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El miedo a la lapicera sin tinta

A un mes del cierre de listas el escenario electoral se encamina a un escenario de tercios.

Sólo Milei es líder en su tercio.
Sólo Milei es líder en su tercio.
Lucas Sebastián Raffo 23 mayo de 2023

A un mes del cierre de listas el escenario electoral (siempre según las encuestas) se encamina a un escenario de tercios: El Frente de Todos, Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza compiten por el 80% del electorado. El otro 20 se divide entre los que no van a votar, los que votarán a la izquierda, o alguna opción peronista disidente. El problema está en los liderazgos.

La Argentina pos 2023 (la actual también pero tampoco espero magia) requiere reformas profundas, o al menos, alguien que tome el toro por las astas para tratar de resolver los desequilibrios heredados pero que se han ido profundizando entre 2015 y 2023. Se desprende de esta premisa, que el próximo presidente deberá contar con liderazgo como condición necesaria. El riesgo que se avecina es el de otro período de un presidente con una lapicera sin tinta. O sea, sin poder.

El Frente de Todos nos dio un curso acelerado de lo que la falta de liderazgo en la Presidencia puede tener como consecuencia: una gestión atrofiada, sin capacidad de impulsar políticas públicas, tomar decisiones de peso, ni inspirar confianza en los interlocutores que buscan desesperadamente encontrar a quien "corte el bacalao". En Juntos por el Cambio tampoco el escenario aparece halagador: la capacidad de liderar y/o dialogar (características fundamentales de cualquier presidenciable con intenciones de "timonear" una crisis) está en duda.

Los "renunciamientos" de Mauricio Macri y Cristina Kirchner, lejos de despejar la cancha, condicionan. Ninguno de los candidatos será líder en su tercio, excepto Milei. El problema con el economista libertario no es de liderazgo, pero sí de praxis: en caso de ganar, la práctica de la democracia requiere negociaciones, concesiones y "toma y daca", algo que para el candidato antisistema es "inmoral".  En este sentido, el establishment anda desorientado buscando responder la única pregunta cuya respuesta es fundamental para poder iniciar cualquier conversación: "sí ganás ¿vas a poder aplicar lo que decis"? Ningún político argentino puede responder claramente hoy esa pregunta.

Mejor dicho, tratan de responderla, pero nadie les cree. Los últimos 8 años de política argentina pendularon entre proyectos truncos: Macri nunca pudo implementar su programa porque cuando "encontró" la conexión con su electorado en las marchas del "Sí se puede", el establishment lo había abandonado. Alberto ni siquiera buscó ejercer ese liderazgo. El "consenso del 70%" eshumo cuando ni los tuyos te compran. Otro catalizador de la ausencia de liderazgos: 18 gobernadores (pueden ser 19) le esquivan el traste a la jeringa y desdoblaron elecciones.

Cuando no se avizoran liderazgos, ni aparece la posibilidad de consensos políticos, cualquier posibilidad de resolver una crisis política o económica es quimérica: el Estado hace la "mímica" de resolver problemas, pero en la práctica no solo no resuelve ninguno, sino que mediante la inacción agrava los existentes: esa es la consecuencia del combo mortal que la política argentina encarna. Céteris páribus, el horizonte es el abismo.

Las PASO serán la última oportunidad para dirimir liderazgo: quedará por ver, luego del ruido que hacen las encuestas, si los que queden parados se podrán constituir como referentes de su electorado. Aún ganando una PASO competitiva, los presidenciables deberán rendir cuentas ante los "renunciados" accionistas mayoritarios de cada coalición: Macri y Cristina.

Como escribe Jorge Asís en su portal, entre la ausencia de liderazgos, la apatía del electorado y el desconcierto del establishment la Argentina se encamina al "cul de sac" o callejón sin salida. Las encuestas hoy solo tienen una certeza: la cosa solo puede ponerse más fea. Los optimistas o "bullish" son la minoría y le prenden velas al litio, la industria del conocimiento, la industria de la biomasa o el gasoducto Néstor Kirchner. El problema es que, en la Argentina de las eternas promesas, lo que falta es conducción.

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