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La renuncia de Alberto y el espejo invertido con Néstor Kirchner

El desistimiento de una candidatura nunca anunciada es el corolario de errores de gestión, pero sobre todo de fallas de coordinación política interna.

Cuatro años sin legado.
Cuatro años sin legado.
Julián Alvez 03 mayo de 2023

El presidente Alberto Fernández comunicó en un extenso video que el próximo 10 de diciembre será el día en el que entregará la banda presidencial a quien haya sido elegido legítimamente, cualquiera menos él. Desde su círculo comunicaron que nunca se bajó de la posibilidad de reelegirse porque no se dispuso públicamente a presentarse. Lo cierto es que la principal causa de su declinación -la misma por la cual nunca explicitó su voluntad por competir en las internas oficialistas- es la performance que evidenciaba en los estudios de opinión pública, en los cuales medía menos que los expresidentes Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri.

Desde la vuelta de la reelección como instrumento electoral a partir de la Constituyente de 1994, sólo otro jefe de Estado optó el mismo camino, Néstor Kirchner. Sin embargo, sería incorrecto hacer una comparación entre ambos contextos. El ya fallecido expresidente encontraba un régimen económico de bonanza, tierra fértil sobre la cual cultivar luego de la crisis del 2001 y las posteriores medidas de reestructuración económica ejecutadas por el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov. A su vez, supo construir legitimidad política y emanciparse de Eduardo Duhalde, movimiento que consolidó la construcción de un liderazgo propio.

Ambos componentes fueron distintos en el caso de Alberto Fernández. Por un lado, heredó un complicado frente de deuda en dólares del gobierno de Cambiemos, mientras que los parámetros fiscales sufrieron fuertes caídas producto de las políticas de asistencia requeridas al comienzo de la pandemia. También pesaron fuertes shocks como el alza en los precios internacionales producto de la guerra entre Rusia y Ucrania y la histórica sequía de los últimos meses. Fueron estos los sucesos que agravaron el escenario local producto de la empobrecida dinámica para gestionar por parte de la coalición de gobierno. Y es ahí donde pesa el mayor déficit de la presidencia albertista: no haber buscado recursos para dirimir las carencias que evidenciaba la gestión y las diferencias entre espacios del Gobierno.

Las diferencias se evidenciaban en el Gabinete nacional. A pesar de que hubo diferencias previas, la materialización se produjo luego de las PASO de 2021, en las que el oficialismo sufrió un duro revés electoral y la mayoría de ministros referenciados en la vicepresidenta dejaron su renuncia a disposición de Alberto Fernández. El recambio de nombres y la aparición de Juan Manzur como supuesto garante de volumen político tampoco lograron dinamizar el Ejecutivo. El origen de los problemas estribaba en la falta de rumbo en la conducción de la coalición: ese dilema fue planteado desde el momento mismo en el que Cristina Kirchner comunicó que Alberto Fernández lo acompañaría en el binomio rumbo hacia la Casa Rosada. Ni un títere ni un matricida, Alberto Fernández se posicionó en un incómoda posición que finalizó siendo la más ineficiente para gestionar: un incómodo medio que no satisfizo a ninguna de las partes de la coalición. A diferencia de lo que era pronosticado por sectores opositores, el Presidente no hizo de su cargo un facilitador de los instrumentos institucionales del Estado para la pata kirchnerista. Incluso son pocas las banderas que la misma militancia consigue recabar de la experiencia del Frente de Todos: hacia la época pandémica, el aporte extraordinario de las grandes resultó ser una política pública de consenso. Esta fue un paliativo tras el derrotero que sufrió el intento de expropiación de Vicentin, un conflicto que nació descontextualizado, dada la centralidad de la gestión sanitaria en la agenda pública. Esa fue la primera evidencia clara de cesión del Presidente ante las presiones del kirchnerismo.

A principios de abril de 2020, la aprobación del presidente Alberto Fernández alcanzó un máximo histórico del 82%, lo que representó un aumento de 32 puntos porcentuales en solo unas semanas debido a las acciones preventivas implementadas durante el inicio de la propagación del COVID-19 en el país. El estudio realizado por la consultora Poliarquía sugirió que era una oportunidad única para establecer una base sólida de apoyo. No obstante, ese panorama no se materializó y el Presidente revalidó su premisa de no buscar armar un albertismo o, al menos, encabezar una colectora peronista alternativa, perdiendo una ventana única para crear un nuevo liderazgo.

El artefacto del Frente de Todos terminó ubicando a Alberto como su propio espectador. El resultado fue el de un esquema de poder que se redujo considerablemente con el paso de los meses, tanto por gobernadores e intendentes como por la cúpula cegetista y los movimientos sociales, quienes dieron la estocada final y condicionaron el apoyo al Presidente, que se refugió en unos ministros y funcionarios de la Casa Rosada. A pesar de los constantes intentos, su relación con el espacio referenciado con la vicepresidenta marcó una ruptura evidente luego de que Máximo Kirchner renunciara a la jefatura de la bancada oficialista en la cámara baja, en el marco del tratamiento del acuerdo con el FMI. La identidad del Frente de Todos estuvo signada por los cisnes negros que sucedieron en los últimos años, aunque el rasgo más degenerativo estuvo en el frente interno: un gobierno que no consolidó un rumbo programático ni simbólico. Con la precariedad política como principal rasgo distintivo de su presidencia, Fernández puede remitir a la pandemia un último recurso para imprimirle épica a su mandato, el cual puede finalizar el 10 de diciembre debido a la intervención de Sergio Massa.

Parece irónico que por entonces fuera Alberto Fernández quien confirmara que la senadora Cristina Kirchner iba a ser la candidata presidencial del oficialismo en las elecciones de 2007. Néstor, su esposo, lo decidió luego de ver decaer su alta imagen positiva, considerándola una gestora de gobernabilidad hacia los próximos cuatro años. Cristina, en tanto, es la misma que ve en Fernández un muerto político que no construyó vínculos con su espacio, o que no supo romper y generar su propia identidad.

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