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A ponerse el casco

Crisis de gobierno mediante, el jefe de Estado debe su permanencia en el poder exclusidamente al régimen presidencial.

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Luis Tonelli Luis Tonelli 27-03-2022
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Ceteris paribus, si nuestra democracia fuese parlamentarista y no presidencialista, Alberto Fernández ya estaría en su casa (o en el departamento que le presta Pepe Albistur, whererever). Seguramente la votación del acuerdo del FMI se hubiera convertido en un voto de confianza. Y habiendo votado en contra más de la mitad de los diputados propios, el Presidente tendría que haber renunciado debiendo conformarse una nueva mayoría parlamentaria. 

Pero en un sistema presidencialista, un Presidente tiene un mandato fijo, ya que llegada al Gobierno depende de una elección directa del electorado. Todo muy bien en los papeles. Pero, que sucede cuando el Presidente integró la formula por voluntad de la figura más importante del espacio, cuando él solo, por su cuenta, no hubiera alcanzado ni un porcentaje mínimo de los votos que le permitieron llegar a la Presidencia. 

Evidentemente, el sistema presidencialista no da lugar a esas sutilezas. La renuncia del Presidente es algo personal, como la renuncia de Fernando de la Rúa o a punta de pistola, como les sucedió a Hipólito Yrigoyen, Juan Perón, Arturo Frondizi, Arturo Illia e Isabel Martínez de Perón. Se supone que el que detenta el poder formal detenta también el poder real, cosa que fácticamente se da en los sistemas parlamentarios, donde si no tiene el consenso político que se manifiesta en el Parlamento, al menos pasivamente, el Jefe de Gobierno, cae irremediablemente. 

En los sistemas presidencialistas, coalición electoral, coalición parlamentaria y coalición de gobierno forman una unidad por fusión (como decía Friedrich, hace añares). En cambio, el presidencialismo divide las tres coaliciones.

De allí, un fenómeno habitual es que el Presidente tenga que construir su Presidencia. Si el casado, casa quiere, el Presidente, presidencia quiere, porque eso no va de suyo. El Presidente asume en general con un gabinete que les hace pagos a los líderes que le permitieron ganar las elecciones y después pugna por depurarla para hacer ingresar a sus colaboradores, de máxima confianza.

Alfonsín se hizo de su presidencia en 1985, cuando cambio el gabinete económico pure sang radical, e ingresó el equipo de Juan Sourrouille; Menem, cuando Cavallo llego al Ministerio de Economía; De la Rúa quiso emularlo a Menem, pero la depuración de su coalición de gobierno, con la salida de Chacho Alvarez, y el ingreso de Domingo Cavallo concluyó catastróficamente. Kirchner tardó dos largos años hasta el triunfo de Cristina sobre Chiche, en las parlamentarias del 2005. CFK se hizo de su gobierno, par a algunos, con la salida de Alberto y colaboradores luego de la crisis del campo; para otros, con la muerte de Néstor Kirchner, quien desde al café literario de Puerto Madero, había montado una suerte de sotto governo.

El caso de Mauricio Macri es una rareza porque no hace inicialmente ningún pago a sus socios de la coalición electoral en el gabinete de relevancia, pero instaura una suerte de presidencialismo segmentado, con mini-ministros, dispersando cualquier poder que pudiera desafiarlo, pero también generando problemas importantes de coordinación.

De todas maneras, la complejidad de la situación que enfrenta Alberto en su interacción con una coalición heterogénea como pocas, y particularmente la relación con su vicepresidenta e impulsora de su candidatura a Presidente, es de una complejidad inédita. 

La relación entre Presidente saliente y Presidente entrante de la misma fuerza, y apadrinado por el que deja el poder, no fueron nunca fáciles. Ya en el primer recambio presidencial, el ahijado de Urquiza, Santiago Derqui, quiso ganar autonomía acercándose a Bartolomé Mitre, estando Buenos Aires, separada de la Confederación, y tuvo que renunciar. Las relaciones de Yrigoyen con Alvear fueron tórridas, y se manifestaron en un conflicto permanente con su vicepresidente, Elpidio González.

Pero Alberto Fernández enfrenta el hecho inédito de tener como vicepresidente a la persona más poderosa del Frente de Todos, Cristina Fernández, de la que estaba no solo distanciado sino en agria enemistad desde su renuncia a la Jefatura de Gabinete en su presidencia Presidenta luego del conflicto del campo.

La estrategia electoral convenció no a pocos del supuesto cambio en la actitud de CFK, que aparecía resignada a un retiro en el que buscaba el bronce cediendo el poder. Tampoco se dio su contracara, la de un Alberto títere de lo que ella pretendía. El resultado es una especie de hipervicepresidencialismo retórico, ineficaz y hasta bloqueado, en donde CFK manifiesta su descontento con su Gobierno a través de Twittter y sus epístolas a los conurbanensis. Mientras tanto Fernández, conocedor como poco de los vericuetos de la burocracia estatal ha utilizado frecuentemente ese cajón del escritorio presidencial donde duermen el sueño de los justos las propuestas que no está dispuesto a avalar.

No es de extrañar que estos dos años como Presidente se haya dedicado a sobrevivir sin gobernar, generando un galimatías tanto discursivo como de gestión en donde sus marchas y contramarchas para no alienar a ningún miembro de la coalición ha sido la característica más saliente.

Paradójicamente, CFK está consiguiendo lo que los formadores de opinión opositores le pidieron a Fernández que hiciera desde el primer día de la Presidencia: que tomara distancia de su vicepresidenta

No es de extrañar que en la primera de las decisiones importante de su gobierno, inscripta sin embargo, en la lógica más transparente de la supervivencia, haya sido la ocasión para que el sector del kirchnerismo duro manifestara su descontento nada más y nada menos resistiéndose a votar el acuerdo con el FMI. La encerrona a la que quedó expuesto el Presidente es evidente: sin este acuerdo, los problemas de gobernabilidad arreciarían tarde o temprano. Pero con el acuerdo, aparece la posibilidad de ruptura de la coalición oficialista que llena el horizonte de dudas quizás peores acerca de la capacidad de gobernar de Fernández con el hiperkirchnerismo en la oposición.

Paradójicamente, CFK está consiguiendo lo que los formadores de opinión opositores le pidieron a Fernández que hiciera desde el primer día de la Presidencia: que tomara distancia de su vicepresidenta. Lo que nadie, hasta ahora, ha propuesto es la fórmula en que un Presidente designado puede gobernar con la fuerza que lo ha designado en oposición explicita.

En este caso, a los politólogos, solo nos cabe tomar nota. Y a los argentinos, entre los que me cuento, y como alguna vez recomendó Adolfo Canitrot, ponernos el casco.


 

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