No es una particularidad argentina: los outsiders están de moda. Mención especial para los humoristas. En Ucrania, el actor Volodímir Zelenski pasó de hacer de presidente en el programa Servidor del pueblo a ocupar el cargo. Algo similar logró Jimmy Morales en Guatemala. Beppe Grillo tuvo menos suerte, pero por un tiempo toda Italia habló de él.
Para "iluminados", Donald Trump. Líderes con discursos mesiánicos y dogmáticos que se ven a sí mismos como instrumentos de un gran plan divino. En Hungría, Viktor Orbán se autopercibe como el último defensor de "la cristiandad europea". En El Salvador, Nayib Bukele atribuye el éxito contra las pandillas a un milagro de Dios.
En el rubro frikis se ubican los Lilia Lemoine del mundo. Una lista larga de personajes extravagantes, como Andrés Laumann (La Libertad Avanza), un empresario que en 2023 hizo la campaña a la intendencia de Paraná disfrazado de Batman. El Batimóvil no le sirvió esa vez, pero ahora es diputado provincial.
Outsider, friki e iluminado, Javier Milei acumula las tres características. ¿Por qué son cada vez más? La respuesta es sencilla: se postulan, nadie quiere o puede pararlos y la gente los vota.
La variable psicológica: el coste emocional y reputacional de la política
En el mundo occidental, los políticos son los actores más desprestigiados y en los que menos confía la gente. Hacer política se asocia a corrupción, ambición desmedida y ansias de sobresalir. El politólogo James Weinberg, que estudia el perfil psicológico de los políticos británicos, ha encontrado que quienes se candidatean tienen características diferentes a las de la media de sus grupos de referencia (incluso cuando se trata de puestos locales). Entre otros, son más narcisistas y tienen mayor tolerancia al conflicto permanente. Además, una investigación sobre los parlamentarios británicos mostró que reportan cada vez más niveles de ansiedad, depresión y estrés.
El ser observados de forma continua, padecer altos niveles de hostilidad en redes y la presión mediática que sufren explican en parte esta situación, a lo que se agrega que muchos no buscan ayuda por miedo al estigma.
El resultado es que la política expulsa a los moderados. Un caso que alcanzó difusión global fue el de la ex primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, que en 2023 dejó su cargo alegando agotamiento extremo.

La variable partidaria: selección adversa de élites
Como mostró Pippa Norris, los partidos actuaban como filtros que ordenaban quién accedía a la política. Hoy, muchos partidos operan como cáscaras vacías y viven menos. El politólogo Gerardo Scherlis ha puesto números a esta tendencia latinoamericana que se viene acelerando. Los outsiders, frikis e iluminados pueden optar por impulsar sus propios aparatos electorales.
El partido tiene cada vez menos peso en la selección de las candidaturas (ninguno si miramos los ganadores de las últimas elecciones presidenciales en Argentina y El Salvador). Pero también en partidos de larga data se observa la irrupción de este tipo de liderazgos, como muestra la experiencia de Trump en Estados Unidos, al que los republicanos no quisieron o no pudieron parar.
La variable mediática: economía de la atención y turbopolítica
Desde mediados del siglo XX, la política adoptó criterios comerciales ofreciendo candidatos como productos de mercado. Esto se acelera con la irrupción de tecnologías digitales que multiplican canales y difuminan las líneas que separaban lo público de lo privado. En una esfera pública difusa e insomne, los políticos compiten por la atención del público como un actor más, con celebrities e influencers. Gana el que llama más la atención, todo dicho.
No es solo que entren perfiles más extremos: es que otros perfiles dejan de entrar o no resisten. En un sistema que penaliza la moderación, criminaliza o banaliza la experiencia y convierte la estridencia en principal activo, no es extraño que la política se llene de outsiders, frikis e iluminados. Es un círculo vicioso al que se entra fácil y del que no es fácil salir.