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El eterno retorno

América Latina se caracteriza por la perdurable influencia de los ex mandatarios en la política nacional y Argentina no es la excepción.

La candidatura presidencial de Cristina Kirchner sinceraría el escenario político.
La candidatura presidencial de Cristina Kirchner sinceraría el escenario político.
23-11-2022
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Es bien sabido que los procesos políticos en la América Latina contemporánea tienen una armonía, como en pocas regiones del mundo. Nuestro subcontinente está particularmente fragmentado territorialmente si lo relacionamos con nuestra relativa sintonía cultural. A pesar de que nos hayamos constituido en más de tres decenas de Estados Nacionales, nuestras tendencias políticas macro han avanzado casi al unísono. Si nos reducimos a nuestra América del Sur, y nos atenemos a esa docena de países, las coincidencias aumentan. Tres elementos se destacan al encontrar las semejanzas históricas en la dimensión política: las interrupciones democráticas, las tendencias ideológicas y lo que se denominó el "neo caudillismo".

Estos tres factores tienen el denominador común de la influencia extranjera, fenómeno necesario para entender los procesos regionales. No hace falta mencionar en qué medida elementos exógenos condicionaron los golpes militares de nuestro subcontinente, sin embargo, su impacto en los movimientos políticos y la construcción de los liderazgos no ha sido menor. La oleada de los populismos de izquierda en nuestra América se basó en una retórica antiimperialista, que le otorgó una épica sin la cual difícilmente podrían haber construido liderazgos tan perdurables. 

El neo caudillismo que describe el politólogo Javier Corrales para referirse a los líderes latinoamericanos que condicionan el debate público, aún fuera del poder, es un claro ejemplo de la sintonía regional. El investigador venezolano escribe sobre el retorno de los ex presidentes y el surgimiento de los neófitos en el 2008. Su trabajo, 14 años después, ha cobrado especial relevancia considerando que el fenómeno de la vuelta de los ex mandatarios se ha expandido y acrecentado. Ya no es exclusivo de esta parte de América la excesiva presencia de los ex. Estados Unidos hoy ve atascado su debate entre alguien que llegó a la presidencia por la legitimidad otorgada a un antiguo líder y el presidente reemplazado en las últimas elecciones.

Antes de hablar de nuestro caso (paradigmático como no puede ser de otra manera) en el barrio acabamos de tener otro episodio de retorno glorioso que respalda de lleno la tesis de Corrales. Esto se debe a que el politólogo hace hincapié en las causas de las vueltas de los ex y sobre todo de sus éxitos. Sobre esta incógnita resuelve que los expresidentes recobran legitimidad popular en momentos de crisis de gobernabilidad. Es allí cuando el electorado valora lo conocido (expresidente) tanto como lo absolutamente nuevo (outsider). Crisis económicas o escándalos de corrupción fueron las causas identificadas por el autor hace más de una década, pero hoy se puede decir que la polarización ahorra la necesidad de semejantes eventos. 

El caso de Brasil es ejemplo de este fenómeno. La vuelta de un expresidente se debe exclusivamente a la dinámica polarizada en la que han caído los brasileños. Hay en Argentina quienes ven la posibilidad de un escenario electoral parecido, y la esperanza de su mismo resultado. El triunfo de Lula generó ilusiones en el kirchnerismo más allá de las diferencias entre los contextos políticos de ambos países. Bolsonaro y Lula tenían un enfrentamiento explícito. La trama de la relación entre Cristina y Alberto es mucho más compleja, y sería la primera batalla que deberían ganar para competir en unas elecciones generales. 

La bibliografía que trata sobre el neo caudillismo lo califica como un proceso perjudicial para la democracia porque atenta contra la renovación interna y la alternancia en el poder. Sin embargo, esta perspectiva liberal de la forma de gobierno podría nublar una de las condiciones de éxito para las poliarquías modernas: una oferta electoral acorde a las demandas ciudadanas. 

La candidatura presidencial de Cristina Kirchner sinceraría el escenario político por ser la persona que individualmente más votos tiene. Aunque más allá de su piso electoral elevado,  tiene un techo que le hace difícil alcanzar una mayoría electoral. El kirchnerismo siempre apostó a la sorpresa (candidatura de Alberto) y a demorar sus decisiones electorales (pingüino o pingüina) por lo que no cabe esperar una definición pronto.

Cristina en 2017 perdió la elección del Senado, y esa circunstancia, más la falta de apoyo en algunos sectores del peronismo del interior, la hizo desistir de la candidatura presidencial en 2019.  Pero si se dio cuenta en 2019 de que no podría ganar ¿Qué ocurrió cómo para que ella piense que puede hacerlo en 2023? Más bien debería haber visto reducidas sus posibilidades, principalmente porque sigue siendo una figura igual de divisiva y porque es responsable de la victoria de un gobierno que ella misma cuestiona, a pesar de que muchos de sus seguidores forman parte de él.

Difícilmente se presente si no tiene la seguridad de ganar, pero trasladarle nuevamente sus votos a otro candidato es una experiencia que el electorado no volverá a acompañar. Ese esquema no funcionó y termina inexorablemente en un conflicto entre el líder social y el institucional. Para ser Presidente, primero hace falta ser líder, esa es la secuencia. Cristina tiene la oportunidad de recluirse en la provincia de Buenos Aires, competir por una banca en el Senado y apostar a que su espacio siga gobernando la mayor provincia del país. Pero, en ese caso ¿No intervendrá en las elecciones nacionales con todo el caudal electoral que tiene? 

Esta pregunta tiene un condicionante innegable que es la posibilidad de que su antítesis política, y otro buen ejemplo de neo caudillismo, busque volver a la Rosada en 2023. No hay duda de que también la decisión de Cristina influirá en la forma en que JxC resuelva su candidatura. Lo más probable es que si la expresidenta sigue plantándose en la discusión sobre la sucesión presidencial, el votante opositor vea en Mauricio Macri un buen oponente. Lo cierto es que en ninguno de los dos espacios los expresidentes lograrán formalizar su liderazgo sin batallas internas previas. La gran diferencia entre ellos es que uno puede tener suplente, pero por parte de Cristina no parece haber ningún posible reemplazo. 

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