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Matar al perro no erradica la rabia

Milei es una novedad por lo disruptivo, pero es la respuesta autóctona a un fenómeno global: la insatisfacción con la democracia, la ruptura de los lazos comunitarios en medio del auge del individualismo y el consumo.

Populismos de derecha en auge.
Populismos de derecha en auge. .
Lucas Sebastián Raffo 24 marzo de 2024

Quiero aprovechar el aniversario de El Estadista para proponer un debate más profundo sobre la actualidad argentina. No quiero en esta ocasión colaborar a la pila de artículos que se ocupan de describir y analizar lo que está pasando en el cortísimo plazo con el gobierno de Javier Milei. Con frecuencia la vorágine nos impide poner en perspectiva, parar la pelota, barajar y dar de nuevo.

La Argentina se encuentra atrasada respecto de las tendencias mundiales. Cuenta con la ventaja de ver venir los acontecimientos. El ascenso de los populismos de derechas, la crisis de representación, son cuestiones con las que occidente viene lidiando por lo menos desde la crisis del 2008 (y antes también).

Milei es una novedad por lo disruptivo, pero es la respuesta autóctona a un fenómeno global: la insatisfacción con la democracia, la ruptura de los lazos comunitarios en medio del auge del individualismo y el consumo. Liderazgos de este estilo son la característica distintiva de lo que el sociólogo François Dubet define como "la época de las pasiones tristes".

La estrategia de los progresismos (o las fuerzas democráticas, como quieran llamarlas) para enfrentar los fenómenos hasta ahora consiste en la torpe intención de centralizar los males en el líder populista de turno. Le Pen, Trump, Bolsonaro, Milei, Orban, Trump, o Maduro son el centro de la cuestión, y con frecuencia se supone que con "bannearlos" (usando un término actual) del sistema político, el problema se soluciona y podremos volver a nuestra vida normal.

El artículo tan comentado en el círculo rojo del fin de semana pasado "¿Pichetto presidente?" es un cabal ejemplo de esto. Es bastante tentador (y lo veo muy repetido en lugares) que si nos desembarazamos de Milei retomamos la normalidad, sin atender el grueso de cuestiones (algunas domésticas, otras globales) que permiten la aparición de estos liderazgos.Matar al perro no erradica la rabia.

Nuestros padres crecieron en la sociedad del S XX, con clases sociales marcadas, un Estado articulador y regulador de las relaciones, con una robusta asistencia social y un sentido de comunidad sin fisuras. Aplica para la Argentina, aplica para occidente. En las últimas décadas ese "estado" se fue desmantelando, la revolución tecnológica y el auge del consumo fragmenta y "glocaliza": a la vez que el potencial de acceder a la información no tiene límites y podemos comunicarnos y acceder a contenidos de cualquier latitud, la dimensión en la cual nos desenvolvemos se achica cada vez más.

Nos es cada vez más difícil salir de nuestra burbuja, de nuestro metro cuadrado. La discriminación positiva (y en esto quiero ser descriptivo, no peyorativo) en contextos de desprotección social y precariedad económica alimentanlas desigualdades, la ira, y el resentimiento de los postergados.

Si el inmigrante, el desempleado (o en Argentina por tomar un caso, el que se jubila sin aportes) tiene preferencias en la asistencia estatal, pasa a convertirse en enemigo para aquel que quizás es clase media, pero también ve deteriorándose su nivel de vida los últimos 20 años, sin ningún tipo de contención. Ir al hospital o a la escuela pública no es sinónimo de contención social, sino de postergación: el que puede tiene prepaga, elige una escuela privada o incluso contratarse seguridad privada.

Añoramos la igualdad de antaño, pero la desigualdad es reproducida por los individuos en sus microdecisiones. Mientras tanto las fuerzas socialdemócratas o progresistas se han focalizado más en la reducción de las desigualdades mediante la discriminación positiva (integración cultural, inclusión de minorías) que en resolver dos cuestiones de fondo que siguen siendo centrales en occidente: el crecimiento económico real y la inseguridad producto de la marginación (que se traduce en delincuencia o terrorismo)

En esa competencia por el acceso a mejores condiciones (que la globalización con sus pro y contras facilita) quedan rezagados: esos rezagados presa del resentimiento son el combustible de liderazgos como Le Pen, Trump, Orban, Milei, Bolsonaro o Bukele, que han hecho de la ira, el enojo y el resentimiento un estilo de hacer política.

Algunos tienen programas políticos más definidos y otros menos, pero en todos existen claramente enemigos a quien culpar (con más razón a veces, otras con menos) del deterioro de las condiciones de vida de los caídos del sistema.

De hecho, en todo occidente se reproduce la siguiente grieta: los sectores educados, formados y urbanos (los ganadores de la globalización) son progresistas, mientras que la nueva derecha se construye sobre los perdedores de la globalización (trabajadores que perdieron el tren de la transformación tecnológica, menos formados y excluidos de la economía de mercado).

El desenlace de este entuerto está aún lejos de mis posibilidades de análisis: no sé cómo puede terminar. Fundamentalmente porque no creo que, por ejemplo, en nuestro país, esto se termine con Milei. La pauta de esta afirmación me la da el resto de occidente: Trump, Bolsonaro y Le Pen podrán perder elecciones, pero sus raíces de representación no se pierden con la derrota (incluso a veces, se fortalecen).

Uno sigue observando en Europa y en Estados Unidos (los que van adelante en la carrera de sucesos con respecto a la Argentina) que la insatisfacción permanece, que la xenofobia aumenta, y por sobre todo, que los problemas no se resuelven. Tratar a esa enorme masa de desclasada no es la solución para las fuerzas progresistas que quieran encontrarle el agujero al mate, tampoco empezar a imitar discursos conservadores para buscar representarlos.

El desafío intelectual es mucho más grande. Se me ocurre (planteando esto con altos niveles de inseguridad intelectual) que el camino puede ser proponer un camino que vaya por la reconstrucción de los lazos de solidaridad y comunidad, sin descuidar que las demandas de libertad individual, crecimiento económico, y seguridad (de la vida y la propiedad) son importantes para reconstruir ese sentido de comunidad.

Si en contextos de incertidumbre solo nos queda la nostalgia, que esta nos sirva no para buscar desesperadamente volver atrás, sino para tomarlo de enseñanza para edificar algo superador.

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