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Provincialismo unitario

Nuestra forma de gobierno federal se ve opacada por la centralidad del Gobierno Nacional que convive con las asimetrías regionales y una provincialización del sistema de partidos.

Federales y desproporcionados
Federales y desproporcionados
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El federalismo como forma de organizar políticamente el territorio no requiere más que un diseño constitucional. Un conjunto de palabras, que forman oraciones y que prescriben la autonomía de unidades políticas repartidas a lo largo y ancho del territorio nacional. Así se define su soberanía sobre las más variadas materias y otorgan sus prerrogativas en la política federal. Estos atributos son las condiciones necesarias para que afirmemos con mucho orgullo que vivimos en una federación ¿Son suficientes?

La politología argentina tiene en el estudio de nuestro federalismo su Santo Grial; fuente interminable de papers, diagnósticos, propuestas y esa rara criatura apreciada en la comunidad académica internacional. La Federación Argentina es reconocida por otorgar amplias prerrogativas a sus estados subnacionales y por tener el índice de malapportionment más elevado del mundo. 

La desproporcionalidad de la representación territorial de nuestro país no tiene comparación. A la equidad representativa de 24 unidades subnacionales en la Cámara de Senadores se le suma la distorsión en la Cámara baja. El Congreso que debería representar a la ciudadanía sin miramientos, le da al voto un fueguino siete veces más poder que a un bonaerense para elegir a un diputado nacional.

En este punto se puede dar la única buena noticia mencionable cuando hablamos de nuestro federalismo: a pesar de todo lo que nos aqueja, estamos invictos en conflictos territoriales significativos en nuestra historia democrática. Esta forma de organizar el territorio se divide entre las que se crearon por la unión de distintas regiones y las que utilizaron la división para poder mantener unido un territorio extenso y/o diverso. Gibson y Falleti fueron los encargados de crearle a nuestro país su propia categoría, la unidad a palos. Los conflictos territoriales que precedieron a la Constitución de 1853 y la posterior conformación de la Federación Argentina marcaron a fuego su organización política. 

Aunque nuestra extensión territorial e historia colonial pueda justificar la necesidad de organizarnos bajo una federación, no fueron estas las causas tanto como los conflictos militares ligados al caudillismo y las pretensiones centralistas de los unitarios porteños. La unidad a palos repercutió en una macrocefalia demográfica ¿Qué pasó en medio?

La concentración de la población fue un proceso global del Siglo XX, pero en Argentina llegó a niveles astronómicos. Un punto clave fue la falta de implementación de los planes de descentralización, fracaso que nos acompaña hasta hoy. El proceso de migraciones internas entre provincias se acrecentó a partir de la década del '40, acompañando un proceso de urbanización. El paradigma del caso argentino es la concentración en el Gran Buenos Aires. Desde 1945 a 1980 el promedio anual de aumento demográfico superó el 10%, el cual tiene su contracara principalmente en el éxodo del NOA seguido por el del NEA. Santiago del Estero, Entre Ríos, Corriente y Tucumán fueron las provincias que más población perdieron en este período decisivo de la historia nacional. 

Este breve repaso histórico de las migraciones internas sirve para poner en contexto la situación y los debates actuales en torno a nuestra organización territorial. Esta concentración demográfica con fragmentación territorial junto a un diseño legal que otorga amplios poderes a las provincias en la política federal tiene como resultado nuestro provincialismo unitario. El excesivo poder relativo de provincias con baja población, expresado en la representación legislativa y el federalismo fiscal, deja como gran problema la desfinanciación de las tres provincias más pobladas (y con mayor participación en la generación de valor agregado).

Para recapitular, Argentina se consolidó como una federación donde las riendas de las reformas de fondo las tienen las provincias chicas. Donde el Estado Nacional concentra su sede en el distrito autónomo más rico del país y desde allí recauda y distribuye los recursos federales. Donde su esquema fiscal solventa provincias rentísticas mientras que ahoga a las tres provincias que reúnen al 54% de la población.

El provincialismo se consolida con la desnacionalización del sistema de partidos. Luego de las elecciones ejecutivas de 2019 hay siete provincias controladas por coaliciones que no tienen una opción ni una plataforma clara en el nivel nacional. Y el unitarismo reside en la concentración de la administración pública en un distrito autónomo de 203 km2, donde trabaja el 58% de la nómina nacional. Complementando el unitarismo, la Ciudad goza de innumerables beneficios asociados a ser la sede del gobierno federal aún siendo la unidad subnacional más rica en términos relativos.

Entre los planes fallidos frente a esta problemática del presente período democrático tenemos desde traslados de capitales hasta centralización absoluta de la recaudación impositiva. Ni un consenso fiscal, ni la capital en Viedma o en Santiago, ni las “capitales alternas” solucionarán nuestro provincialismo unitario. Una reforma del régimen de coparticipación federal de impuestos, una modificación a la representación legislativa y una descentralización de la administración nacional junto con planes de desconcentración son el único medio para atender semejante obstáculo al desarrollo. 

Apostar por un auténtico federalismo va a tener que contemplar la corrección de estas asimetrías desde el gobierno nacional, reconociendo los verdadero perjudicados por el esquema actual. Los cuarenta años de democracia ininterrumpida deben celebrarse con una política de Estado sobre la necesidad de comenzar a atender el problema de la concentración. Sin espíritu refundacional, pero nutriéndose de ideas plurales para comenzar a trazar un camino que honre el federalismo y las deudas sociales argentinas.

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