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El peronismo en el callejón

El peronismo esta frente a una coyuntura que pone en duda la vigencia de muchas de sus cualidades históricas.

El peronismo era garantía de cierta eficiencia en el manejo del Estado, y por añadidura, de gobernabilidad
El peronismo era garantía de cierta eficiencia en el manejo del Estado, y por añadidura, de gobernabilidad
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Desde 1983, e incluso desde antes, los estudios sobre el peronismo como movimiento, como opción electoral, como colectivo de representación y como elenco de gobierno, han resaltado una serie de características que contribuían a la incomparable fortaleza y capacidad de adaptación de los herederos de Perón. 

De hecho, otros partidos de América Latina que han compartido algunas de las experiencias políticas y de gestión pública por las que atravesó el peronismo a lo largo de su extensa vida (desaparición del líder carismático, internas violentas, implementación de un neoliberalismo salvaje, etcétera) han conocido el ocaso y/o la desaparición lisa y llana. 

Sin embargo, la coyuntura política actual muestra una realidad que podría poner en duda la vigencia de las cualidades más características que sirvieron para explicar la longevidad y la vigencia del peronismo en la escena política argentina.

Primero, el peronismo era sinónimo de fortaleza electoral. Si hay elecciones en Argentina, la experiencia y la intuición indican que el peronismo es favorito. De hecho, ganó en la mayoría de los turnos electorales en los que compitió, incluso contabilizando desde 1983.  Sin embargo, el peronismo perdió tres de las últimas cuatro elecciones (2015, 2017 y 2021). Y en la última contienda perdió (o ganó por ajustado margen) llamativamente en bastiones tradicionales del Conurbano, la Provincia de Buenos Aires y algunas provincias periféricas del país, donde solía triunfar con holgura.

Segundo, el peronismo era garantía de cierta eficiencia en el manejo del Estado, y por añadidura, de gobernabilidad, gracias a sus fuertes liderazgos y a lo que Ernesto Calvo y María Victoria Murillo han denominado su “capital social burocrático”. Pero el actual Gobierno puso en serias dudas ambas competencias. 

Por un lado, nunca tuvo asegurada la finalización certera de su mandato. Más por amenazas provenientes desde adentro del propio gobierno que por razones exógenas, la gestión de Fernández no pudo nunca despejar el fantasma del final abrupto. 

Y por otro lado, sus históricos recursos humanos y técnicos en la administración pública, que les permitía a los peronistas presentarse como gobernantes resolutivos, tampoco está cumpliendo la misión de controlar el aparato del Estado. Al contrario, el “internismo exasperante” que denunció en su renuncia el Ministro Kulfas está paralizando gran parte de la gestión administrativa.

Tercero, el peronismo siempre había logrado brindar a los sectores populares algún tipo de mejora o beneficio, tanto en términos concretos (estabilidad de precios, mejoras salariales) como en términos simbólicos y/o de identidad (orgullo de pertenecer a un colectivo popular). Pero el mandato de Alberto y Cristina ha tenido malos desempeños económicos y los sectores populares están en peores condiciones que en 2019. El peronismo de hoy no configura ni promete un horizonte de justicia social. De hecho, muchos votantes pobres se han ido a otras opciones, como la abstención e incluso a Juntos por el Cambio. 

Cuarto, el peronismo garantizaba el control de la calle. Las movilizaciones de los sindicatos hacían tambalear a los gobiernos radicales, y las de los movimientos sociales exprimieron los bolsillos de la administración Macri.

 Pero este tercer kirchnerismo viene sufriendo en este aspecto gran cantidad de cortes y movilizaciones tanto opositoras (los recordados banderazos que encumbraron a Patricia Bullrich) como piqueteras, que se han expandido notablemente e incluso han batido récords de acampes y protestas. El reparto de los planes sociales ya no es garantía de paz social para ningún gobierno, y en el caso del peronismo, ha hecho explotar la puja distributiva entre los diferentes sectores internos.

Un quinto rasgo distintivo de las ventajas del peronismo era su flexibilidad ideológica. Es decir, por ejemplo, la maleabilidad para ir rápidamente, y con los mismos actores, del neoliberalismo y los indultos a los represores al estatismo y la reivindicación setentista. Sin embargo, una mirada atenta al peronismo de estos días nota a las distintas facciones del movimiento muy encasilladas en una lectura política casi sin matices ideológicos ni capacidad de adaptación a las nuevas demandas políticas que surgen en la opinión pública.

Y sexto, muy vinculado con lo anterior, el peronismo tenía una gran capacidad para renovar sus dirigencias cuando los proyectos políticos se agotaban, para poder seguir manteniendo sus bases de apoyo social y electoral. Sin embargo, a pesar de las derrotas, de los malos resultados (particularmente la mala administración de la pandemia), de la incomodidad de muchos peronistas, y de las crisis dentro y fuera del gobierno, no se ve prácticamente ninguna reacción tendiente a desafiar el liderazgo de Cristina Kirchner.

En resumen, el bagaje histórico de fortalezas peronistas parece disolverse en una parálisis política y un desorden administrativo sorprendentes. Tanto en lo político como en la gestión, el peronismo parece estar en un callejón. 

El futuro es siempre incierto, pero si toda crisis es una oportunidad, este estado de cosas podría no solo propiciar una alternancia en el poder, sino también una oportunidad para que el peronismo pueda revisarse a sí mismo y recalibrar sus estrategias políticas en el mediano y largo plazos. Eso podría también brindar al sistema político en su conjunto una mirada más amplia y estratégica, y una actualización en los diagnósticos de los problemas sociales a resolver.

 

 

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