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Una agenda para la transición

La incertidumbre y las falencias democráticas no son exclusivas de nuestro país. El desafio frente a un proceso de transición es repeler el incentivo electoral de las soluciónes mágicas.

El momento electoral es el peor momento de la política.
El momento electoral es el peor momento de la política.
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A medida que se acercan las próximas elecciones, tanto el Gobierno como sus diversas oposiciones parecen experimentar la angustia paralizante propia de las etapas previas a la confrontación final. Nada puede ya evitar que la política electoral desplace del eje central de la agenda pública al resto de las urgencias y prioridades de la política. 

Los conflictos tienden a agudizarse y los nuevos campos de fuerza exigen definiciones impostergables. El plazo para la instalación de agendas y candidatos ha caducado. Lo que hasta ahora no pudo hacerse ha quedado atrás, acumulado en desorden en el cajón de la larga serie de promesas incumplidas, que  configuran una herencia toxica, que hace cada vez más difícil la recuperación de la confianza social perdida.

Los medios de comunicación registran y amplifican este clima de fin de época. Multiplican la presencia de los candidatos más disruptivos y privilegian la presencia de un grupo de economistas y formadores de opinión que, una vez más, ofician come profetas del apocalipsis. Unos y otros pugnan por consolidar la imagen de un país en estado terminal, condenado a una decadencia definitiva. 

Todo esfuerzo por reconstruir una agenda pública para esta nueva transición parece, así, condenado al fracaso. ¿Cómo superar esa sensación de ahogo e impotencia, que una vez más parecería esterilizar todo esfuerzo de comprensión? 

Todos los estudios que se vienen realizando en torno a la explosión de indignación colectiva que parece invadir a la mayor parte de las democracias enfatizan la importancia de esta relación que guardan entre si los climas de indignación con las dificultades para encontrar salidas. 

La falta de respuestas obtura la comprensión del sentido de los acontecimientos. Impide a su vez evaluar el costo de los sacrificios, a la vez que agota la paciencia y desencadena en reacciones de rabia e impotencia. 

Este es sin duda uno de los mayores precios que una sociedad paga por la incapacidad de sus dirigentes para entender el tiempo que viven y para avanzar en el diseño de agendas superadoras, capaces de abrir rumbos de salida hacia el futuro.  

  • De allí la necesidad impostergable de elevarse por sobre la retórica de la confrontación que tratan de imponer visiones interesadas en mantener a la sociedad en un estado de crispación y temor permanente hacia el futuro. 

Para acceder a una visión superadora de esta trampa dialéctica se impone  resistir dos presiones convergentes. Por un lado, la que nos induce a creer que el país vive una crisis terminal e inevitable; por otra, la que pretende convencer de que esta crisis es consecuencia de causas excepcionales, propias y exclusivas del caso argentino. 

Para superar este bloqueo basta con entender que nada de lo que nos sucede es propio y exclusivo de la Argentina. Con matices, solo reproducimos procesos que ocurren en todas las democracias del mundo -y particularmente en las democracias de América Latina-. Más aún, nada de lo que ocurre es tampoco una novedad de estos tiempos. Iguales causas siguen produciendo iguales efectos. Cualquiera que haya vivido los últimos cuarenta años de vida democrática en el país no dejara de reconocer el aire de familia de cada una de las coyunturas críticas vividas en los últimos años. 

¿Cómo explicar entonces las dificultades visibles de cierta dirigencia política para no tropezar una vez mas con las mismas piedras? Aquí tambien la explicación es simple: llego el tiempo electoral, con sus efectos directos y colaterales sobre la vida cotidiana de la sociedad. Para peor, llegó como siempre, de improviso y sin avisos. Esta vez, de la mano de la decisión de la mayor parte de las provincias de adelantar sus elecciones y desengancharse asi del efecto de succión de las elecciones presidenciales. 

Con las elecciones llega un clima de falsas tensiones, artificialmente impuesto desde las estrategias de confrontación. La dinámica de las campañas desplaza cualquier otra preocupación.  El momento electoral es el peor momento de la política. En el contexto de las campañas, las falacias desplazan a la argumentación racional, las evidencias enmudecen frente al relato, las mentiras piadosas y los efectos idiotizantes del discurso en las redes sociales. La campaña sitúa en el primer plano todo lo que de efímero e insustancial tiene el ritual de la competencia electoral. 

Los slogans reemplazan a las ideas. Las amenazas y promesas aplastan y subalternizan la capacidad de raciocinio colectivo. Por lo general, hasta cambia el personal de la política, priman la retórica catch-all, las candidaturas profesionales, los constructores del “relato” insustancial, las nuevas tecnologías de la persuasión, y, sobre todo, la ambivalencia de las coaliciones electorales.

Basta en efecto con revisar la insustancialidad de los debates de estos días. 

  • Sin negar la importancia institucional objetiva e los temas que se pretende imponer en la agenda, asombra la urgencia y el derroche de energías que insume el debate en temas tales como la necesidad de aumentar la cantidad de diputados en función de las nuevas realidades censales, la boleta electoral única, las discusiones bizantinas en torno a la representación en el Consejo de la Magistratura, el número de miembros de la Corte Suprema o la impresión de nuevos billetes. 

Temas todos que dividen, definen campos irreconciliables y paralizan toda posibilidad de avanzar en temas no menos importantes, pero muchos más urgentes desde la perspectiva de las necesidades de la sociedad.

Con una mínima parte del capital político invertido en la discusión sobre la reforma de los alquileres podría, por ejemplo,  haberse avanzado en temas de mucha mayor importancia en la agenda de la transición, a la búsqueda de mejores condiciones para el gobierno que deberá asumir el poder en una sociedad agrietada con no menos de 70% de inflación anual y casi sin crédito ni confianza adentro y afuera del país.  que la coyuntura brinda al país.

Frente a las falsas antinomias de la política electoral, la sociedad y las fuerzas que la representan deberán avanzar con urgencia en la definición de una agenda para la transición. Una agenda que deje por un momento de lado debates de fondo, que habrá que sustanciar en momentos más favorables y que, en cambio, ponga el acento en las condiciones necesarias para una transición exitosa. 

Es decir, una transición en la que la “herencia recibida” no envenene los cuatro próximos años del nuevo gobierno y que, por el contrario, ofrezca un suelo firme para poder aplicar con fuerza la palanca de la transformación. 

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