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Antártida

Una política de Estado para la Argentina no-americana

Asimilar la bicontinentalidad no significa simplemente reeditar los tradicionales mapas de la República, pasando de aquél con el pequeño triángulo antártico, a la nueva proyección equitativa que representa la extensión total del territorio.

El próximo presidente debería romper con la dilatada cadencia de visitas.
El próximo presidente debería romper con la dilatada cadencia de visitas.
Eugenio Koutsovitis 11 marzo de 2023

Asimilar la bicontinentalidad no significa simplemente reeditar los tradicionales mapas de la República, pasando de aquél con el pequeño triángulo antártico, a la nueva proyección equitativa que representa la extensión total del territorio (Ley 26.651). 

Es comprender y proyectar políticas de estado previendo que nuestro país tiene los siguientes puntos extremos: al este en la Provincia de Misiones, al oeste en la provincia de Santa Cruz, el norte en la provincia de Jujuy, y en su extremo austral...el mismísimo Polo Sur. 

Nuestro país es bicontinental, es decir, sus dimensiones se proyectan sobre dos continentes: la Argentina existe en territorio americano, y en territorio antártico. Y, en este respecto, ¿sostendrá una política de Estado coherente a nuestra historia el futuro presidente del período 2023-2027?

En una mirada rápida a nuestra historia, observamos numerosos hitos de la presencia argentina en la Antártida: 119 años de actividad científica ininterrumpida, actos soberanos (administrativos, civiles, postales, educativos, humanitarios sanitarios, etc.), rescates a embarcaciones naufragadas, investigación científica, cuidado del medio ambiente, asistencia a otras naciones, entre demás tareas en el continente blanco.

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También, resulta crucial el comprender y no subestimar la fortaleza de la región sudamericana, como un factor de poder internacional. Si bien el Tratado Antártico presupone el "congelamiento" de los reclamos territoriales durante su vigencia, resulta particularmente inconveniente a la posición argentina la situación de superposición de territorios antárticos, con Chile y con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. 

Una alternativa regionalista se presentó en 1947 cuando Chile y Argentina plantean un entendimiento por el cual se reconocen mutuamente sus derechos de soberanía en la Antártida quedando pendiente la delimitación en la parte superpuesta de sus reivindicaciones, y excluyendo el reconocimiento al sector pretendido por el RUGB. Un fenómeno que algunos autores reconocen como el surgimiento de una "Antártida Sudamericana" que, si bien prima facie contradice la idea de la integridad territorial argentina, nos da sustento ante un competidor común. 

Un ejemplo de cooperación latinoamericana que poco se tiene presente. 

En este sentido, parece ser que todos los caminos conducen a Puerto Argentino, pues es la proyección territorial a partir de la usurpación ilegítima de las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur, la que utiliza Gran Bretaña para reclamar su pretendido sector antártico. Sin el control de las islas, sus argumentos se debilitan, y la posición argentina se fortalece; por lo tanto, para los argentinos, la Antártida es "Malvinas".

La política doméstica ha dado a la Antártida importancia en el tiempo reciente y hemos visto en el último mes la visita de un presidente en ejercicio (hecho que solo aconteció en 4 oportunidades, y no sucedía desde 1997) a una base en el continente. 

Casualmente, fuera de Arturo Frondizi (UCRI) quién visitó la Isla Decepción, Islas Shetland del Sur, el 8 de marzo de 1961, todos los presidentes en ejercicio que visitaron la Antártida Argentina a posteriori son de extracción peronista (R. Lastiri, 73 - I. Martínez de Perón, 74 - C. S. Menem 97, A. Fernández 23), todos realizando actos de presencia en la base aeromilitar "Vicecomodoro Gustavo Marambio" administrada por la Fuerza Aérea Argentina (FAA).

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*La presidencia de Raúl Lastiri se extendió por solo 87 días. No altera a la tendencia general el interludio de un año entre su visita y la siguiente.

El presidente que surja debería romper, como primer hecho político, con la dilatada cadencia de estas visitas: 12 años pasaron desde la primera visita hasta la siguiente, y 23 a la visita del bienio 1973/74 y otros 24 hasta la última. 

Si es de interés que sigamos construyendo la Argentina bicontinental, éste hito, junto a las múltiples tareas diarias científicas y logísticas, que desarrolla el estado nacional en el territorio austral, deben sostenerse y multiplicarse año a año.

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