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Rasgos

Los opuestos símiles de la política franco argentina

Francia y Argentina muestran algunas similitudes en sus sistemas políticos aunque ambas naciones creen tener características que las hacen diferentes a todas las demás.

Argentina y Francia poseen más similitudes y paralelismos de los que a priori podríamos llegar a sospechar.
Argentina y Francia poseen más similitudes y paralelismos de los que a priori podríamos llegar a sospechar.
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Francia, siglos atrás, supo ser el país más poderoso del mundo. Construyó un imperio cuyo dominio intercontinental le permitió incluso instalar su lengua como la diplomática e insignia de educación. Hoy quedó relegada a quinta potencia mundial. La Argentina, por su parte, saboreó muy efímeramente el podio de los más prometedores del mundo. Hoy, sin embargo,  se encuentra hundida luego de décadas de administraciones fallidas y desencuentros económicos. 

¿Qué pueden tener en común, por lo tanto, dos naciones separadas por un océano y que no comparten siquiera idioma? Ambas dos poseen más similitudes y paralelismos de los que a priori podríamos llegar a sospechar, pero principalmente aparentan cumplir el mismo rol, comprendiendo sus exorbitantes distancias, en sus respectivas regiones.

Por un lado, tal como mencionamos en el primer párrafo, se trata de dos naciones que supieron, con gigantescas (y hasta incomparables) diferencias, construir un posicionamiento internacional sumamente relevante en el escenario global pero que posteriormente no lograron sostener. Dicha caída tiene como producto un obeso dejo de nostalgia en sus pueblos. Mientras que la Argentina no puede evitar rememorar aquellos "prósperos" años del centenario donde su población era la tercera más alfabetizada en el mundo, Francia descansa sobre los sueños de Luis XIV y los anhelos bonapartistas (¿acaso el autor no intencional de la independencia latinoamericana?). Ambas están marcadas por la nostalgia de las mieles de un pasado glorioso y un presente que no fue.

Por otro lado, ambas constituyen naciones que lograron edificar sus símbolos e iconos reconocibles en materia democrática y en derechos políticos luego de prolongadas y extenuantes batallas. Sus traumas históricos, cuyas heridas marcaron ostensiblemente a su sociedad, y su agenda en materia de derechos humanos casi que logra referenciarlos en el mundo. 

Aún así, la construcción política -de una potencia milenaria para ellos y de un país en vías de desarrollo con apenas dos siglos de vida para nosotros- no implicó ni garantizó la tan aspirada conducción económica de cada una de sus regiones. En tanto que Argentina marcó la tercera ola democrática del cono sur Brasil es la que marca el ritmo económico de nuestra deseada integración. Y mientras Francia posee a la Marianne junto a la Revolución con su libertad, igualdad y fraternidad, la líder indiscutida de la Unión Europea es Alemania. 

Lo curioso en estos procesos es que aún cuando no se trata de las ambicionadas potencias económicas  persisten a su modo como los faros y nortes culturales regionales. Su producción artística, literaria, cinematográfica y, quizás mayormente universitaria, continúa atrayendo extranjeros vecinos para vivir su vida estudiantil y nocturna; quizás también por las reputación cimentada a lo largo de una historia de lucha y manifestación cultural. De hecho, debemos admitir que es precisamente esta usina cultural, entre otros elementos, que les provee de una cierta reputación esnobista celebremente rechazada por los vecinos de cada una.  

Nuestras historias recientes incluso logran encontrarse de las maneras más insólitas en los péndulos de las oleadas políticas globales reiteradamente. Por ejemplo, cuando en el mundo bipolar de la década de los 80s atestiguamos la oleada conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el electorado franco-argentino optaba por una línea contrapuesta. De la mano de François Mitterrand y Raúl Alfonsín, las urnas apostaban por la vía socialdemócrata. Es más, su cercanía le valió la prestigiosa Medalla de la Cancillería de la Universidad de París, entre otras distinciones.  Tal amistad franco-argentina, y la admiración que uno poseía por el sistema semipresidencialista del otro, dejó como legado la figura introducida en la reforma constitucional del ´94 del Jefe de Gabinete de clara inspiración hacía el primer ministro galo.

Más aún, los dos se encuentran atravesando un proceso con enormes similitudes en su sistema de partidos. Luego de décadas de un acentuado bipartidismo (peronismo - radicalismo, socialismo - gaullismo) hoy los partidos tradicionales se encuentran en una metamorfosis de licuación estrepitosa.

En la Argentina, el radicalismo obtuvo sus pisos históricos en 1995 y 2003 para llegar al 2015 y 2019 sin candidato a presidente; y el peronismo se encuentra tan fragmentado que debe apelar alianzas con sus numerosas expresiones populares (PJ, Unidad Ciudadana, Movimiento Evita, Frente Renovador, etc.) para persistir competitivo. En Francia, por su parte, tanto el histórico partido socialista como los republicanos obtuvieron en las últimas elecciones presidenciales del 2022 el peor desempeño de toda su historia que ni siquiera les permitió participar del ballotage, tal como ocurrió en el 2017. En efecto, los republicanos no alcanzaron siquiera el piso necesario del 5% para recuperar el dinero invertido en su campaña y el partido socialista apenas superó 1,7%.

En ese marco, Francia se encuentra liderado por un presidente europeísta autopercibido como socioliberal centrista, a partir de la absorción de antiguos socialistas pero mayormente otrora republicanos, pero estigmatizado de neoliberal por parte de la opinión pública, de los medios y de la oposición....ah, y del electorado. A los extremos, se le oponen una coalición espacios progresistas (NUPES) mayormente liderado por Melenchón, tildado de populista, que hace a la agonía socialista; y la extrema derecha nacionalista liderada por Le Pen (y casi desafiada por  Zemmour) que socava al conservadurismo clásico. 

En misma línea, cabe la posibilidad de que del otro lado del atlántico,  se configure un contexto análogo. El espectro progresista y popular parecería ser comandado por la figura de Unidad Ciudadana en desmedro del clásico PJ y otros espacios de centro izquierda. La centro-derecha argentina, de igual forma, se encuentra, y con mucha razón, alarmada frente a la derecha populista en ascenso que procura encarnar el baluarte del descontento social. 

Por supuesto que el análisis amerita una discusión más profunda entendiendo que la UCR como el PJ son tanto partidos como movimientos cuyas posiciones oficiales suelen adoptarse acorde a las facciones que logran imponerse en el seno de su conducción, lo que complejiza apasionadamente nuestra política. Pero el punto aquí es la disolución electoral apabullante frente a nuevas fuerzas que no son del todo vernáculas.  De hecho, en las elecciones regionales del 2021, no obstante, tanto el socialismo como los republicanos, se erigieron como ganadores pero en unas elecciones caracterizadas por un 66% de abstención electoral. Del mismo modo, nosotros también sufrimos la peor merma de participación electoral en las elecciones subsiguientes a la pandemia, caracterizadas por una extrema derecha que sorprendió con su resultado. 

Ahora bien, existe una realidad diametralmente contrapuesta que casi atisba con condenarnos. Sin importar el buen entendimiento que haya podido existir entre Macri y Macron o que este año Alberto Fernández haya mantenido más reuniones con el Presidente galo que con Cristina Kirchner, la resistencia del sector agrícola francés al acuerdo Mercosur-Unión Europea será ferviente y enfática. Pues mientras que nuestra agroindustria depende de la apertura para recibir divisas lo cierto es que la francesa subsiste gracias a un proteccionismo cimentado a base de subsidios y un mapa de actores compuesto de una proliferación de pequeños cultivadores en lugar de una concentración de pocos grandes hacendados. Consecuentemente, mientras nuestra derecha (tanto tradicional como libertaria) abogue por una liberalización y desregulación del comercio argentino la extrema derecha francesa se asemeja al proteccionismo tradicionalista que Trump supo promover.

Al igual que los franceses, nuestro afán por ser tan únicos y portar tantas singularidades políticas no hacen más que...asimilarnos más a los otros.


 

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