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El final, de toda una vida de penas

Luego de cuatro décadas de democracia, el gobierno de Milei enfrentará el desafío de llevar a cabo las reformas entre lo ideológico y lo posible.

De democracia, riesgos y promesas.
De democracia, riesgos y promesas. ee
Lucía Caruncho 24 noviembre de 2023

Hace 40 años atrás, Argentina transitaba la vuelta a la democracia. Los costos sociales, económicos, políticos y culturales del "Proceso de Reorganización Nacional", sumados a la derrota y total desamparo de los jóvenes combatientes vueltos de Malvinas, contribuyeron a minar la legitimidad de la coalición cívico-militar en el gobierno y prepararon el terreno para la transición. 

Así, a diferencia de otros países de América Latina, el régimen autoritario argentino "colapsó" y la élite política logró controlar en mayor medida que las Fuerzas Armadas la democratización. En efecto, tanto la abolición de la Ley de Autoamnistía como el juicio civil a las Juntas Militares por la violación de los derechos humanos entre 1976 y 1983 constituyeron hitos históricos alrededor de los cuales se consolidó el imaginario de una sociedad libre e igualitaria tras la refundación institucional y simbólica de la nación. 

En este marco, y con la agenda de estudios politológicos enfocada en las transiciones latinoamericanas durante la década de 1980, Guillermo O'Donnell, uno de los principales referentes en la materia, analizaba los resultados de las dictaduras militares y las consecuentes oportunidades de consolidación de las nuevas democracias. Su pronóstico para Argentina -con el que muchos de nosotros coincidimos- era que, si bien durante el siglo XX había mostrado ser "al mismo tiempo relativamente igualitaria, autoritaria y violenta", la forma "increíblemente brutal" con la que los militares habían intentado consolidar las desigualdades prexistentes abría la posibilidad de que, tras la transición, fueran más aceptados que en otros países de la región "ciertos valores y prácticas más democráticas y convivenciales". 

No obstante, la adherencia que alcanzó el discurso de Javier Milei en los últimos años, un liderazgo que apuntó contra consensos sociales hasta hace poco considerados indiscutibles, como la vigencia de la educación pública y la libertad de expresión, y su reciente triunfo en las elecciones presidenciales, cuestionan la preeminencia de los valores e instituciones liberales y democráticos. Llegado a este punto, cabe preguntarnos: ¿qué (nos) pasó? 

Ensayemos algunas respuestas. 

En primer término, la influencia y extensión que alcanzó en las democracias occidentales la "nueva ola reaccionaria" -categorizada como cultural backlash por la academia norteamericana- durante el paso al siglo XXI. Una cultura emergente tanto de las dificultades de amplios sectores sociales para integrarse a las actuales sociedades de mercado y la propagación de redes políticas informales como principales vehículos de atención y contención, como de la difusión de los llamados derechos posmateriales (por ejemplo, los vinculados con cuestiones como el género, el sexo, la mujer, el cuerpo y la etnia) que fueron percibidos por una parte del electorado como una amenaza a sus antiguos privilegios de clase. Más allá de las causas de la "ola reaccionaria", los sectores que se aglutinan en esta cultura lo hacen en torno a un común sentimiento de privación y frustración que favorece el anhelo de volver "a lo que alguna vez fuimos". 

En este contexto, los liderazgos que prometen restaurar el orden perdido y logran transmitir sensación de seguridad y confianza personal se tornan una alternativa electoral seductora para electorados más bien heterogéneos. Todo ello a la par de un mundo que a medida que se acercó el nuevo siglo evidenció fuertes transformaciones. En concreto, si por un lado mostró que sus sociedades están más conectadas y cualificadas y son más exigentes y diversas, por otro lado, dio cuenta de que están mucho menos organizadas y son más individualistas y desiguales. De esta manera, con los sujetos encerrados en su propio mundo interno y aferrados a la imagen que (re)construyen de sí mismos a través de las múltiples plataformas virtuales, la empatía y el interés por la cosa pública -o, en otras palabras, por lo común- cuando no se debilitó fue enterrada. Bajo este clima de ideas, emergió una suerte de "nuevo sujeto social" al que la política tradicional parece no comprender y el Estado no logra integrar.

En segundo término, hay que considerar los avatares de la política local tras la reapertura democrática argentina. Sin pretender ser exhaustiva, en términos generales, hay dos cuestiones estructurales que saltan a la vista y que pueden ayudarnos a dilucidar el éxito electoral de Javier Milei. Por un lado, la paulatina desconfianza social en las organizaciones políticas (sindicatos, gremios, círculos, partidos) y sus limitaciones para readecuarse, agregar preferencias y representar las divergentes demandas de una sociedad en condiciones de progresiva precarización. No solo de los estratos más vulnerables sino también de los amplios sectores medios que pendulan, al calor de las crisis, entre la informalidad y el ser "empresarios de sí" frente a una educación pública y posibilidades de empleo que hace tiempo dejaron de ser suficientes para igualar oportunidades, en el seno de un Estado que no siempre ofrece amparos y garantías. 

Por otro lado, la persistencia de algunas lógicas corporativistas entre los gobiernos de turno y cierto empresariado, sindicalismo y organizaciones de la sociedad civil a los que se le sumaron, por una parte, las dificultades del no peronismo para gobernar el país y construir una alternativa política que sea a la vez competitiva y medianamente duradera. Por otra parte, los obstáculos del peronismo para generar las condiciones materiales que permitan la promoción de las condiciones de vida y la inclusión de los cada vez más numerosos grupos excluidos después de haber gobernado el país 28 de los 40 años de democracia. De este modo, debilitados los lazos colectivos y las instancias representativas, el electorado quedó atrapado en una espiral decreciente. Así percibida la coyuntura argentina, muchos estimaron que en las últimas elecciones presidenciales no había mucho que perder. 

Entonces: 

- "Dinamitemos todo"

-"¿Y después?"

- "Después vemos"

Y en eso estamos ahora, tratando de dilucidar hacia dónde vamos a partir del 10 de diciembre en un escenario cargado de incertidumbre. Incertidumbre en torno al liderazgo de Javier Milei, un recién llegado a la política que no tiene experiencia pública en cargos ejecutivos y cuya estabilidad emocional ha sido puesta en duda. Incertidumbre en el partido que lo respalda, La Libertad Avanza, que no tiene ni la estructura territorial ni las mayorías legislativas suficientes para gobernar el país. Incertidumbre en el reciente acuerdo entre Milei y parte de la hasta entonces difamada "casta política", entre ellos el ex presidente de la Nación Mauricio Macri y la candidata presidencial por la oposición al mileísmo y el peronismo, Patricia Bullrich. E incertidumbre respecto de la escala de un programa de gobierno que promete volarlo todo por los aires. Bajo estas consideraciones, las proyecciones políticas en el mediano y corto plazo se nos aparecen, a mi juicio, bastante amargas. 

Aventuremos tres alternativas antes de que se nos acabe el espacio. Uno, que una vez Milei en el gobierno decida moderar los alcances, extensión e intensidad de las reformas y construir los consensos necesarios (que incluyen a la casta, los gobernadores, los intendentes, el empresariado, el sindicalismo y los movimientos sociales) para gobernar el país y así evitar poner en duda la estabilidad política y la supervivencia de la democracia. Dos, que decida llevar adelante su proyecto político contra viento, marea y las instituciones estatales a través de la concentración del poder en el Ejecutivo y asuma -y/o logre legitimar a los ojos de una coalición sociopolítica dominante- los consecuentes "daños colaterales". Tres, que la sociedad civil, los movimientos sociales, el sindicalismo y la casta, a la primera de cambio, no le dé ni los 100 días de gracia y salga a las calles a demandar pan y trabajo. 

En cualquier caso, la extensión de las reformas dependerá, en buena medida, de cuánto el liderazgo de Milei esté dispuesto a arriesgar y cuánto la sociedad argentina esté dispuesta a tolerar. Aunque a juzgar por los niveles de confrontación y lucha del siglo XX, los escenarios dos y tres parecen ser los más recurrentes. Si así fuera, lo que está por venir no será fácil y ya cargamos "con toda una vida de penas".  

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