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El primer ministro argento

Sergio Massa asume como superministro, con un Presidente y una vice debilitados, en lo que busca ser una nueva etapa para el gobierno del Frente de Todos.

Alberto queda en un papel secundario luego del avance de Massa.
Alberto queda en un papel secundario luego del avance de Massa. Franco Fafasuli
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Los argentinos estamos acostumbrados a ser el caso anómalo. En política y economía solemos ser ese punto fuera de la distribución estándar. No es raro que seamos el caso más lejano a las líneas de tendencia de los países de la región y el mundo. Sea porque estemos hablando de inflación, tipo de cambio, riesgo país, récord de presidentes en una semana, desproporcionalidad representativa o inestabilidad política; somos expertos en dar la nota.

El reciente recambio ministerial abre un nuevo tomo del libro de las excepcionalidades políticas argentinas. Siendo un presidencialismo, algunas veces acusado de excederse en las prerrogativas del primer mandatario, hoy estamos atravesando una etapa  -casi- semipresidencial. Sergio Massa asume en el flamante Ministerio de Economía absorbiendo las tres carteras claves para el contexto socio económico. La centralidad de las áreas bajo su control le da una relevancia claramente superior al Jefe de Gabinete, cargo que queda aún más desdibujado luego de la designación del tigrense.

La configuración de la coalición de gobierno queda con una figura central dentro del Ejecutivo. Hasta la incorporación de Massa, el Frente de Todos tenía a las tres instituciones democráticas de la república encabezadas por los representantes principales de los partidos que forman la coalición. Con el pase de Sergio de la Cámara de Diputados al nuevo rol de super ministro es el Presidente el único afectado. El escenario es semejante al de un semipresidencialismo con un mandatario sin mayoría parlamentaria, donde la oposición nombra a un jefe de gobierno que “cohabita” con el presidente. 

Lo similar con el contexto actual argentino es el corrimiento de Alberto Fernández a una figura exclusivamente de jefe de Estado, focalizando sus funciones en la representación externa y un simbolismo de unidad. Sin embargo, las diferencias son contundentes; Alberto está lejos de ser una figura de unidad para el país, aunque podría serlo como garantía para el Frente de Todos; a su vez, Massa no tiene la venia de una mayoría parlamentaria; y por último, en la práctica el tigrense con cuenta con las competencias formales de un jefe de gobierno.

Para analizar la dinámica que comenzará a tener la relación entre Massa y Alberto será útil el marco histórico de las relaciones de cohabitación entre presidente y primer ministro. Aunque el hecho de pertenecer a la misma coalición de gobierno debería aminorar las tensiones que usualmente se encuentran en una situación semejante. La debilidad política del Presidente, ligada a su nula perspectiva electoral, debería incidir también en la ausencia de obstáculos para el nuevo super ministro de Economía a la hora de definir su plan de gobierno. 

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