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Grieta

Entre la moral y la oportunidad

La cuestión de la validez y alcance del concepto "grieta" retoma protagonismo en el comienzo de un año electoral que promete una renovada violencia discursiva.

Somos campeones del mundo en polarización.
Somos campeones del mundo en polarización.
Juan Antonio Yannuzzi 27 febrero de 2023

¿La grieta es moral? ¿Es una división exclusiva de la política? ¿Es un invento de las elites para desviar la atención pública y ganar poder? ¿Es un elemento necesario en cualquier relación de poder por la naturaleza conflictiva de la política?

Los debates en torno a estas preguntas pueden ser interminables y probablemente lo serán en un año electoral en el que el concepto de "grieta" resonará como nunca. Lo serán porque las divisiones en un contexto de atomización de la oferta electoral, producto de la falta de liderazgos claros dentro de las principales coaliciones, hará necesario ordenamientos dicotómicos. Intransigentes-dialoguistas, "casta"-ciudadanos, pueblo-elite. Sea cual fuere la división utilizada en la estrategia discursiva, la idea del adversario como enemigo es el denominador común de la política vernácula.

Un estudio publicado por la consultora estadounidense Edelman ubica a la Argentina como el país más polarizado. Con una muestra de 28 casos, hicieron una encuesta midiendo la opinión ciudadana sobre el grado de polarización de la sociedad en la que vive y la posibilidad de que esas divisiones sean superadas. Lo destacable es la anomalía de nuestro país en el primer eje. Somos, según este estudio, la sociedad con la mayor autopercepción de polarización.

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Fuente: Edelman Trust Barometer (2023)

Más allá de que el estudio compara países con distintos regímenes de gobierno y por ende diferentes regulaciones en cuanto a la libertad de opinión, también debería contemplar los diferentes significantes que tiene la palabra "división".

En Argentina las palabras "polarización" y "grieta" están en boca de cualquier periodista, político, consultor o analista. Sin duda la autopercepción sobre la división social está relacionada con la amplia divulgación de estos conceptos. La ciencia política institucionalista suele inclinarse por analizar, sin otorgarle una connotación negativa, un fenómeno diferente: los clivajes. Estas son las divisiones sociales que producen el surgimiento de un partido político, y como tales, son necesarias en las democracias liberales. 

La paradoja de nuestras forma de gobierno representativa es que se alimenta de la competencia (división) pero se enferma con la confrontación (¿grieta?).

Fue Esteban Bullrich quien recientemente puso en palabras claras una definición de grieta que deja heridos a propios y ajenos.

"Un mecanismo fomentado desde parte de la dirigencia política que usa y enfatiza las divisiones, que existieron siempre en el país, como estrategia para ganar poder. Se basa en el invento malintencionado de creer que aquellos que no piensan como yo lo hacen por motivos espurios, convirtiéndose en enemigos."

La grieta, más allá del significado que uno elija darle, es un elemento que socialmente carga con una valoración negativa. Sin embargo, si la tratamos simplemente como una división social tajante, que tiene su correlato en el sistema político, muchos teóricos la categorizarían como un fenómeno intrínseco de "lo político". 

Si pensamos la actividad de generación y distribución de poder como un espacio en el que intereses contrapuestos pelean por imponerse, la idea del consenso es obsoleta. En esta línea, pensar lo político bajo la lógica del amigo-enemigo, no es una estrategia de "la política", sino un ejercicio por transparentar el verdadero conflicto social.

Estar frente a un largo año de campañas y definiciones electorales nos empuja a reflexionar sobre los grados de división necesarios para la democracia, como también sobre los niveles de confrontación que la ponen en peligro. Aunque a la Argentina le guste vivir en la excepcionalidad, hoy la polarización extrema afecta a casi todas las democracias del mundo. Las noticias falsas y la desinformación son el clima ideal para que crezca la división por causas identitarias. 

El perjuicio de esto se ve en la falta generación de acuerdos programáticos donde son amplias las coincidencias entre distintos grupos sociales y políticos. Ejemplos sobran en la política nacional en cuanto a temas donde el consenso existe pero su concreción es evitada para no pagar el costo social. 

La existencia de este fenómeno debería alertar a toda la dirigencia del peligro de adoptar estas estrategias discursivas, porque más allá de la esencia conflictiva de la política y el folclore de la discusión criolla, se está privando a la sociedad de políticas públicas que den respuestas a sus demandas más básicas.

 

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