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Desafío

Los riesgos de un pluralismo polarizado

El proceso electoral se da en un contexto de búsqueda de hegemonías que castigan las propuestas de diálogo que moderen el conflicto, alentado desde las cúpulas de las fuerzas políticas.

La polarización que sufre la Argentina no es una polarización afectiva, es ideológica.
La polarización que sufre la Argentina no es una polarización afectiva, es ideológica.
Enrique Zuleta Puceiro 17 marzo de 2023

A escasas semanas de le fecha prevista para el cierre de alianzas nacionales y menos de cinco meses de las primarias abiertas, simultaneas y obligatorias, los dos grandes espacios políticos que lideran las preferencias publicas comparten un escenario de confusión y zozobra. 

Lejos de haber alcanzado algún nivel de consenso interno en torno a liderazgos, ideas o propuestas, las organizaciones en pugna, se debaten en el peor momento de sus desencuentros y contradicciones internas. Un enfrentamiento poco comprensible desde cualquier otra perspectiva que no sea la de los propios candidatos. 

Una ojeada rápida de la coyuntura puede, acaso, ayudar a una percepción más ajustada de lo que acontece y de lo que puede suceder en las próximas semanas.

Una primera reflexión tiene que ver con el sistema electoral. Las PASO han vuelto a operar un efecto destructivo. Nada parecen haber agregado a la renovación o la mejora continua de la dirigencia. Han bloqueado toda perspectiva diferenciadora y han contribuido a convertir las campañas en torneos retóricos en torno a un lenguaje vacío y sin ideas. 

Las noticias que llegan de la política se reducen a producciones de Instagram, tiroteos grotescos de Twitter y sobre todo, un uso abusivo del YouTube. Sobre todo en las provincias, el resultado es un verdadero aquelarre, que poco tiene que ver con los ideales de una democracia que, a 40 años de la transición, busca aun un equilibrio que haga posible la promesa de una dignificación moral de la política.

Inventadas para mejorar la política, las PASO han vuelto a fracasar en sus objetivos institucionales. Han terminado una vez más, beneficiando a las oligarquías partidarias que las diseñaron e implementaron. Defendidas por un grupo importante de candidatos del PRO, interesados más bien en hacer sus primeros pasos en la política sin los costos y riesgos propios de la política real. 

Si esta vez lograron sobrevivir al dictamen desfavorable de la sociedad fue porque encontraron un inesperado apoyo en el presidente Fernandez, interesado su utilización en una cada vez más improbable aventura reeleccionista. Lo demás lo hicieron, desde los medios quienes en la situación actual solo parecen interesados en alimentar las tendencias autodestructivas de la política tradicional, en un escenario de "cuanto peor... mejor"

Una segunda reflexión tiene que ver con  el presente y futuro de los partidos tal como los conocemos.

En varias ocasiones he tratado de expresar la opinión de quienes pensamos que en lapso entre 1983 y la actualidad, la dinámica de los grandes partidos ha ido experimentado transformaciones profundas, que lo han empobrecido y bloqueado en su función expresiva del cuadro real de alineamientos político-culturales de la sociedad. El sistema de partidos tal como lo vemos en la fotografía de la competencia electoral poco tiene que ver con el sistema social profundo de valores y alineamiento políticos de la sociedad.

Si bien buena parte de los estudiosos del sistema de partidos argentinos intentaron clasificarlo ya desde un principio como un ejemplo de "bipartidismo" o "bipartidismo imperfecto", un análisis en profundidad de la dinámica real del sistema real de la política obliga a algunas matizaciones de importancia. 

Al menos hasta el estallido del sistema en 2001, el formato de partidos evolucionaba más bien en el sentido de lo que Giovanni Sartori analizaba como un "pluralismo moderado". 

Es decir, un sistema con dos grandes fuerzas que competían y disputaban el centro del sistema, acompañados hacia los costados por una constelación de fuerzas hacia la izquierda progresista y hacia el centro derecha entornados por un fenómeno importante de fuerzas políticas provinciales y una izquierda heterodoxa emergente. 

Este fue el formato entre 1983 y los comienzos del primer intento de hegemonía democrática del peronismo, articulado por el menemismo en los comienzos de la estabilización de los '90.

Con el estallido de la Convertibilidad explotó el primer formato del sistema de partidos. En la salida de la crisis del 2001-2002, el peronismo desencadenó un nuevo intento de hegemonía democrática, expresado a raves del los gobiernos Kirchner. Una estrategia explicada esta semana  por Cristina Kirchner en su discurso en la Universidad de Río Negro. 

A partir del 2003 se ensayó un momento de reestructuración del papel del Estado en la política, orientado a acorralar a los adversarios e imponer reformas estructurales desde la verticalidad de las mayorías legislativas y el pacto corporativo entre el sindicalismo, las organizaciones civiles y el empresariado industrial. 

El kirchnerismo generó un proceso de destrucción de los partidos -hoy hay no menos de 10 peronismos y 5 radicalismos con poco o nada que ver entre sí-. 

Acorraló a la oposición, la obligó a hacer oposición por la oposición misma, la desplazó de cualquier instancia de participación en  la gestión de las transformaciones. La corrió así en el escenario electoral al rincón de las minorías sectarias. Definió y puso en marcha un sistema de pluralismo polarizado muy similar al de la mayor parte de las provincias argentinas, de todos los signos políticos

Este estrategia es exactamente la misma que inspiro al gobierno de Mauricio Macri entre 2015 y 2019 y la que parecen plantearse quienes disputan las candidaturas desde la oposición. La vicepresidenta acaba de reseñar de forma brutal los términos del problema argentino. La opción de hierro parecería ser hegemonía o consenso. 

Es fácil imaginar el camino a seguir en un escenario en que todos los candidatos anuncian una política de enfrentamiento que excluye el diálogo y la concertación con el adversario. Sugerir siquiera una posible voluntad de diálogo es castigado como síntoma de tibieza, cobardía y falta de agallas para liderar el futuro.

La conclusión es clara. La polarización que sufre la Argentina y la mayor parte de las democracias actuales de la región no es una polarización afectiva, nacida de los valores y orientaciones subjetivas de los ciudadanos de a pie. Todo lo contrario, es más bien una polarización ideológica, nacida de las ideas hegemónicas de las oligarquías dirigenciales. No nace de abajo hacia arriba. 

Nace arriba, en las visiones y estrategias de acceso al poder y baja hacia la gente, forzando y extorsionando la desconfianza y el enfrentamiento. Es una polarización imaginada y deseada desde la ideología y sus estrategias de competencia política. Una vez más, el sueño de la razón, produce monstruos y la democracia, como en casi todos los momentos de la historia se pudre, como el pescado, desde la cabeza.

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