todas maneras no conformaba un tercer grupo autónomo de la división peronismo / no peronismo. 

Massa habilitó el balotaje, pero sus votantes ante el blanco y negro, votaron como la explicación canónica de Manuel Mora y Araujo lo predecía: los votantes situados en el segmento inferior de la escala de ingresos lo hicieron por Scioli. 

Los votantes mejor ubicados en dicha escala lo hicieron por Macri. Más aún, María Eugenia Vidal ganó las elecciones bonaerenses gracias a la presencia del Morsa Aníbal Fernández. En 2019, Vidal sacó más votos que en el 2015 pero había una pequeña diferencia: en el 2015 el peronismo se dividió entre el candidato del FPV, el mencionado ut supra Fernández, Aníbal y ese talentoso, entre otras cosas, para la ubicuidad conocido como Felipe Solá. En el 2019 todos los que votaron por Solá para gobernador, lo hicieron por Kicillof. 

Sartori nos dice que, cuando los partidos convergen hacia el centro, el centro partidario se esfuma, porque lo reemplaza una "tendencia de centro": o sea, los partidos tratan de capturar a mi Tía Nacha, llamado pomposamente, The Medium Voter. Pero en la Argentina tenemos dos Medium Voter: uno, mi Tia Nacha, moderada, pero que nunca votaría peronista (su ahijado predilecto salió a ella, o sea yo). Y el Medium Voter peronista: en mi barrio de La Bernalesa, Quilmes Oeste, representado por Doña Joaquina, que nunca le interesó la política pero que nunca votó a un candidato gorila. O sea, y esto lo repito, no hay Corea del Centro, hay Norte de Corea del Sur, y Sur de Corea del Norte. Cuando uno analiza el comportamiento de los votantes de Sergio Massa, el único ambiguo fue Sergio Massa: a la hora de decidirse por uno o por otro, los "independientes ma non troppo" votaron comme il faut.

Que haya disonancias entre comportamiento y autocomprensión no es algo extraño entre los homo sapiens. Lo que hay que tener en cuenta es la serie de problemas que genera esta divergencia cognitiva. Por ejemplo, repetimos pavlovianamente que las elecciones hoy la ganan los candidatos. ¿Perdón? Tenemos un Presidente que segundos antes de ser nominado encabezando la fórmula del Frente de Todos tenía una intención de voto negativa. 

La mayoría de los que votaron a Alberto Fernández cree que si hubiera gobernado Juntos por el Cambio estarían peor. Cosa que no tiene que extrañar, ya que la mayoría de los votantes de la coalición que yo voto cree que la Argentina sería un país del primer mundo si no fuera por el peronismo (o peor aún, los peronistas, o recontra peor aún, los integrantes de las clases populares).

De allí que la evaluación por eficacia/efectividad no comanda el voto, porque como dice el cántico de hinchada "aunque ganes o pierdas no me importa una m....".

Y entonces, por qué pierden unos y ganan otros? Porque la política, dentro de los modos, se ha fragmentado, y modo que se fragmenta, pierde. Como le pasó a Macri en el 2019, carancheado por partidos flash, mientras que el peronismo presento una oferta monolítica. Como le pasó al peronismo, en las elecciones pasadas legislativas. En la provincia de Buenos Aires la oposición sacó la misma cantidad de votos. Pero los intendentes trabajaron a reglamento, asegurándose su supervivencia, pero no dándole changüí a La Cámpora. El votó típico peronista o voto a partidos sello de goma, de los intendentes o los movimientos sociales, o no fue a votar.

Concluyamos. Que los votantes son más leales que los propios políticos, que producen algo más nocivo que la Grieta todavía: las fisuras en el interior de los modos. Y esas fisuras se dan porque no hay conducción clara en ninguno de los dos modos. 

¿Por qué no hay conductores? Más bien el problema es que los conductores no quieren conducir y dejan que las contradicciones internas han su trabajo para ellos salir indemnes. Los conductores (por ejemplo una Cristina Fernández o un Mauricio Macri no conducen. Se hacen notar por el vacío que producen. Tienen una gran excusa para estar solapadamente activos: una imagen negativa apabullante. 

Pero, se resignan a ir a cuárteles de invierno. Se autosustentan unos con otros, y ya que no pueden ser conductores, se contentan, y se felicitan de ser meros default. Tener poder por el espanto al otro. Y no por sus propias ideas y propuestas. Que tampoco se saben muy bien cuáles son.


 

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