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EEUU

Segundo tiempo para Joe Biden

En el campo demócrata, la novedad es el fortalecimiento de Joe Biden. Las midterms le otorgan el vigor necesario para evitar desafíos internos a su liderazgo durante el resto de la presidencia.

El desafío de la dirigencia norteamericana es el de construir una vía media.
El desafío de la dirigencia norteamericana es el de construir una vía media.
Tomás Múgica Tomás Múgica 28-11-2022
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Tras las elecciones de medio término en Estados Unidos, Joe Biden entra en la segunda fase de su gobierno. Lo hace luego de un resultado inusual: según un análisis realizado por CNN, en el último siglo -desde 1922 a la fecha- sólo en tres ocasiones (1934, 1962 y 2002) el partido del Presidente ganó o mantuvo la cantidad de asientos en el Senado y perdió menos de 10 bancas en la Cámara de Representantes. Aunque jaqueada por la inflación (7,7% interanual en octubre) y con modestos índices de popularidad (cercana al 40%), la Administración Biden obtuvo un resultado que superó las expectativas.

Los números son conocidos. El Partido Demócrata retuvo el control del Senado: alcanzó las 50 bancas contra 49 del Partido Republicano; resta por decidir una banca adicional, en la segunda vuelta que se realizará en Georgia el 6 de diciembre. Aun si los demócratas perdieran allí y se llegara a un empate de 50 bancas por partido, la Vicepresidenta Kamala Harris conservaría el voto decisivo. La Cámara de Representantes pasó a estar bajo control republicano, aunque la diferencia de bancas es menor de la esperada (220 a 212 hasta el momento, según Politico).  

Los demócratas obtuvieron también algunos logros significativos en las elecciones de gobernador, incrementando en 2 el número de gobernaciones a su cargo (hasta un total de 24). Triunfaron en varias carreras significativas, en las que obtuvieron gobiernos antes controlados por los republicanos: Massachusetts, Maryland y Arizona. A la inversa, los republicanos capturaron Nevada. 

Las explicaciones del resultado electoral, forzadas a simplificar una realidad muy compleja como la de Estados Unidos, destacan dos datos en tensión: el impacto de una situación económica marcada por la inflación más alta desde los '70 y la continuada importancia de los valores posmaterialistas (o si se prefiere, las culture wars) en la política norteamericana. 

De acuerdo a las exit polls publicadas por la BBC, la inflación (31%) fue el principal tema que motivó el voto, seguido por el aborto (27%). Las diferencias por partido son notables: en el caso de los votantes republicanos, la inflación es la principal motivación del voto para un 45%, mientras que el aborto lo es para el 43% de los demócratas. Otros análisis indican que el voto por correo favoreció a los demócratas, quienes también contaron con un apoyo destacado de jóvenes, mujeres y minorías (especialmente los afroamericanos; el comportamiento de los latinos fue más variado, con importantes apoyos a los candidatos republicanos en Estados como Florida y Ohio). 

Hacia adelante, cabe analizar cuál es el impacto de esta elección sobre los dos grandes partidos norteamericanos y cuáles son las perspectivas de gobernabilidad de la Administración Biden. El panorama es de continuidad general, con algunos cambios que matizan esa tendencia. Un ejemplo dice mucho al respecto: sólo una banca en el Senado -la de Pennsylvania- cambió de partido (flipped) en esta elección. 

Entre los republicanos la consecuencia más importante de las midterms es el debilitamiento relativo de Donald Trump. En buena medida, la elección giró en torno a su figura. La mayoría de los candidatos que apoyó -que niegan los resultados de la elección de 2020- triunfaron. De acuerdo al Washington Post 171 "election deniers" ganaron sus cargos (sobre 300 posibles). Pero los que se presentaron en distritos más competitivos, perdieron, como los candidatos al Senado Blake Masters en Arizona y Mehmet Oz en Pennsylvania y los aspirantes a gobernador Kari Lake (Arizona), Tudor Dixon (Michigan) y Doug Mastriano (Pennsylvania). 

A pesar de esos traspiés, Trump lanzó su candidatura a la presidencia una semana después de las elecciones, el 15 de noviembre. Algunos desafiantes asoman en el horizonte, como el gobernador de Florida, Ron de Santis, quien logró su reelección por más de 20 puntos; el ex Vicepresidente Mike Pence; la ex gobernadora de Carolina del Sur y ex embajadora ante las Naciones Unidas, Nikki Haley y el gobernador de Virginia Glenn Youngkin. El camino que deben recorrer es largo y difícil; más allá de sus debilidades, ningún liderazgo alcanza todavía la estatura del de Trump, quien sigue contando con amplio predicamento entre las bases del partido: según un estudio reciente del Pew Research Center, un 60% de los republicanos manifiesta sentimientos positivos hacia el ex presidente. 

Entre los aspirantes a reemplazarlo, De Santis aparece como el más potente en términos de popularidad, además del preferido por una parte del establishment que empieza a alejarse de Trump. Un ejemplo significativo de ese alejamiento es el de Rupert Murdoch, quien controla Fox News, el Wall Street Journal y el New York Post. Aunque ciertamente representa un cambio de estilo, con una estética y una retórica menos agresivas que las de Trump, en términos ideológicos De Santis no significa un corrimiento hacia posiciones más moderadas. Sobre todo, tiene un perfil claramente conservador en social issues: opositor al aborto, al consumo recreativo de marihuana y contrario a las restricciones impuestas en el combate al coronavirus, se presenta como enemigo de la ideología woke (un término peyorativo para referirse al progresismo). 

En el Congreso, los republicanos también discuten espacios. Kevin McCarthy, Representante por California, cuenta con el apoyo de Trump (aunque han tenido una relación difícil) y aparece como el favorito para convertirse en el nuevo speaker, la máxima autoridad de la Cámara de Representantes. 

Andy Biggs, de Arizona y más cercano al ala derecha del partido, también ha indicado su intención de competir; su candidatura podría servir para obtener concesiones en la agenda legislativa para los sectores más conservadores. En el Senado, Mitch McConnell, veterano Senador por Kentucky y distanciado de Trump luego del asalto al Capitolio en 2021, continuará siendo el líder de la bancada republicana. 

En el campo demócrata, la novedad es el fortalecimiento de Joe Biden. Aun enfrentando un Congreso dividido, en el cual la mayoría republicana en la Cámara de Representantes obstaculizará su agenda legislativa, el resultado electoral le permite al Presidente mantener su control sobre las nominaciones en su Administración, así como en el Poder Judicial (incluyendo eventuales vacantes en la Corte).   

Pero además le otorga el vigor necesario para evitar desafíos internos a su liderazgo durante el resto de la presidencia. A pesar de su edad -acaba de cumplir 80 años- Biden ha indicado que tiene intenciones de presentarse a la reelección. Si finalmente no fuera así, en una eventual competencia por su sucesión se abre una grilla de candidatos. 

Allí la vicepresidenta Harris ocupa un lugar, al tiempo que surgen nuevas estrellas como el reelecto gobernador de California, Gavin Newsom. Los gobernadores electos de Maryland Wes Moore, y de Pennsylvania, Josh Shapiro son también líderes en ascenso, aunque todavía lejos de la carrera presidencial. 

Al mismo tiempo, avanza una renovación del liderazgo en el Congreso: Nancy Pelosi, speaker de la Cámara de Representantes ha anunciado que renunciará al liderazgo de los demócratas en ese ámbito. Hakeem Jeffries, Representante por Nueva York y actual Jefe del Democratic Caucus -el bloque Demócrata en la Cámara- aparece como el más probable sucesor (en el liderazgo, ya que el cargo de speaker irá a los republicanos, en función de la mayoría obtenida en esta elección). 

Por último, vale señalar que también en el Partido Demócrata se expresa la tensión entre bases radicalizadas -que se movilizaron intensamente tras la reversión de Roe vs. Wade- y un liderazgo -o al menos parte del liderazgo- que busca posiciones más centristas.

En resumen, en términos políticos, el Estados Unidos de enero de 2023 -cuando asuma el nuevo Congreso- se parecerá mucho al del día anterior a la elección: polarización ideológica y estancamiento en la agenda política. Sin embargo, hay algunos cambios, menores, aunque significativos: Trump y su movimiento MAGA (Make America Great Again), una de las mayores amenazas a la democracia americana en su historia, están un poco más débiles, aunque de ninguna manera derrotados: siguen siendo la fuerza mayoritaria dentro del Partido Republicano. 

Mientras tanto otra amenaza, que se extiende por las demás regiones del Occidente desarrollado, permanece: el distanciamiento entre las elites y amplios sectores del electorado, alienados por el impacto económico de la globalización y el cambio tecnológico y por agendas culturales cada vez más extremas. 

El desafío que la dirigencia norteamericana tiene frente a sí es entonces el de construir una vía media, un middle ground, más inclusiva desde lo económico y más abierta al diálogo en cuanto a los valores. Sólo sobre una amplia base de consensos es posible construir una democracia estable y vibrante. 

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